Capítulo 12- Revelaciones

1219 Words
Sira. He estado evitando a Gael durante varios días, aunque no puedo evitar que mi mente lo busque en los momentos menos esperados. Cada vez que lo veo, siento que algo se enciende dentro de mí, pero al mismo tiempo, hay una necesidad urgente de mantener la distancia. Mi cabeza me dice que lo haga, que no me acerque, pero mi corazón sigue jugando a ser más fuerte. Y la muñequera... esa maldita muñequera verde que nunca se ha ido de su muñeca, como si fuera algo tan insignificante, pero en mi interior se ha convertido en un símbolo. Un símbolo de todo lo que no quiero entender. Hoy, en clase de educación física, me siento mal, o al menos eso quiero que todos crean. En realidad, lo que me hace sentir más incómoda no es el ejercicio, sino el hecho de que Gael parece notar mi comportamiento y, aunque su actitud sigue siendo tan tranquila, algo en sus ojos me dice que sabe que algo no está bien. Me siento como una mentira andante. A pesar de que todo parece ir en piloto automático, Tatiana se sienta junto a mí. No esperaba que viniera, pero ahí está, sonriendo con su típica confianza. Me saluda de forma amigable, pero hay algo más en su tono. Hay algo en el aire que no puedo identificar, pero que siento que me está llevando a un lugar incómodo. —¿Te encuentras bien? —me pregunta con una sonrisa que no es del todo sincera. —Sí, solo un poco cansada —respondo, aunque sé que no está comprando mi excusa. Ella me observa por un momento, y luego, de la nada, suelta una bomba. —¿Sabías que Gael me pidió que le devolvieras la muñequera? —dice, mirando mis reacciones de cerca. Me quedo petrificada. No sabía qué decir. La muñequera… mi muñequera. Se la había dado yo. ¿Por qué me está diciendo esto? Y, aún más desconcertante, ¿por qué Gael le pediría algo así? —¿Qué? —es lo único que consigo balbucear, mi mente dando vueltas mientras Tatiana sigue hablándome con total calma. —Sí —continúa, como si fuera una conversación común—. Me dijo que prefiere compartirla conmigo ahora. Que ya no quiere que la lleves tú. Mis manos se tensan, y siento una oleada de confusión y enojo. La muñequera… de mí. Algo dentro de mí se retuerce al escuchar esas palabras. ¿Cómo podía ser tan descarado Gael? Y, sobre todo, ¿por qué Tatiana me lo estaba diciendo? ¿Qué pretende con esto? Tatiana me mira como si estuviera esperando que diga algo, pero no encuentro las palabras. Mi mente está llena de preguntas sin respuesta, y la rabia empieza a hervir lentamente. —Eso… —intento decir algo, pero no puedo encontrar las palabras correctas. Solo me siento completamente fuera de lugar, confundida y profundamente molesta. Tatiana, al parecer, se siente satisfecha con el efecto que ha causado en mí, porque me sonríe con una mirada que, ahora que lo pienso, es casi desafiante. —No te preocupes, solo quería que lo supieras. Es un detalle raro, ¿no? Pero no pasa nada. Después de eso, se va, dejándome ahí, sola, con todas esas preguntas que nunca voy a poder responder. Cuando el timbre suena, y todos se dispersan, salgo con los demás. Intento no pensar en lo que acaba de decirme Tatiana, pero es casi imposible. Y justo cuando pensaba que todo podía calmarse, aparece Gael en el pasillo, esperándome. Su mirada se encuentra con la mía, y en un instante, puedo sentir esa familiaridad incómoda de siempre. Como si nada hubiera cambiado, aunque yo sé que todo está mucho más tenso que antes. —¿Vamos a la biblioteca? —me pregunta, sin rodeos. Lo miro por un momento, tratando de contener mi enojo, pero algo en mí ya no puede más. Quiero confrontarlo, quiero saber qué está pasando, qué significa todo esto. Me siento furiosa, y aunque mi primer impulso es rechazarlo, al final me encuentro asintiendo. —Sí, vamos —respondo, con voz fría. Estoy molesta, y él lo sabe. No puedo evitarlo. Cuando llegamos a la biblioteca, me siento en una de las mesas, y Gael se sienta frente a mí, como si nada estuviera pasando. Pero yo ya no puedo quedarme callada. No quiero seguir guardando todo esto. —Tatiana me dijo algo —comienzo, y su expresión cambia al instante. Gael se detiene, me observa con cautela, y me siento como si estuviera a punto de decir algo que jamás pensé que diría. —¿Qué te dijo? —pregunta, su voz firme, pero con un toque de curiosidad. Me limpio la garganta, tratando de mantener la calma mientras mi corazón late más rápido. —Me dijo que le pediste que te devolviera la muñequera. Que ahora prefieres compartirla con ella. Gael se queda en silencio, su mirada cambia, y puedo ver la confusión en su rostro. Sus ojos se abren un poco más, como si no entendiera a qué me refiero. —¿Qué? —pregunta, claramente desconcertado—. Yo nunca le pedí eso. ¿De qué hablas? La rabia sigue creciendo dentro de mí, pero no puedo quedarme callada. —¿Cómo es posible que me digas que nunca le pediste algo así? Tatiana me lo dijo claramente. ¡Es mi muñequera! ¿Cómo puedes ser tan descarado? Gael se recuesta en la silla, y su rostro refleja un desconcierto absoluto. Después, suspira, como si estuviera tratando de encontrar las palabras correctas para calmarme. —No le pedí nada. Eso no pasó. No sé por qué Tatiana te diría algo así, pero es completamente falso —responde, y me mira a los ojos—. Para mí, Tatiana no es nadie comparado contigo, Sira. No quiero que haya confusiones entre nosotros ¿entiendes? Nunca querría hacerte sentir mal o hacer que creas algo así. Sus palabras me sorprenden, y por un momento, el enojo que sentía parece desvanecerse un poco, reemplazado por un sentimiento que no puedo identificar del todo. ¿Es alivio? ¿Confusión? ¿Ambos? Gael sigue hablando, su tono ahora es serio, pero hay algo en su mirada que me hace sentir que no está mintiendo. —La muñequera… es algo que me diste. Y eso no cambia. Si hay alguien que me importa, eres tú, no ella. No quiero que pienses que te quiero hacer daño con esto, porque nunca sería capaz de eso. Un nudo se forma en mi garganta, y por un momento, siento que no sé qué pensar. Las palabras de Tatiana, sus gestos, su sonrisa… Todo eso me confundió más de lo que me gustaría admitir. Y ahora, escuchar a Gael hablar de esa manera, con tanta sinceridad, me deja sin palabras. Finalmente, sus ojos se suavizan y, por un breve momento, sonríe. —No quiero que te moleste por algo tan tonto, Sira. Y mucho menos que pienses que soy tan… ¿descarado? No es mi estilo. Lo miro, y por primera vez en mucho tiempo, siento que las piezas empiezan a encajar un poco. Tal vez estaba equivocada. Tal vez solo necesitaba escuchar las palabras correctas. Aunque, por supuesto, mi confusión sigue ahí, más fuerte que nunca.
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