Sira.
Han pasado algunas semanas desde que la discusión con Matt dejó de ser un tema de conversación en mi cabeza. Es extraño cómo la vida sigue su curso después de que algo tan grande pasa, ¿no? Algo tan tenso, tan decisivo. A veces me pregunto cómo algo tan simple como una confrontación puede cambiar tantas cosas. Y lo peor es que ahora, casi ni me acuerdo de cómo era mi relación con Matt antes. Es más, ahora que lo pienso, ni siquiera me mira. Al principio, pensé que era por orgullo, que aún no aceptaba lo que había pasado entre nosotros, pero al final, es como si ya no le importara. Y, francamente, eso me alegra más de lo que esperaba.
Cada vez que lo veo por los pasillos, lo noto más distante, más indiferente. Ya no hay esos comentarios cortantes, esas miradas desagradables que me solían incomodar. A veces lo veo mirando hacia otro lado cuando paso cerca, como si ni siquiera me reconociera. Eso me da una sensación extraña, pero no puedo evitar sonreír cuando me doy cuenta de lo bien que me siento ahora. El peso de todo lo que pasamos se ha desvanecido, y finalmente estoy libre de la incomodidad que solía sentir cada vez que lo veía.
Lo que más me sorprende es lo que ha cambiado en mi vida en su lugar. Cada vez que cruzo los pasillos, algo dentro de mí espera encontrarme con Gael. Ya sé que suena raro, pero esa es la verdad. Desde que la última vez hablamos en la biblioteca, algo se ha vuelto diferente, aunque ninguno de los dos haya dicho nada al respecto. Nos hemos encontrado muchas veces en los recreos, y siempre nos sentamos juntos, hablamos un rato, intercambiamos ideas de manera tranquila, como si estuviéramos compartiendo una paz común que ambos sabíamos que necesitábamos. Si me detengo a pensar, ni siquiera me doy cuenta de cuándo comenzó a sentirse tan normal estar con él.
A veces, durante las clases, nos miramos. Esas miradas que no dicen nada, pero dicen todo. Sonríes, él sonríe. Nada más. Es como si esas pequeñas sonrisas tuvieran su propio lenguaje, uno que solo nosotros entendemos. Nadie más lo sabe, claro, pero yo sé lo que esas sonrisas significan para los dos. Y, aunque no lo digamos, sé que Gael también siente lo mismo. La gente cree que somos solo compañeros de clase, y en cierto modo, es cierto. Pero para mí, cada encuentro con él, cada conversación, es algo más.
Esa tarde, en la biblioteca, Gael y yo nos sentamos como siempre. A veces, parecía que la biblioteca se había convertido en nuestro pequeño santuario, el único lugar donde podíamos estar sin las distracciones del mundo exterior. Estaba buscando un libro para una clase, pero Gael ya estaba ahí, como si supiera que lo iba a encontrar.
—¿Encontraste lo que buscas? —me preguntó, su voz baja, como siempre.
Lo miré por un segundo. En su rostro no había ningún indicio de que hubiera algo extraño en la situación. Era como si todo fuera tan natural como respirar.
—No aún —respondí con una sonrisa—. Pero estoy segura de que aparecerá en cualquier momento. O tal vez solo me estoy tomando un descanso.
Él se rió suavemente, una risa que me parecía cada vez más familiar.
—Me pasa lo mismo todo el tiempo —dijo, señalando su libro de matemáticas con una expresión que no pude descifrar del todo—. Aunque, si te soy sincero, no suelo ser muy organizado con estas cosas.
Nos quedamos en silencio por unos segundos, cada uno absorto en sus pensamientos, pero no incómodos. De hecho, ni siquiera había necesidad de hablar. A veces, las palabras no son necesarias cuando estás tan cómodo con alguien.
Fue él quien rompió el silencio, como si hubiera estado esperando el momento adecuado.
—¿Sabes, Sira? —dijo, mirando al frente mientras jugueteaba con su bolígrafo—. A pesar de todo, creo que hemos llegado a ser buenos amigos.
Mis ojos se abrieron ligeramente, sorprendida. ¿Amigos? ¿De verdad?
—¿Amigos? —repetí, tratando de hacer que sonara natural, pero mi corazón dio un pequeño salto al escuchar esas palabras. Gael y yo... ¿amigos?
Él me miró de reojo y asintió con una leve sonrisa.
—Sí —respondió, con una calma que me hizo sentir más tranquila—. Como amigos. No tenemos que complicarlo, ¿verdad?
Lo miré unos segundos, tratando de leer en sus ojos algo más, pero su expresión era tan neutral, tan seria, que no pude encontrar nada más allá de lo que acababa de decir. Era cierto, ¿no? ¿Por qué complicarlo? Al final, éramos buenos amigos, y eso estaba bien. No tenía que significar nada más.
—Claro —respondí con una sonrisa—. Estoy de acuerdo. Me parece bien.
Pero en el fondo, aunque lo dijera, no podía evitar sentir que algo más estaba sucediendo entre nosotros. Había algo que flotaba en el aire, algo que nos unía más allá de una simple amistad, algo que no se podía definir con palabras.
Después de un rato, decidimos irnos a nuestras respectivas clases. Aunque nuestra conversación había sido ligera, algo había cambiado. Nos miramos una vez más antes de salir de la biblioteca, y de nuevo, esa sonrisa apareció en nuestros rostros, como un entendimiento tácito entre los dos.
Era en ese tipo de momentos cuando me preguntaba si él sentía lo mismo que yo. Porque, sinceramente, no podía negar que lo sentía. Había algo en Gael que me atraía, algo que me hacía querer estar cerca de él más de lo que había estado con nadie antes. Pero, por alguna razón, ambos nos quedábamos en ese limbo de la amistad, sin atrevernos a cruzar la línea.
La clase de esa tarde fue un poco más lenta de lo habitual. No era que no me importara, sino que mi mente seguía dando vueltas a lo que Gael había dicho. ¿Realmente éramos solo amigos? O, quizás, estábamos ocultando algo más profundo que ninguno de los dos se atrevía a explorar.
Finalmente, el maestro anunció que íbamos a hacer trabajos en grupo. Mi corazón dio un pequeño salto cuando escuché que me asignaban a Gael como compañero. La situación se volvía aún más interesante. Al principio, creí que sería incómodo, pero con el paso de los minutos, me di cuenta de que no iba a ser así. Estaba tan acostumbrada a estar cerca de él que ni siquiera me sentí nerviosa.
Nos sentamos juntos y comenzamos a trabajar en el proyecto. Al principio, hablábamos de los detalles del trabajo, pero luego nuestras conversaciones fueron desviándose hacia temas más personales. Cualquier tema parecía fluir entre nosotros. Hablamos sobre deportes, sobre la escuela, y, por supuesto, sobre nuestras vidas. A veces, parecía que las palabras solo salían de manera natural, sin ningún esfuerzo, como si hubiéramos sido amigos durante años.
Y, en algún momento, esa pequeña chispa que ambos estábamos ignorando se encendió en mi pecho. Pero, de nuevo, no dije nada. Y, por un segundo, me di cuenta de que Gael tampoco lo había hecho.
No era solo un simple trabajo en grupo. Era mucho más que eso. Era el comienzo de algo que ambos sabíamos que no podíamos evitar, aunque ninguno de los dos se atreviera a decirlo