Pasaron las horas, y Lena y Adrian siguieron encerrados en la habitación como si el mundo exterior hubiera dejado de existir. El deseo, la confusión y las mentiras tejieron una burbuja que ninguno parecía dispuesto a romper. Solo las necesidades fisiológicas los forzaron a un respiro. —Debemos ir a comer algo —propuso Adrian al incorporarse del colchón, su voz grave estaba adormilada, mientras se pasaba una mano por el cabello revuelto. Lena, aún despierta por dentro, con la cabeza girando a mil revoluciones, no había perdido la noción del tiempo ni los peligros que aún pendían sobre su cuello como una espada lista para caer. Fue más rápida, más astuta, más inquieta. —Si quieres, voy por los sándwiches que dejé a medio preparar —propuso con una sonrisa ladeada, envolviendo su cuerpo des

