MARIANA - Alejandro, querido. ¡Qué sorpresa! Me giré o nos giramos, porque estábamos pegados. Una mujer se acercó, era... bueno, era una obra de arte, rubia, pero de esas rubias que claramente cuestan una fortuna mantener, un vestido rojo que desafiaba la gravedad y la decencia, y una cantidad de joyas que podrían haber financiado un país pequeño, tenía unos cuarenta y tantos, y parecía que había hecho un pacto con el diablo (o con un cirujano plástico muy talentoso). —Sofía —la voz de Alejandro se volvió puro hielo, más fría que el Océano Ártico. Su agarre en mi mano se intensificó. - ¡Pensé que no vendrías! —ronroneó la mujer, sus ojos, de un azul quirúrgico, me barrieron de arriba abajo, no fue una mirada de bisturí, como la de las otras mujeres. Fue una mirada despreci

