Alejandro En el momento en que Mariana Villalobos cerró la puerta de mi oficina, exhalé, fue una exhalación larga, controlada, pero necesaria, el nivel de tensión en esa habitación había sido casi... sofocante. Se había ido, y por primera vez en toda la mañana, me permití relajar la mandíbula, caminé hacia el ventanal, el mismo lugar donde me había parado para intimidarla, mi reflejo me devolvió la mirada: traje impecable, expresión impasible, sin duda un Ogro, pero por dentro, algo había cambiado. No era ira lo que sentía. Era... diversión, era algo a lo que no quería ponerle un nombre, pero que sin duda rompía mi rutina. Era un sentimiento que no había experimentado en mucho tiempo, no desde Elena, Emiliano tenía razón estaba aburrido, mi vida era una serie de juntas, reportes y proy

