Mariana —Cierre la puerta, señorita Villalobos. La orden no fue un grito. Peor. Fue una petición susurrada, casi sedosa, pero con el filo de una navaja de obsidiana. Era la voz de un hombre que no necesitaba levantarla para hacer que el mundo temblara. Y mi mundo, en ese momento, se reducía a los seis metros que me separaban de la puerta y a la certeza de mi muerte laboral. Cerrar la puerta. En las películas, eso significa dos cosas: o te van a dar un ascenso millonario o te van a matar y a disolver en ácido. Dada la expresión de Alejandro Montenegro y el contexto de mi "revolcón" en w******p, me inclinaba por la segunda. Mis manos temblorosas apenas y encontraron la manija de metal. Giré. Empujé. Clic. El sonido de la puerta cerrándose fue el sonido de mi ataúd sellándose. Me qued

