1990

5000 Words
1990 Y ahí fue como comenzó una de las mejores etapas de mi vida, o quizás la única etapa de mi vida. Porque ahí fue cuando realmente comencé a vivir. Antes...antes solo estaba muerto. -¿Honey, que estás mirando? –Comenta Luna deteniéndome el pensamiento. –Déjalo. Deja de pensar en eso. –Musitó. Sabía exactamente a qué se refería. Pero no era tan fácil dejar el pasado. -Solo pensaba. Eso es todo. –Dije un tanto entristecido. –Es bonita la vista. –Comenté. -Sí, es lindo el paisaje. –Responde ingenua. -No hablaba del paisaje. –Digo mientras sonrío. Quería abrazarla pero es ese momento en la vida en el que no sigues tus impulsos solo para no verte como un idiota. -Me estoy sonrojando en este momento, gracias por eso. –Dice ella un poco roja. -¿Estarás bien? –Masculla. -¿Dices por lo de mi padre? Pff, dudo mucho que note que no estoy ahí. –Reí. De hecho, lo que más me molestaba es que una parte de mi sabía que no era tan gracioso, y que era lo más deprimente del mundo. -Honey, respecto a lo que sucedió... -No importa. –La interrumpí. Y es que no quería escuchar todo ese montón de ''solo quiero que seamos amigos'', no quería cartas o canciones de amor. Pese a lo que había sucedido, Luna era Luna, y yo seguía siendo yo. Y Luna y Honey no era algo que iba de la mano. Siempre ha sido así. Lo sabía, supongo que siempre lo supe. Pero no quería aceptarlo. -Está bien. Solo no quiero que nada cambie entre nosotros.  La abracé. -No te preocupes. Eso no significó nada para mí si es lo que te angustia. Soy gay, ¿lo recuerdas? –Dije riendo y la abracé por fin, pero esta vez era justificado. Y un poco más y me ganaba un premio por ser tan buen actor. Y lo que pasaba era que la homosexualidad no había estado marcada en mi piel, y algo en mí se había movido cuando Luna me besó. Y me asustaba la idea, y no porque fuera mujer, si no porque antes que todo eso, era mi mejor amiga. La veía, y me sonrojaba. Mi corazón palpitaba a mil con su cercanía, como nunca antes. Me parecía linda la manera en la que encendía su cigarro y lo fumaba. Me parecía linda observando New York como si estuviera viviendo un sueño. Me parecía linda sonrojada, o hasta incluso durmiendo, me parecía linda de todas las formas. Me sentía irreconocible y más sensible. Ella se sentía como si volara, tocarla, sentir el roce de su piel con la mía, sus abrazos, todo era como volar. Se sentía como la aventura. Y es que de hecho lo era, era la mayor aventura que estaba viviendo. Ahora mismo pienso que si hubiera muerto en ese entonces, hubiera muerto feliz. Qué bueno sería morirme así. Habíamos llegado al departamento donde viviríamos con Luna. Casi se puede describirlo como esos departamentos que pagas a media pensión, con un terrible empapelado, y un espacio reducido. Pero el arreglo de Luna lo hacía un poco más habitable. No me quejo. Cualquier cosa era mejor que estar en casa. Contaba con una habitación y una cocina-comedor. Realmente era muy deprimente. Las ventanas ni siquiera tenían una linda vista, pero lo bueno es que estaba en Manhattan y eso era de por sí un gran logro. -¿Y qué dices? –Dice insegura.. -Que simpático. –digo y me rio seguidamente. -Suenas como un optimista tratando de calificar lo que va más allá de lo horrible. Como cuando en un grupo de amigas están las que son lindas y la ''simpática'' a la que todo mundo quiere de amiga. -¿Has estado entre esas, cierto?  -Sí, pero...oye, no es gracioso. Ahora venga, ¿está tan mal? -Es habitable. –Me limito a responder más. -¿Es habitable? –Replicó. Mis palabras eran como puños para ella. De hecho, solo bromeaba, ella sabía que bromeaba. Era tan linda verla preocuparse tanto por como lucía la pocilga, con el perdón de las pocilgas. –Bueno, es un comienzo. No todo comienza con lujos, ¿sabes?, cuando menos nos demos cuenta estaremos viviendo en un pent-house. -Espero que vivir contigo lo valga. -¡Hey! -Solo bromeo. –La abracé. –Lo mejor está por venir. –Me digo a mi mismo. Habíamos pasado esa tarde desempacando, prácticamente. Entre cajas y cajas, habremos comido un medio sándwich cada uno, porque ni siquiera teníamos para dos. Las tías de Luna no le habían dado nada de dinero, y su padre no la había visto aún. Luna tampoco quería verlo demasiado pronto, decía que prefería asentarse al lugar, y demostrarle a su padre que podría con la responsabilidad de vivir sola. Acabamos dormidos en un colchón en el suelo, entre montones de cajas, y una vela aromática que despedía mas olor de lo que alumbraba. El padre de Luna no estaba del todo convencido de que Luna viviera sola conmigo en un departamento en New York. De hecho, no estaba convencido siquiera con la idea de que Luna trabajara con Marissa y Maricel, él no confiaba mucho en sus hermanas. Pero no podía ir en contra de ella. El padre de Luna sabía más que nadie lo segura que era Luna y lo insistente que era cuando ella quería algo. Luna se habría imaginado trabajar para una revista de moda, nada menos que eso. Pero su gran reto era demostrarle a su padre que ella podría salir adelante después de todo lo sucedido con su madre. Pero sé, que en el fondo a Luna le preocupaba su madre. Y que todo este gran viaje era una escusa para no enfrentarse a la idea de sus padres separados. -¿No te preocupa? –Dije mirándola fijamente. Luna no estaba del todo consiente de todos modos, la mitad de su cuerpo estaba cansado, le faltaba un poco de silencio y oscuridad para dormirse como si estuviera en coma. –Ya sabes, que vivamos juntos. -Ehm, tú eres gay y yo no soy homofóbica. Que va. –Se da media vuelta y se acomoda para dormir. -Supongo...ése debe ser el complemento de nuestra amistad. –Musité con la mirada al techo. -No entiendo aún como gente como tu papá no puede aceptarte, eres maravilloso Honey.  Sonreí un poco alarido. -No importa que tan bueno seas, los padres nunca se dan cuenta de lo maravillosos que son sus hijos. –Aunque Luna estaba de espaldas a mí, podía sentir que sus ojos estaban abiertos aún, y que había escuchado lo que dije. Después de todo, ella no era muy diferente a mí. La abracé. Y podía sentir que mi corazón palpitaba a mil. Me pregunté si esto sienten los amigos cuando se abrazan, o si el hecho de que me sienta incómodo con ella era siquiera normal. Unas semanas después habíamos ido a un parque que quedaba a unas calles de nuestro departamento. Y decir ''nuestro departamento'' vaya que causaba sensación en mi. Era la primera vez en mucho tiempo donde pertenecía a un lugar. Y eso es algo que toda mi vida traté de buscar. Un hogar. Las personas vivimos en muchos lugares. La vida se limita a tres lugares existenciales; donde naces, donde creces, y donde mueres. Y es bueno cuando al menos la última lo haces en tu hogar. Pero... ¿Sabes? Desde aquél tiempo que yo...no tengo uno. -¡Cuanta paz! –Podía sentir como cada poro de mi piel respiraba aire puro. -¿Sabes que no será siempre así? ¿Sabes que algún día tendrás que afrontar las cosas con tu papá? ¿Lo sabes verdad? –Espetó. -¿Sabes que no me importa que llegue ese día? Solo espero tenerte conmigo cuando eso pase. –Sonreí. Ella se sonroja. -Soy tu amiga. Así que tenlo por seguro. –Dice sonriendo. Y sé que ese ''soy tu amiga'' era más que nada una aclaración para ella misma, y una barrera para mí, para las falsas ilusiones... -Gracias por todo lo que me das. –Le dije. Ella se encontraba encendiendo su cigarrillo, me miró fijo casi al instante. -¡Qué va! No te he dado nada que no te lo merezcas, y nada que no me lo merezca. -¿Qué dices? –Pregunto desentendido. Ella le da una pitada a su cigarro y esboza una sonrisa. -Nos merecíamos esto. Después de tanto tiempo sufriendo, por fin estamos buscando la felicidad. -Así que tu felicidad se encontraba en Manhattan. –Reí. –Codiciosa. –Agregué. -Es algo problemático. –Rió ella. -¿Dónde se encuentra tu felicidad Honey? –Preguntó mirándome a los ojos. -Ahora mismo creo que estoy siendo feliz. -Le devuelvo la sonrisa. Y ella se ríe y me quita la mirada. -Que cursi. . Porque incluso viviendo una aventura como ésta, éramos dos solitarios buscándose una vida. Aislados de su hogar, escapando de todo lo que nos hacía infeliz. Desolados, sin objetivos, perdidos y alejados. Incluso ahora, éramos los mismos deprimentes que creímos dejar atrás. Pero estábamos en camino a la felicidad. Aun habiendo oído que no se podía alcanzar, explorando placeres nuevos y disfrutando de las nimiedades más absolutas. Si algo extraño de esos tiempos, era cuando Luna venía de trabajar con sus tías en la tienda de ropa, y me encontraba dormido en el sofá. Ella siempre buscaba algo para taparme, no importaba si hacía frío o calor. Me arropaba. Como mamá de pequeño cuando me daba el beso de las buenas noches. Extraño esos momentos, y estos. Lo que Luna no sabía, es que como ella llegaba tarde de trabajar, a veces no dormía esperándola, y que solo fingía estar dormido cuando ella llegaba. Era lindo verla haciendo algo tan gentil por mí. En fin, era lindo verla llegar. Todas las noches era una espera. Algunas hasta se hacían eternas. Siempre esperaba que finalmente pase por la puerta en punta de pie, sin hacer el menor ruido, solo para encontrarme dormido. -Incluso pareces un niño hasta cuando duermes. –Susurró ella mientras extendía una manta de terciopelo azul sobre mí. Esbocé una sonrisa. -Incluso pareces tierna hasta cuando llegas de trabajar. –Murmuré. -¿Estabas despierto? –Elevó un poco más la voz. Le asentí con la cabeza. -No he podido dormir esta noche. –Improvisé. ¿Cómo explicarle que todas las noches me quedaba sin dormir hasta incluso los días más agotadores solo para verla llegar? Sonaría como un psicópata. Es más, lo era. -¿Quieres que te haga un café? Yo voy a tomarme uno. –Dijo mientras se quitaba la blusa de gasa de color rosa pálido que llevaba puesta. Y ahí estaba, cambiándose frente a mí. De reojo miraba cada parte de ella sin parecer un pervertido. Era hermosa. Era hermoso su lunar cerca del pecho izquierdo, o la forma en que le quedaba la cruz al costado del pecho que se había tatuado a los dieciséis. Su abdomen, y la forma en que jugaba con él por tener royos y que eso me resultara lindo y natural. Noté que su cuerpo había dejado de ser el de una adolescente común, y estaba siendo el de una mujer. Una mujer hermosa. -Sí. –Respondí a lo que casi olvidé responder. Ella asiente con la cabeza y se dirige a la cocina. -¿Cómo ha ido tu día? –Pregunta a lo lejos. Me levanté, y me dirigí a la cocina también. -Bien. He pedido trabajo en una galería de arte. ¿Sabes? No queda tan lejos de aquí. –Comento sentándome en la banqueta del bar de la cocina. -Eso es realmente bueno Honey.  -¿Sabes que en esos lugares acuden personas de mucho dinero? Es impresionante como las personas ricas gastan fortuna en un montón de figuras abstractas. -Eso es muy hueco de tu parte Honey. –Espetó. –El montón de ''figuras abstractas'' es arte. Y el arte ahora mismo es muy caro y poco accesible. –Agregó. -¿Entonces el arte es para ricos? -Pongámoslo así; Los pobres hacen el arte, y los ricos lo compran. -Que irónico. –Respingué. Ella asintió. -En realidad es algo muy bueno. Al menos los artistas se ganan la vida. -Tú solías dibujar muy bien cuando éramos chicos. –Y al decirlo, una imagen fugaz se me vino a la mente. Luna y yo solíamos juntarnos bajo un árbol de cerezo japonés, a deliberar charlas como que seríamos cuando seamos grandes, o de cuán locas estaban nuestras madres. Ella solía contarme cosas como que su mamá compró vestidos nuevos y a la semana después los tiró porque quería unos nuevos. Y yo solía contarle que mi mamá se había pasado toda la tarde tratando de hacer un pastel que había visto en un catálogo. Luna pasaba la mitad del tiempo dibujando cosas; conejos, vestidos, conejos, paisajes y conejos y conejos. -Tenías una obsesión con los conejos.  -Oye. Tú tenías una obsesión con el color rosa, y hasta me robabas la ropa a mí. Desde siempre supe que eras maricón.  -¡Estás mintiendo, nunca te pedí tu ropa prestada! –Proclamé. -¿Admites entonces que estabas obsesionado con el color rosa? -Eres un caso perdido, Ledesma. –Y hago énfasis con la voz en su apellido. Ella odiaba su apellido. Dice que le recordaba a su infancia, y a cosas que le había pasado antes de mudarse a mi vecindario. -¡Considérate muerto Van De Wood! –Se apresuró a dejar el café muy suavemente en la mesada y a correrme por todo el departamento para golpearme. Boutique Petallas, Manhattan. Enero de 1990. -¿Luna podrías llevar estas cajas al albergue? Aquí molestan. –Le ordena su tía Marissa. Luna asiente la cabeza mientras movía percheros de ropa de aquí por allá. -¡Ah que no sabes lo que me enteré! –Comenta llegando Maricel, la otra tía de Luna. –La nena está viviendo con un chico. –Espetó sin tacto. Luna abrió los ojos como platos. -¿Lo dices por Honey? -¿Honey se llama? Mmm...que pícara nos salió. Ya hasta tiene novio y todo. -¡Meses trabajando para tus tías y no nos cuentas nada! –Protestó Marissa fingiendo enfado. Marissa y Maricel, más allá de ser las cuarentonas más locas de la época y de Manhattan, eran muy buenas personas. Habían sido como madres para Luna desde que la separación de sus padres se veía venir. Pero Luna sabía que las dos ''M'' no eran su madre ni por asomo, y que a ella lo que le hacía falta era eso. Pero Luna ya era grande, adulta, ya no era una niña rechazando el dolor de la separación, era una mujer, una mujer con sueños y metas, armando su propio futuro sin necesitar de nadie. O al menos ese era el tipo de mujer que quería ser. Luna rió. –Honey vive conmigo porque lo echaron hace tiempo de su casa, es gay. -Hay que desperdicio. Con lo lindo que me contaron que era. –Agregó Maricel. Luna solo reía mientras acomodaba las cajas. Claro, yo gay, ella heterosexual. Estaba más que claro que no pasaría nada. Me pregunto hasta que punto era lo cierto. -Pues ése chico en algún momento deberá buscarse un trabajo, ni siquiera tienes treinta y ya tienes un mantenido. –Reclamó Maricel. Marissa asentía con la cabeza dándole la razón. -Él encontrará un trabajo pronto. Después de todo es capaz de ello. Es una buena persona, ¿saben? Es mucho mejor que cualquier chico que haya conocido antes. –Comentó Luna. -Es enserio un desperdicio. –Responde Marissa. –Tu abuela de joven solía decir que los mejores hombres son gays. -Creo que se refería a la belleza. –Interrumpió Maricel. -¿Ah sí? Pues yo creo que hablaba de lo que importa, lo de adentro. -Tía, suenas como frase de galleta de la fortuna.  -¿Saben qué? Ni siquiera me dejan ser profunda. –Repuso Marissa mientras echaba un suspiro. –Volveré al mostrador. –Comentó antes de irse. -Fuera de toda esa chorrada que ha echado tu tía, espero que todo marche bien para ti Luna. Sé que eres capaz de salir adelante. –Agregó Maricel. -Gracias tía. -Y espero que ese chico también te ayude. Ya te dije, no quiero que mantengas a nadie, por muy amigo tuyo que sea.  Y eso fue lo que realmente pasó. Ayudé a Luna trabajando en la galería de arte para un tipo que se llamaba Daniel Lerman. No quería ser un mantenido, incluso cuando era el camino más fácil. Siempre había sido una carga para papá, no quería ser tampoco una carga para Luna, después de todo, ella me había salvado, de todas las formas. Ahora mismo mi vida se dividía en dos grandes partes, mi pasado, y mi presente; En el pasado estaba papá y un montón de dolor. En la segunda estaba Luna, ella significaba paz, alegría y todo lo bueno. No sabría decirte porqué nunca pensé en el futuro, quizás porque sabía que en alguno de esos volvería a lo primero. Daniel me había dado trabajo después de unas cuantas veces que visité su galería y comenté algo sobre sus obras. El tipo iba de lo más bohemio hasta parecer un hippie, y me preguntaba si así lucían los hippies. Papá siempre decía que ningún bohemio es pobre. Casualmente Daniel no lo era. Además de vender el arte, lo hacía. Era pintor y escultor. Eso y muchísimas cosas más. Siempre quise ser ese tipo de personas. Ya sabes, las que son buenas en muchas cosas. Pero yo no era bueno para nada. No tenía un hobbie, ni siquiera un gran talento. No sabía cantar, o bailar, o pintar o dibujar. Tampoco era bueno en conocimientos de matemática o geografía, o incluso historia. Era un buenísimo para nada. ¿Cómo terminé la secundaria? -Exactamente, ¿Por qué has venido –Comentó un día Daniel. Exactamente a un mes de haber empezado a trabajar. -¿Tiene que haber una razón?  -No realmente. Solo si tú la tienes. -Pues no. No tengo una razón. Supongo que solo quería huir. –Comenté. Daniel apoyó su barbilla contra sus nudillos y se cruzó de piernas, como interesado por lo que le estaba por contar. -Así que huyendo... ¿Eh? –Sonríe. -¿De qué, exactamente? -No lo sé. De muchas cosas. –De un pasado. De mi padre. Del recuerdo de mi madre. Del vacío y de la soledad. La pregunta era, ¿de que no huía? -Un viaje. –Agregó. -¿Eh?  -Es como un viaje.  -Suena como si estuviera de vacaciones. Y no lo estoy.  -Todos estamos de viaje, todos somos viajeros. Incluso yo. Y he estado viajando tanto, que me he olvidado hasta de mi lugar de partida.  -No creo que me guste verlo de esa forma.  -Claro, es mucho más fácil decir que huyes y mostrarte a ti mismo como un cobarde que no afronta la realidad, a que decir que estás en un viaje descubriendo y explorando cosas nuevas. ¿No? -Bueno. Viéndolo de esa forma es mucho mejor decir que soy un viajero.  Eché una leve carcajada. Daniel me acompañó. Trabajando en la galería conocí muchas personas, pero sobre todo conocí a Ed Martin. Un poco menos que millonario, pero oscilaba bastante a ello. Era de esa clase de tíos que van con trajes dándole un toque informal, desbordándose entre fiestas, martinis, champagne y mujeres, muchas mujeres. Solía decir frases lapidarias como que las mujeres eran su juego favorito, y como que un caviar solucionaría todos los problemas de la vida. Es gracioso porque él solía gastar su dinero en prostitutas y demás cosas que no tenían ningún valor ético, pero solía apreciar el arte, y era nuestro mejor comprador. Ahora mismo me recuerda mucho a Juno, el niño gordo que compraba pasteles a menudo en el Hotel Stanford donde trabajaba. -¿Por qué compras tantas pinturas? –Comenté curioso el primer día que conocí a Ed. Él detiene de firmar el cheque que estaba firmando y eleva la mirada hacia mí como petulante. Frunció el seño. –Eh...digo, compras un cuadro nuevo cada semana. Valga la redundancia. -¿Desde cuándo los lacayos opinan sobre cuando tengo que parar de comprar cosas? –Espetó y acto seguido echó un suspiro. -¿Le entregas el cheque a tu jefe, luego? Y no olvides decirle que soy Ed Martin. –Se limitó a terminar de firmar el cheque y se fue. Entonces pensé; Perdimos un cliente. Y por mi culpa. Pero al mes siguiente regresó. -No te despidieron aún. –Comentó entrando a la galería. -¿Hubieras preferido que si? –Respondí a secas. -Escúchame cara de pan triste. Si quisiera que te despidieran le hubiera dicho a Daniel hace mucho tiempo. Pero incluso me tuteas, ¿cómo quieres que colabore? -Lo siento. No quise tutearlo...-Comencé a decir. No quería que me despidieran. Hubiera sido problemático. Llevaba apenas unos meses trabajando en esa galería, y Luna hasta estaba orgullosa de ello. Por fin había encontrado un lugar redituable y cómodo, no iba a abandonarlo por nada. Él soltó una carcajada. ¿Qué? ¿Qué era lo gracioso? -¿Qué? –Pregunté. -¿Le parece gracioso que me vayan a despedir? -Ni siquiera conozco al tal Daniel. Solo sé su nombre porque es el que retira el dinero todos los meses por cada pintura que compré. Cálmate. No te despedirán. Aún. Al menos no por mi culpa. –Rió y comenzó a caminar por la galería. Me apresuré a seguirle el paso por el recorrido. -Es enserio un alivio, sabe. Me costó mucho conseguir este trabajo. –Comencé a decir. Él me dirigió una mirada despectiva. -¿Acaso te di permiso de que me hables? Déjame ver en paz. –Se desvió para el pasillo de la derecha. Al cabo de treinta minutos, él seguía mirando cuadros, no parecía convencerle ninguno, posaba su mirada millonaria en uno, y luego pasaba a mirar otro, y de hecho, eran todos muy buenos cuadros, pero parece que ninguno le convencía, o como hubiera dicho Daniel, ''ninguno le transmitía''. El arte no es solo ver y interpretar, es también transmitir, sentir, y un montón de cosas más que personalmente pienso que es increíble que puedan hacer unos simples trazos. Solo me acerqué en silencio y me puse a observar como quien no quiere la cosa. -De hecho nada me gustaría más que seguir su petición de no hablarle. Pero, el cuadro de Isasi sería una buena inversión. En unos años valdrá más de lo que está valiendo ahora y será sobrevalorado. –Musité. –O al menos eso oí. Ed se dio media vuelta y me dirigió otra mirada, pero esta vez mucho menos despectiva y con mucho menos ironía. Esbozó una sonrisa suspicaz y asintió. -Gran elección. Gran elección. –Agregó. –Opiniones como ésas hacen a los ricos más ricos. –Comentó mientras firmaba el cheque de pago ya en el mostrador. -Casualmente yo soy pobre. Y no planeo hacerme rico. –Comenté en un tono humorístico. Él rió. -Y casualmente yo soy rico, pero planeo hacerme más rico. –Dice entre risas. Reí. -Una vez una amiga me dijo que, el arte lo hacen los pobres, y los ricos lo compran. Es exactamente lo que usted hace. –Comento poniéndome un poco más serio. -¿Entonces estoy comprando cuadros a un montón de pobretones sin laburo? –Protestó en un tono humorístico. Volví a reír. -Está haciendo rico a alguien que no lo es. ¿Lo ve? Es un círculo vicioso. -Pero yo no quiero hacer rico a nadie. –Dijo él. -Pues demasiado tarde. Ha estado comprando cuadros desde que empecé a trabajar. -Desde mucho antes. –Agregó. –Y déjame decirte que el anterior lacayo era un idiota. Me reí. Y no sé si me daba más risa su forma de referirse al anterior vendedor, o que me seguía diciendo lacayo a mi también. -Bien. Me iré. Espero que algún rico que te haga rico a ti también. -Comentó antes de irse. -Imposible. Yo no hago arte. Yo lo vendo. –Digo al instante. Él me dirigió otra mirada, pero una donde parecía hasta impresionado. -Y yo lo compro. –Dijo. –Quizás no somos muy diferentes. -Se rió y luego pasó a sacar algo del bolsillo de su chaleco-traje de color n***o. –Mi tarjeta. Y si algún día te cansas de ser lacayo de un hippie, avísame, y te conseguiré trabajo. Dicho esto último se fue haciendo resonar por la galería el diminuto taco que tenían sus zapatos de vestir Luis XV. Y me pregunté cómo sabía que Daniel era un hippie, (o que al menos eso parecía) si apenas llegó dijo no conocerlo. Al fin y al cabo, terminé llamando a Ed un día que Daniel casi me despide. Pero nunca dejé de trabajar en la galería. Ed no se convirtió en mi jefe, pero se convirtió en mi amigo. Con Luna pudimos salir adelante. Yo no sabía nada de papá, y tampoco me importaba. Luna tampoco sabía nada de su mamá, no se comunicaban desde que Luna le dijo a su madre que vendría a vivir con sus tías. El papá de Luna la ve de vez en cuando. Aunque parezca que no le importa, sé que le importa. Luna aún guarda amor por sus padres. Y sé que una parte suya se destruyó cuando se divorciaron, o saber que su padre no apoya sus ideales de vida o que su madre se había olvidado por completo de que tenía una hija. Ella no quiere hablar de eso. Pero sé que le duele. Esa parte tan triste del ser humano, de tratar de esconder lo que le duele. ¿Para qué? ¿Para tratar de ser más fuertes? En fin. Con Luna habíamos arreglado un poco aquella pocilga a la que llamábamos hogar. No había costado mucho arreglarla, aunque no la hubiésemos arreglado del todo. Solo le habíamos hecho un poco mas ''presentable'' y ''habitable'' como solía decirle a veces para molestar a Luna. Pero luego, a Luna le fue mejor en el trabajo, la tienda tenía varias sucursales en el centro de la ciudad, y ''Petallas'' ya era toda una marca. Me gustaba verla crecer a Luna, tanto laboral como en lo demás. Nos mudamos. A un departamento mucho mejor y más cerca de la segunda tienda de Petallas. Allí ya no estaban sus tías. Y Luna era alguien que imponía mucho respeto entre sus compañeras. Y todos en la boutique hablaban de un asenso. -No es el Upper East Side, pero se asemeja. –Comentó Ed respecto al lugar donde estaba ubicado el departamento nuevo. Nos encontrábamos en un café en Central Park. A él le encantaba desayunar ahí. Decía que le tranquilizaba y que le daba paz, pero Central Park era lo menos pacífico del mundo. Aún desde adentro, se podía escuchar el bullicio del peatón, o el tránsito de autos y las bocinas. -Lo siento pero no todos podemos vivir en la Quinta Avenida. –Repuso Luna mientras terminaba su café. -Bueno, siempre se puede ser un poco más ambicioso. –Dijo él. -Es fácil para ti si tu familia es dueña de una cadena de hoteles en New York. -Oh por favor, solo una parte.  -Como sea. –Rezongó Luna sin remedio. -Finalmente, lo que importa aquí es que tus tías son gran influencia ahora en la indumentaria femenina. ¿Sabes la pasta que se puede sacar de ello? –Espetó Ed. Luna se puso pensativa. -De todos modos yo soy una simple promotora y en ocasiones vendedora.  -No estás siendo del todo sincera contigo Luna. Dijiste que en la boutique hablaban de un asenso. –Interrumpí. -Sí, pero si así fuera, y me ascendieran, ¿qué es lo más lejos que podría llegar? Quizás trabajaría en la parte administrativa de la marca que van a hacer. Y eso rezándoles a los santos. –Gesticuló una mueca de disgusto. -¿Por qué no solo hablas con tus tías y les dices que quieres encargarte de los diseños? ¿No era ese tu plan desde un principio? Ella asintió. -Sí, pero no es tan fácil Honey. Quizás no salga la marca de Petallas, y si es así pues no habrá diseños, y sin diseños no importará, solo seremos una tienda. -Luna deberías interiorizarte más en lo empresarial. ¿Cómo planeas triunfar en la industria de la moda sin antes conocer del tema? –Volvió a retomar la palabra Ed. Luna le dirigió una mirada de resignación. -Desistí a esa idea hace mucho tiempo. Me gustaría y todo, pero si quisiera ser parte del mundo de la moda iría a una revista de moda no a trabajar a la tienda de mis tías. –Respondió a secas. -Pues quien sabe, quizás la tienda de tus tías llegue a la industria y eventualmente a una revista. Es mejor que sepas para entonces como manejarte. -Mira el lado bueno. –Interrumpí. –Ahora puedes trabajar con menos presión en la segunda sucursal. ¿Acaso no decías que tus tías te presionaban demasiado? Ahora ya no estarán. -Sí, pero eso solo hace que me presione más. Es muy distinto que me presionen mis tías a que me presionen desconocidas. Es mucha responsabilidad. -Que problemático. –Comentó Ed. –Eres muy problemática. ¿Podrías ponerte feliz de haberte mudado a un departamento nuevo? Ponte feliz de que ya no vives entre Honey y otros bichos. Dicho esto, Luna y Ed se echaron una carcajada. -Que gracioso. –Mascullé. –Pero tiene razón. 
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