Mi héroe

1274 Words
EVELINE La navaja giraba entre mis dedos como si fuera un juguete, aunque la realidad estaba lejos de ser divertida. Conté rápido. Uno, dos, tres… demasiados. Una manada entera me rodeaba, todos tensos, todos listos. Vaya recibimiento. Solté una risita baja. —¿En serio? Soy yo. La misma de siempre. ¿No me extrañaron? Ni un parpadeo. Solo respiraciones pesadas y miradas que prometían problemas. Retrocedí medio paso. —Cuatro años viéndonos las caras y ni siquiera un saludo amable. ¿Qué tal si mejor vamos por algo de beber? Yo pago. El líder, Patrick, avanzó cojeando y dejó escapar un gruñido áspero. —Otra vez tú, fastidio ambulante. Me llevé la mano al pecho con dramatismo. —Eso dolió. —Esta vez no escaparás —dijo, y su sonrisa tenía algo enfermo—. Cuando te tenga, voy a asegurarme de que lo disfrutes… durante mucho tiempo. Tragué saliva, aunque mantuve la sonrisa. Fantástico. Está de mal humor. En los cuentos, aquí aparecería un héroe impecable dispuesto a salvarme. Lástima que mi vida no funcionara así. No era una guerrera legendaria. No tenía poderes secretos. Pero sí tenía piernas rápidas. Antes de girar, lancé la daga. No para matarlo. Solo para frenarlo. Aun con todo, Patrick era lo más cercano que tenía a un viejo conocido. Le dediqué un gesto poco elegante y salí disparada. Mientras corría, mi mente decidió traicionarme trayendo a cierto desconocido a escena. Cabello oscuro, ojos grises intensos, mandíbula perfecta… y esos labios. Maldición. ¿Por qué tenía que pensar en él justo ahora? Ni siquiera lo conocía y aun así mi corazón se aceleraba con solo imaginar su voz cerca. —¡Ahí! ¡Atrápenla! La voz de Patrick me sacó del ensueño. Miré por encima del hombro. Venía detrás, arrastrando la pierna herida, furioso. No pude evitarlo. Me reí. Su expresión se volvió venenosa. Los demás dudaron, confusos por mi ataque de risa, y eso solo me hizo reír más. Me doblé, respirando a bocanadas hasta que logré controlarme. Me aclaré la garganta. —¿Listo para seguir? Él se acercó con pasos pesados. —Pensé que eras lista —gruñó—. Ya deberías saber que contigo no existe la amabilidad. —Y tú deberías aprender a guardar silencio alguna vez. Evalué opciones. Sin arma cercana, pelear era mala idea. Así que… Plan: huir otra vez. Patrick se plantó frente a mí. Demasiado cerca. Su aliento era letal. —Por cierto —añadió—, esa capa tuya ya pasó de moda. Error. Grave error. Mi sonrisa desapareció. —¿Sabes qué te quedaría bien a ti? Una celda oscura y sin comida como la de tu esposa. Su gesto se tensó. —No menciones a mi esposa. Ah, punto sensible. —¿O qué? Se lanzó directo a mi cuello. Me aparté en el último segundo y eché a correr sin mirar atrás. No soy s*****a. Sé cuándo luchar y cuándo desaparecer. Y desaparecer se me daba de maravilla. El aire silbó junto a mi oído. Alcé la mano y atrapé la flecha antes de que me rozara. —¡El arquero necesita práctica! —grité sin frenar. Sonreí. Esto sí era entretenimiento. Giré la vista al frente… Y me encontré con alguien justo delante. Intenté esquivarlo, pero no fui lo bastante rápida. Un aroma me envolvió al instante. Tierra húmeda, bosque, un toque suave de lavanda. Calmante. Demasiado calmante. Mis músculos se aflojaron sin permiso. Sus manos sujetaron mis muñecas y me atrajeron hacia él. Un estremecimiento me recorrió la piel. Una sola palabra cruzó mi mente: Mi Mate. Alcé la vista solo para asegurarme… y ahí estaban otra vez esos ojos. Grises, profundos, imposibles de ignorar. El aire se me quedó atrapado en el pecho y mi pulso empezó a golpear con fuerza, como si mi propio cuerpo hubiera tomado una decisión sin consultarme. Quise hablar primero, pero él fue más rápido. Desvió la mirada de mí y la clavó detrás de mi hombro. La temperatura del ambiente pareció bajar varios grados. —Retírense. Yo me ocupo —ordenó con voz firme, sin alzarla siquiera. Giré la cabeza. Patrick y los otros ya estaban inclinando la cabeza con respeto antes de desaparecer entre los árboles como si nunca hubieran estado allí. Sentí sus dedos soltando mis muñecas… y luego su brazo rodeando mi cintura. Me acercó sin esfuerzo. Un cosquilleo me subió por la espalda. —Vaya… —susurré sin pensar. Sus labios se curvaron apenas. No era una sonrisa completa. Era algo más peligroso. —Esto es… inesperado —murmuró, como si hablara consigo mismo—. ¿Cómo te llamas? Mi corazón dio un salto. Me acomodé la capucha por pura costumbre antes de responder. —Eveline. Repitió mi nombre despacio, probando cada sílaba. Y entendí por qué tantos hablaban del vínculo de pareja como si fuera una fuerza inevitable. Todo en mí quería acercarse más, como si ya lo conociera desde siempre. Y eso era justo lo que me inquietaba. No sabía nada de él, pero mi mente ya estaba imaginando futuros que ni siquiera existían. Incliné la cabeza. —¿Y tú? —Dante. No alcancé a contestar cuando un grito rompió el momento. —¡Dante! Cuatro figuras aparecieron entre los árboles. Los reconocí. Eran los mismos que lo acompañaban la noche del baile. Y por la forma en que me miraban… sí, definitivamente yo tenía algo que ver con su mal humor. Se me escapó una risa corta. Él me observó de reojo. —¿Qué te resulta tan gracioso? —Nada. Mentira. Todo. Sus compañeros intercambiaron miradas silenciosas que duraron demasiado. Cambié el peso de un pie al otro, incómoda bajo ese escrutinio. El primero en avanzar fue un chico de rizos oscuros y ojos marrones. Su expresión decía claramente que yo no le agradaba. —¿Quién es ella? Dante no dudó. —Mi pareja, Demian. Alcé una ceja. El tal Demian se pasó la mano por el cabello como si acabara de recibir la peor noticia de su vida. Tuve que morderme la lengua para no soltar otro comentario. Los vi intercambiar miradas brillantes. Comunicación mental. Genial. Estaban hablando de mí sin decir una palabra. Crucé los brazos. Pasaron siglos. O al menos así se sintió. Una chica de coleta habló primero. —Es una solitaria, Dante. Qué bienvenida tan cálida. Otra, con expresión preocupada, añadió: —No deberíamos arriesgarnos. Ya tuvimos problemas una vez. Fantástico. Ni me conocían y ya estaban planeando mi sentencia. Dante no respondió. Solo los observó, tranquilo. Mientras tanto, uno de los chicos sonreía divertido, claramente entretenido con el drama. —¿En serio? ¿Nuestro valiente Beta asustado? Demian le lanzó una mirada fulminante. —Cállate, Terry. —Sabes que nunca hablaría mal de mi amigo —respondió él, aunque su tono decía lo contrario. La chica llamada Samantha los mandó callar y, cuando el silencio volvió, me señaló con la barbilla. —¿Ella no piensa decir nada? No necesitamos cobardes. Le respondí levantando el dedo medio. Su ceño se frunció. Su compañero gruñó bajo. —No me agrada —sentenció. Le dediqué otro gesto idéntico con la otra mano, solo por equilibrio. Volví a mirar a Dante. Él tenía los brazos cruzados y una expresión tranquila, casi divertida. —Qué lástima —dijo sin apartar los ojos de los suyos—. Porque a mí sí. El grupo quedó mudo. Yo también, pero por otra razón. Si yo era un problema… él claramente también lo era. Y algo me decía que la Luna debía de tener un sentido del humor muy extraño para habernos unido.
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