Si en algún momento Lena había vivido situaciones complejas, de esas que erosionan la calma como un ácido lento pero constante, lo que experimentaba en ese instante superaba cualquier otra adversidad anterior. Su mundo se tambaleaba como si estuviera construido sobre una superficie de arena movediza. Parada frente a Adrian, con el corazón latiendo desbocado, sintiéndose atrapada, observada, casi desnudada emocionalmente, no era la impostora quien temía ser descubierta, sino la mujer que jamás pensó que la traición vendría de su propia hermana. Allí estaba él, sujetando su teléfono como si fuera un arma, y en la pantalla, como un anuncio de neón ardiendo en medio de la oscuridad, ahí en el centro de la cocina a plena luz de esa tarde, brillaba el nombre que jamás debía aparecer en ese cont

