Punto de vista de Fabiano:
Raina está lavando los platos, por lo que me da la espalda. Puedo ver completamente su figura y la tensión en su cuerpo. Me gusta que se ponga nerviosa por mi presencia, habría pagado una fortuna por haber grabado la expresión de su rostro cuando me vio llegar.
Esto es como un puto golpe de suerte, es decir, la única mujer a la que me hubiera gustado volver a ver, aparece en mi casa como la maldita niñera de mis hijos. Que además, la aman. Raina tiene una espalda tersa y una cintura estrecha que hacer mucho más grandes sus caderas. Aún recuerdo como pasé mi lengua por la curva de su cintura y por el hueso de su cadera.
Ah, y más abajo también.
Me levanto despacio y camino hasta quedar detrás de ella, tan cerca que puedo sentir el olor cítrico de su perfume. Le respiro en el cuello. Raina se da vuelta en un sobresalto, ahora sí que quedamos frente a frente.
—¿Segura que quieres hacer como si no hubiera pasado nada? —inquiero.
—¡Estás casado y tienes hijos! —sisea entre dientes mirando hacia la escalera en caso de que los niños bajen.
Levanto una mano para agarrar un mechón de su cabello en mis dedos. Ella me aparta la mano de golpe, lo que me saca una risa entre dientes. Sus ojos llamean, ahora es la chica salvaje que follé esa noche, ya no es más mi niñera tímida.
—¡Basta!
Llevo mi mano a su cuello obligándola a echar su cabeza hacia atrás. Me acerco hasta sentir su respiración en mis labios y solo me haría falta un centímetro para pegar mis labios a los suyos.
Mierda, es tan hermosa.
—Te quiero otra vez —le susurro contra los labios.
Raina pone sus dos manos en mi pecho tratando de alejarme, pero soy mucho más fuerte que ella. Su respiración se acelera cuando llevo mi nariz hasta su cuello y le acaricio la piel.
—Mmm, nena, hueles tan bien —le digo.
—Fabiano, por favor, basta —pide.
Casi puedo sentir el retumbar de su corazón. Yo sé que ella también quiere repetir, lo que hicimos esa noche y la forma en que conectamos no desaparece de un día para otro. Yo no la he olvidado, y yo siempre las olvido.
—Si no estuviera casado, ¿aceptarías?
Aparta la mirada y se muerde el labio, y juro que no pude contenerme.
Lo perdí completamente.
Estrello mis labios contra los suyos, al principio intenta empujarme y correr el rostro, pero no se lo permito y lentamente sucumbe al beso. Abre la boca en un gemido cuando pego su cuerpo al mío, logrando así meter mi lengua en su boca y saborearla.
Si al principio quería apartarme, ahora tiene sus manos en mi cabello acercándome más hacia ella. Sé que ya no se va a alejar, así que bajo mis manos por su cuerpo, una se queda en sus perfectas tetas y la otra en su redondo culo. Quiero follarla ahora mismo, en esta puta cocina.
Estoy tan duro que me duele.
—Quiero follarte.
—Fabiano —jadea y me pongo más duro de lo que estaba.
—Joder, nena, me encanta como suena mi nombre de tus labios —susurro y comienzo a besar su cuello—. Con mi polla en tu boca, ¿crees que podrás gemir mi nombre?
—Dios —susurra—. Esto está tan mal…
—Pero se siente tan bien.
Vuelvo a besarla, pero el sonido de la puerta principal abriéndose nos desconcentra y logra que Rai me empuje lejos de ella. Los tacones sonando por la cerámica me dicen quién es.
—¿Tú? —pregunta con desdén cuando me ve.
Seguro que no ha olvidado mis palabras de anoche. Mira a Raina y luego a mí.
—¿Yo qué? —provoco.
—¿Es por ella que cambiaste toda mi comida? —me pregunta.
Raina se tensa, pero sigue lavando los platos.
—Es por los niños, ellos no tienen por qué comer tu mierda —espeto.
Estoy tan jodidamente harto de verla la cara. Ahora, Raina levanta la cabeza, seguramente sorprendida por el tono de voz que uso con mi esposa, pero antes se dé cuenta de que no hay un matrimonio aquí, antes vamos a tener sexo.
—Esta también es mi maldita casa, Fabiano.
—Si me disculpan, iré con los niños —dice Raina pasando por mi lado. Sienna la mira con los ojos entrecerrados.
—Para eso te contraté, no para estar seduciendo a mi esposo.
Ruedo los ojos con fastidio. Pero Raina no se queda atrás.
—No tengo necesidad de hacer eso, hay hombres por doquier —le responde.
Eso me hace fruncir el ceño. ¿Deja que otros la toquen? ¿Qué vean su culo, la forma en que gime cuando llega al orgasmo? Pura mierda.
—Las pobretonas como tú siempre buscan un hombre con dinero —escupe Sienna.
Raina le da una sonrisa de suficiencia.
—¿En eso tiene experiencia?
—Joder —exclamo sorprendido.
Me rio cuando Raina desaparece y Sienna la mira como si quisiera derretirla.
—Será mejor que mañana no vuelva, esa perra —pasa furiosa por mi lado.
—Quien le paga soy yo, así que se queda.
Sienna suelta una carcajada sarcástica.
—¿Ya te las estás follando?
—¿Celosa? —pregunto con una ceja enarcada
—¡Contesta! —grita.
Me toco la sien y suspiro.
—Los chicos la quieren, y es todo lo que me importa. Ya pasan demasiado tiempo solos.
Da un paso hacia mí.
—Soy su madre, me prefieren a mí. Los cuidaré.
—¿Tú? Los chicos no te quieren, es más, con tanto maquillaje les das miedo —me enderezo dispuesto a salir por mis cosas para volver a la oficina, pero me doy vuelta a mirarla.
A Sienna prácticamente le sale humo de las orejas.
—Si me entero de que molestaste a Raina, me voy a enojar mucho contigo, Sienna —le guiño un ojo—. No quieres eso.
Subo a la habitación de los chicos. Me encuentro con una imagen que me hace sentir algo raro en el pecho. Mis hijos sentados en el suelo alrededor de Raina, mientras ella parece enseñarles las letras en un libro que claramente ellos no tenían. ¿Lo trajo ella?
—Esta es la A —pronuncia ella.
—¡Mi nombre empieza con la A! —chilla mi hija.
—Sí, pequeña.
—¿Con que letras empieza mi nombre? —pregunta Eiran, tan interesado que me da gusto verlos así.
—Con la E.
—Niños —llamo. Me ven y corren hacia mí abrazándome—. Me voy, nos vemos en la tarde.
—¡Adiós, papi! —dicen al unísono.
Les beso la mejilla a cada uno y luego miro a Raina.
—Cuando llegue, pase por mi oficina para firmar su contrato.
Frunce el ceño.
—¿No me va a despedir? —pregunta.
Niego con una media sonrisa.
—Por supuesto que no, es la mejor que he tenido.