Por la noche le envíe a mi jefe una lista de alimentos que eran saludables y ricos para los chicos. Solo recibí un “Ok” pero era suficiente. No quería tener otro tipo de relación con él después de descubrir que es casado y tiene dos hijos.
Uf.
—¿Cómo te fue, linda? —pregunta mi padre cuando estamos en la mesa comiendo.
Asiento con una sonrisa.
—Los pequeños son adorables, pero tienen una bruja como madre, papá —le cuento, él me mira interesado—. Ella es como un témpano de hielo, los niños le tienen terror. Y eso no es todo.
—¿Ah, no? —pregunta.
Niego mientras me llevo la cuchara a la boca. Trago y vuelvo a hablar.
—Tienen una cocina enorme, llena de artefactos que estoy segura no se han usado nunca —muevo la cabeza divertida—. El tema es, papá, que los muebles estaban llenos de comida sin azúcar.
Hago una mueca y mi padre también. Cuando tuve un entrenador en el instituto, quería que comiera solo cosas sin azúcar, y al final eso me pasó la cuenta. Con mi papá fuimos a una nutricionista, ella me enseñó a comer de forma consciente y sana. Demás está decir que ya no seguí con ese entrenador.
—Y los niños obviamente lo odian.
—¿Cuántos años tienen los niños? —me pregunta papá y agarra una cucharada para comer.
—Cuatro.
Abre los ojos y mueve la cabeza.
—¡Qué sacrilegio, linda!
Le apunto con mi cuchara.
—Eso mismo pensé yo, papá —miré hacia mi comida un poco entristecida por la situación—. Hay mujeres que no se dan cuenta de lo afortunadas que son al tener hijos. Ella no se da cuenta de lo afortunada que es por tenerlos a ellos. Son un amor, papá.
Sonrío al recordarlos. Apenas llevo un día con ellos, pero se robaron mi corazón. Ellos son tan lindos, un poco tímidos, pero puede ser por el tiempo que pasan solos. Mi objetivo será ayudarlos a salir de eso y prepararlos para que comiencen su vida escolar en los próximos meses. No le pregunté a Fabiano si acaso ellos irán a una escuela, o estudiarán en casa. Por muy lujoso que sea todo, hay habilidades sociales que solo se pueden crear con otros niños.
Y Dios sabe que ellos lo necesitan.
—Eiran, tiene una colección de autos pequeños brutal —le cuento sonriendo—. Desde los primeros autos en la historia hasta los nuevos.
Papá abre grande los ojos, e incluso le brillan. Sabía que sería así.
—¿En serio?
—Sí. Mañana les sacaré una foto para que los veas.
—Ya me gusta ese niño.
Rio entre dientes. Por supuesto que sí.
—Y Amara tiene más muñecas que una juguetería.
Ambos nos reímos. Cuando yo era niña no tenía esos lujos. Mi padre se esforzaba por hacerse cargo de mí luego de que mi “madre” me dejará en las puertas de su casa. Ni siquiera en una caja, no, simplemente en el suelo. Y menos mal que papá estaba en casa ese día, porque nunca lo estaba por trabajo, de otra forma me habría muerto congelada por la forma en que me dejó.
Así que siempre hemos sido él y yo.
+++
Cuando llego, no me recibe Sienna, solo un señor de unos cincuenta años que me indica que toda la comida solicitada está en los muebles. Le agradezco con una sonrisa, y también me informa que el señor Kingsley no está en casa. Menos mal que ya ha partido a trabajar. Lo que menos quería, era verlo. Subo a la habitación de los chicos, que cuando me ven corren hacia mí.
—¡Rai! —chillan.
Me rio y los abrazo a los dos.
—¿Cómo están chicos? ¿Qué tal la noche? —les pregunto.
Ayer, Eiran me comentó que a veces le cuesta dormir, por eso hoy he traído unas plantitas de Melissa para darle en la tarde y ayudarlo a dormir. No me dijo por qué, y yo no insistí, pero sus ojos se veían un tanto atormentados.
—¡Bien! —dicen al unísono.
Aun me parece fantástico que tengan una conexión tan fuerte que muchas veces hablen al mismo tiempo. Supongo que debe ser especial tener un gemelo. Siempre quise tener un hermano, pero me rodeé de buenos amigos que fueron como uno.
—Muy bien, nos damos un baño y nos vestimos para comenzar el día —les digo y ellos asienten dirigiéndose a su baño privado.
Me sorprendí ayer cuando vi que tienen bañeras separadas, es decir, en el cuarto hay una división para que ambos tengan privacidad. Brutal. Uno podría pensar que son niños caprichosos por todas las cosas que tienen, en un futuro podrían volverse así con esa madre que se cargan. Solo espero que no lo hagan porque son personitas tan buenas.
A la hora del almuerzo ellos están sentados en la mesa mientras me miran cocinar. Encontré un delantal rosa chillón que según Eiran me hacía ver como una sandía. Una extraña comparación, pero me hizo reír.
—Entonces, ¿qué nos cocinas? —me pregunta Amara, levantándose y caminando hacia mí. Se inclina, pero no puede ver nada, así que la tomo en brazos para que observe dentro de la olla. En segundos, aparece su hermano para lo mismo.
—Me dijeron que les gusta el pollo, así que…
—¡Pollo frito! —gritan.
Me rio y asiento con la cabeza.
—Pero no solo el pollo frito, también lo comeremos con arroz y ensaladas, ¿bien?
—Si, Rai.
—Perfecto.
Hago un jugo natural de frutillas, y cuando todo está listo, escucho la puerta de entrada abrirse. Espero que no sea esa bruja. Pero es aún peor.
—¡Papi!
Ni siquiera me doy vuelta cuando escucho sus pasos. Veo de reojo sus zapatos caros en la cerámica de lujo.
—Huele bien —dice con esa voz ronca que me eriza la piel.
—Si papá. Rai está haciendo pollo frito casero —le cuenta Eiran haciendo énfasis en “casero” como si no pudiera creerlo—. Pero tenemos que comerlos con arroz y ensaladas, ¿verdad, Rai? —me mira y yo asiento.
Levanto la vista hacia mi jefe, él me está mirando de forma intensa. ¿Por qué no deja de mirarme así? Es como si pudiera revivir a través de sus ojos la noche que pasamos.
¡Basta!
—¿Alcanza algo para mí? —pregunta.
Asiento con la cabeza y le doy una sonrisa. Ya les dije, las sonrisas me salen naturales, aunque tenga los nervios de punta. Todos se sientan en la mesa, pero luego Eiran aparece a mi lado.
—Te ayudo, Rai.
Le beso la mejilla y él se pone rojo.
—Gracias, cariño.
Eiran me ayuda a llevar la comida a la mesa, cuando me siento, Fabiano comienza a comer.
—Nunca vienes a comer papá, pero me hace muy feliz —le dice Amara. Lo mira como si él fuera su héroe, probablemente sea la única figura paternal que tiene. Sí, me sorprenden sus palabras, es decir, justo hoy cuando dije que iba a cocinar, él viene.
Demasiada coincidencia.
—Supongo que vendré cada día —le responde él—. Por cierto, está muy bueno, Raina. Definitivamente, también es buena cocinando.
Tiene una sonrisa pícara que dice más de lo que dijo con sus palabras, y lo capto.
—Esta es la comida más rica que he comido nunca —me alaga Amara.
Me rio y seguimos comiendo. Hay una especie de logro que siempre siento cuando cocino algo y a los demás les gusta. Fabiano es el primero en terminar, prácticamente devoró el plato.
—¿Quieres más? —le pregunto.
Levanta sus ojos verdes y las comisuras de sus labios se levantan. Comienzo a sentir calor en mi cuerpo, pero no dejo que nada me ponga en evidencia.
—Sí, la verdad es que quiero más.
Maldición.