Capítulo 3: Una sorpresa inesperada

1645 Words
Punto de vista de Fabiano: No pensé que volvería a verla. Mis encuentros de una noche, de una noche muy buena, no aparecían en mi casa como mis niñeras. Está igual que aquella noche, si es que no más hermosa. Esa vez ella llevaba un vestido corto en el que se podía divisar si curvilínea figura. Ahora llevaba unos vaqueros y un top, pero se veía igual de caliente. Cuando Sienna me dijo que contrataría a una niñera, no me sorprendí. La maternidad no había estado nunca en ella, a pesar de todos mis intentos para que formara esa relación con ellos. Mis hijos son de piel, incluso yo hago mi mejor intento por darles cariño. Algo que nunca recibí de mis padres, y que en el momento en que nacieron, no sabía cómo hacerlo. Sienna es mayor que yo, ella fue una follada de una noche que luego apareció en las puertas de la mansión para decirme que estaba embarazada. —Mire, no voy a decirle nada a nadie. Ni a su esposa ni a los niños, lo juro —se apresuró a decir. Enarque una ceja y la observé. Parecía bastante ansiosa a diferencia de la mujer segura de sí misma que vi aquella noche. —¿Por qué? —pregunto. No es como si me importara una mierda si Sienna se entera. Ella sabe perfectamente que no la quiero y que claramente, no le soy fiel. Tampoco me importa lo que ella haga. —Necesito este trabajo. Haremos como si esta fuera la primera vez que nos vemos y, además ni siquiera se encontrará conmigo por aquí —dice y mira alrededor de mi despacho—. Está mansión es inmensa. Raina se echa el pelo hacia atrás. Su rubio casi platinado, fue lo primero que me llamó la atención. Sobresalía por todo el bar, y esa sonrisa brillante, me hicieron caminar hacia ella. Aún recuerdo todo lo que hicimos, incluso sus gemidos, sus orgasmos. Fue una de las mejores noches de sexo que he tenido en mi maldita vida. Según su curriculum tiene apenas veinte años, es decir, soy mayor por diez años. —Hacer como si no nos conociéramos —repito sus palabras. Se muerde el labio y, aunque no es un intento de seducción, mis pantalones comienzan a apretarse en mi entrepierna. —Sí, es lo mejor. Usted es casado y tiene hijos —dice. —Si te lo hubiera dicho, ¿te habrías acostado conmigo? —pregunto, aunque creo que sé la respuesta. —No. —responde tajante y un poco brusco—. No me gusta el término amante. Valgo más que eso. Levanta la barbilla y me mira con determinación. Podría follarla aquí mismo y ahora mismo. Esa noche encontré todos los puntos sensibles de su cuerpo y podría hacerla llegar al orgasmo solo tocando sus pechos. —Pero lo hizo —digo levantando las comisuras de mis labios en una sonrisa maliciosa—. Y lo disfrutó tanto, que seguramente los de limpieza tuvieron un arduo trabajo. Sus mejillas comienzan a ponerse un poco rojas. El rubor le queda tan natural que me dan ganas de acercarla y hacerla arrodillarse. —Fue un error. Tenga por seguro que aprendí la lección —dice. Frunzo el ceño ante la palabra “error” nunca una mujer se había referido así de tener sexo conmigo. Ellas se me tiran como gatas en celo. Ese día tenía dos mujeres encima, hasta que la vi. A pesar del color de su pelo, su piel es casi de un tono dorado, la hace ver exótica y provoca que sea incapaz de apartar mi vista de la piel que queda al descubierto. —No me interesa si le dices o no a Sienna que follamos —digo y ella abre los ojos mirando hacia todos lados como si tuviera miedo de que alguien nos escuchara—. A mis hijos les caes bien, y eso es suficiente para mí. Yo no estoy en todo el día aquí por temas de trabajo, así que está bien que tengan algo de compañía. Sobre todo con esa perra que tienen de madre. —Mmm, sí por supuesto —responde ella, agarra un mechón de su cabello y lo deja detrás de su oído—. Me preguntaba si los niños deben seguir alguna dieta estricta. Niego con la cabeza. —No, ¿por qué? —pregunto y luego recuerdo—. Ah, esa mierda de comida. Voy a enviar a que la cambien toda. Le he dicho mil veces a Sienna, pero mil veces no me hace caso. Eso último sale como un gruñido. No encuentro la hora de poder deshacerme de ella de una vez por todas. Raina sonríe y su rostro se ilumina. —Desde mañana debo entrar a las nueve de la mañana, ¿correcto? —pregunta, yo asiento con la cabeza—. No vi mucha gente por aquí, ¿alguien se encarga de hacer la comida? —Viene una señora, sin embargo, estos días está con licencia y… —Yo puedo cocinar —me interrumpe ella—. Soy buena, lo juro. Mmm, con esa frase se me ocurren otras ideas que no son precisamente a la comida, y puedo dar fe en eso que estoy pensando, que es muy buena. No sé qué había en mi rostro, pero nuevamente el rubor apareció en su mejilla, aunque no apartó la mirada. —¿Cocinas? —pregunto mientras enarco una ceja—. ¿Cuánto más va a ser eso? —Oh, nada. Ya me pagan los suficientemente bien. Escudriño su mirada buscando segundas intenciones. Es como si fuera dos personas: la bomba sexy con la que follé, y la niñera amable y sonriente. Quién iba a pensar que esas dos personas podían convivir en un cuerpo. —Está bien —acepto—. Quiero que mis hijos coman bien, y la verdad es que yo no cocino. Este es mi número, envíame todo lo que necesitas y pediré que hagan la compra antes de que llegues. Toma la tarjeta y la mira con cautela. Quiero sonreír, pero lo reprimo. Nunca vengo a casa a comer; mañana definitivamente lo haré. +++ Dos horas más tardes, Sienna llegó a la casa. Entro riendo como una tonta, porque era obvio que venía pasadas de copas. Como casi cada noche, por esa razón, dormíamos en habitaciones separadas. Las primeras noches ella no soportaba que yo llegara a la casa con el olor de otras mujeres, o con marcas en mi cuerpo. Sonrío de medio lado cuando recuerdo cómo se enojó la noche que estuve con Raina, porque venía lleno de marcas en mi pecho y sus uñas marcadas en mi espalda. Hizo una rabieta como siempre hace, pero sigo sin entender por qué se sorprende tanto. Ya ni siquiera me la follo. Sabe que nunca la voy a amar, que lo único que siento por ella es repulsión, y nada podrá cambiar eso. —¡¿Qué están haciendo?! —escucho que grita. Suspiro y me levanto porque los niños están durmiendo y no quiero que esta loca los despierte. Envíe a que los sirvientes sacaran toda la comida baja en calorías de mis alacenas. —A veces olvidas que esta es mi casa —digo con las manos en los bolsillos. Estoy detrás de ella cuando se da vuelta mirándome con el ceño fruncido. —¿Tu casa? —gruñe. Ninguno de los sirvientes se detienen, a pesar de sus gritos. Soy el dueño de este puto lugar y por mucho que ella cree que le pertenece, no es así. Estaba tan desesperada por casarse conmigo, que olvidó leer los papeles que le hice firmar, aparte de la licencia de matrimonio. No crea que soy estúpido, que no sé que rompió el puto condón para amarrarme. La he aguantado todo este tiempo porque quería que los niños tuvieran a su madre, sin embargo, ella no formó ese vínculo y ellos le tienen miedo. Nunca he querido que me teman, sí que me respeten, pero sé que a ella le tienen un miedo horrible. Siempre les habla mal y los mira con desdén. Pero eso se acabará muy pronto. —Sí, mi casa y de los niños —respondo sin inmutarme. —¿Por qué demonios están sacando mi comida? ¡Soy tu esposa! Me encojo de hombros. —A los niños no les gusta esa mierda. Si estás a dieta cómprate tu propia mierda, aunque no sé en qué te ayuda —digo mirando con el mismo desdén que mira a sus propios hijos—. Estás envejeciendo, quizás quieras comenzar a ponerte esa mierda del botox. Abre los ojos grandes como si no pudiera creer lo que le estoy diciendo. Al principio, cuando nos obligaron a casarnos, porque mi padre no iba a dejarme la empresa si no lo hacía, intenté que funcionara, pero es una puta víbora. No la soporto. —¿Qué me estás diciendo, maldito idiota? Sonrío por su arrebato, sabiendo que toque una fibra sensible. —Claro, eso si quieres que alguien te vuelva a follar. No te haces más joven, y la vida te está golpeando duro esposa —digo la última palabra con asco. Las lágrimas comenzaron a caer de sus ojos azules. Fríos como el hielo, no sé en qué estaba pensando cuando me la tiré. Ah, sí, estaba más borracho que cualquier otra cosa. Si no hubiera despertado con ella en la mañana, ni siquiera habría sabido lo que pasó. Con respecto a eso, me acuerdo de que Raina me dejó solo esa noche. Cuando desperté, el lado de su cama estaba tan frío que era obvio que no se había quedado a dormir. Muevo la cabeza, debería sacarme a esa chica de la cabeza, pero por alguna razón no se quiere ir.
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