bc

Mansion Holloway: Jugar con Fuego

book_age18+
1
FOLLOW
1K
READ
billionaire
dark
forbidden
family
age gap
opposites attract
friends to lovers
playboy
arrogant
badboy
goodgirl
boss
bxg
bisexual
kicking
office/work place
small town
cheating
disappearance
secrets
sassy
friends with benefits
like
intro-logo
Blurb

Bea Holloway no es la hija perfecta.

Es demasiado lista para quedarse callada, demasiado directa para complacer a la alta sociedad y demasiado hermosa para pasar desapercibida en la casona rural donde vive con su padre, un viudo prestigioso y dueño de una de las bodegas más famosas de Inglaterra.

Pero todo cambia cuando llega Nick Rowan:

mejor amigo de su padre, CEO millonario, cuarenta y tres años, y la clase de hombre que huele a poder, secretos… y peligro.

Él viene a descansar. Ella, a provocar.

Ninguno lo dice, pero ambos lo saben: están jugando con fuego.

Y en la Mansión Holloway, nada permanece en silencio por mucho tiempo.

Ni los susurros.

Ni las miradas sostenidas.

Ni lo que ocurre a puerta cerrada.

Una historia de deseo prohibido, tensión elegante y decisiones que no se pueden deshacer.

Cuando cruzar la línea deja de ser una opción… y se convierte en necesidad.

chap-preview
Free preview
Capítulo 1
Todos me llaman Bea. Por Beatrice, mi nombre. Tengo veinte años, y mi vida en Londres es algo aburrida. Así que, en los veranos e inviernos, con mi padre nos vamos al sur de Inglaterra, a nuestra mansión en Eastbourne, rodeada de campos verdes, caballos de competencia y un silencio que a veces parece una condena. Mi madre murió cuando tenía diez, y desde entonces, mi padre y yo hemos sido los únicos habitantes permanentes de esta finca. Papá es Derek Holloway, el tipo de hombre que aparece en revistas de estilo de vida como un modelo de tradición británica: empresario exitoso, viudo respetable, y dueño de una de las mejores bodegas de vino de exportación del país. Yo, por otro lado, no encajo del todo en esa postal perfecta. Estudio literatura en Londres, uso botas gastadas que se niegan a morir, y tengo una opinión sobre casi todo, incluso cuando no me la piden. Volví a casa ese verano con la intención de escribir, leer y respirar aire puro. Lo que no sabía es que también iba a encontrarme con Nick Rowan. Nick es... complicado. Tiene cuarenta y tres años, es CEO de una empresa que factura millones y el mejor amigo de mi padre desde que ambos tenían veintitantos. Era el padrino silencioso en mi fiesta de cumpleaños número cinco, el tipo que me traía peluches de Harrods cuando volvía de sus viajes de negocios, y el nombre que flotaba en las conversaciones de papá como una constante. Pero durante mucho tiempo no lo vi. Los negocios, la distancia, las agendas apretadas. Hasta que este verano decidió venir a quedarse por "una temporada" en nuestra casa de campo. Al principio, no pensé demasiado en ello. Una visita más. Otra figura masculina hablando con mi padre sobre impuestos, vinos y partidos de polo. Pero cuando lo vi bajarse del coche, entendí que algo había cambiado. Nick Rowan ya no era ese hombre amable que me regalaba chocolates suizos. Ahora era otra cosa. Algo más oscuro, más elegante, más peligroso. El traje a medida, el reloj carísimo, el modo en que se quitaba las gafas de sol para mirarme directamente a los ojos. No como a la hija de su mejor amigo. Como a una mujer. Una mujer que, para colmo, lo miraba igual. No fue un flechazo. No fue repentino. Fue gradual. Un comentario en la cocina. Una conversación en el invernadero. Un roce accidental en la biblioteca. Detalles minúsculos, cotidianos. Hasta que un día me encontré imaginando cosas que no debería imaginar. Fantaseando con posibilidades que ni siquiera me atrevía a escribir en mi diario. Y lo peor... es que él también lo notó. Esto no es una historia de amor. Tampoco de odio. Es una historia de fuego contenido, de decisiones equivocadas y de una atracción que se volvió imposible de ignorar. Él es el mejor amigo de mi padre. Y, sin embargo, hubo una noche en la que todo se desmoronó. Y esa noche empieza con su llegada. [...] Papá dijo que Nick llegaría antes del mediodía. A las doce en punto, el Range Rover n***o giró por el camino de grava como si conociera cada piedra. La casona crujió con ese eco que solo emiten las casas viejas cuando algo importante va a suceder. O alguien importante. Yo estaba en el escalón de piedra que da a la entrada, con las botas sin abrochar y un café ya frío entre las manos. El sol caía a plomo, como si el verano se estuviera quemando a sí mismo. Llevaba un short gastado y una camiseta que alguna vez fue blanca, el cabello recogido de cualquier manera. No buscaba impresionar a nadie. No ese día. Y sin embargo… ahí estaba. Nick Rowan. Perfecto, impoluto, fuera de lugar como un banquero en una novela gótica. Bajó del coche con una lentitud estudiada, como si supiera que lo estaban mirando. Traje oscuro —porque por supuesto llevaba traje—, gafas de sol y la expresión típica de quien viene de firmar algo importante y aún está mentalmente en su oficina. Pero ese era Nick. El tipo que hacía que todo pareciera planeado, incluso lo espontáneo. Papá salió a recibirlo con una sonrisa amplia y los brazos abiertos. Lo abrazó con fuerza, como si no se hubieran visto en años. Quizá era cierto. Pero mi atención ya no estaba en papá. Estaba en Nick. Y en cómo me miró. Fue un segundo. Tal vez dos. Suficiente para que me recorriera de arriba abajo sin el menor disimulo, sin ocultar que me reconocía… y al mismo tiempo no. Como si no supiera qué hacer con la versión de mí que tenía frente a sus ojos. —Bea —dijo finalmente, quitándose las gafas—. Has crecido. —No. Sólo cambié de ángulo —respondí, llevándome el café a los labios sin apartar la vista. Papá no notó nada. Estaba demasiado ocupado preguntándole por el tráfico, por la economía, por los caballos. Yo, en cambio, no me perdí ni un gesto. Nick soltó el botón del cuello de la camisa y se pasó la mano por la nuca. Tenía algunas canas nuevas, una arruga más cerca del ojo izquierdo, y una energía diferente. Más densa. Más cerrada. Ya no era el padrino sonriente que me traía libros ilustrados desde Nueva York. Ahora era un hombre que no pedía permiso para mirar. Ni para quedarse. —¿Ya te instalaron en tu cuarto? —pregunté con voz neutra. —Aún no. Pero me dijeron que nada ha cambiado demasiado. —Eso es lo que creen todos al llegar aquí. Luego terminan saliendo distintos. Sonrió. Una sonrisa apenas visible, como quien mide el terreno antes de dar el primer paso. —¿Y tú? —preguntó, inclinando levemente la cabeza—. ¿Tú también saliste distinta? —Yo nunca salí, a menos que sea para volver a Londres —dije—. Esa es la diferencia. Pasó a mi lado. No lo miré directamente, pero sentí el aire cambiar cuando su perfume me alcanzó. Colonia cara. Cuero. Papel viejo. Poder. No me moví. No sonreí. No pestañeé. Solo lo seguí con la mirada mientras se perdía por el pasillo principal, como si acabara de regresar a una casa que nunca fue suya… pero que sabía que podía habitar. Más tarde, cuando el almuerzo terminó, papá se excusó para atender una llamada en el estudio. Nick y yo quedamos solos en la galería, con el sol bajando lento por los campos. Yo me serví más limonada. Él pidió un café. El silencio no era incómodo, pero sí tenso. Como si estuviéramos esperando a que algo pasara. Como si supiéramos que estaba por pasar. —¿Y qué haces ahora? —preguntó, rompiendo el silencio. —Universidad. Literatura inglesa. Mucho Jane Austen, poca paz mental. Asintió, como si eso tuviera todo el sentido del mundo. —Siempre te gustaron los libros. —Sí. Y tú siempre pareciste sacado de uno. Él alzó una ceja. —¿Qué clase de libro, exactamente? —Olvídalo. La risa que soltó fue seca, breve, pero auténtica. Me miró como si de verdad no supiera cómo encajarme. Como si yo fuera una pieza que alguna vez conoció… pero que ahora tenía bordes distintos. —Estás distinta, Bea. —Eso dijiste antes. —Lo pienso más ahora. Tienes veinte... Ya no eres más la niña de antes. No respondí. Me apoyé en el marco de la galería y observé el campo. Los árboles se mecían con el viento suave. Los caballos pastaban tranquilos, como si el mundo no estuviera a punto de tambalearse. —¿Y tú? —pregunté sin mirarlo—. ¿Sigues salvando empresas? ¿Comprando edificios? ¿Evitando a las mujeres jóvenes que te miran de más? Me miró entonces. De verdad. Y ahí estuvo el primer destello. —No siempre lo logro —dijo. No hubo música de fondo. No hubo movimiento dramático. Solo el sonido de su taza al rozar el platillo, y mi corazón marcando un compás que no debería conocer. Cuando me levanté, él también lo hizo. La cortesía aún vivía en él, como un reflejo grabado en los huesos. Pasé cerca suyo. Tal vez demasiado cerca. —De nada por el café —dije. —Gracias por la conversación. —No fue una conversación —dije caminando mirando hacia atrás—. Bienvenido, Nick. Ya sabes las reglas. Me detuve. Lo miré por encima del hombro. —Todavía no he roto ni una. Todavía... Entonó ese ''todavía''. Y por primera vez desde que volvió, vi un titubeo en sus ojos.. Y me fui. Esa noche, me quedé escribiendo en el invernadero. La luz del escritorio era cálida, tenue. Afuera, la lluvia empezó a caer con suavidad, como si el cielo también estuviera reteniendo algo que no podía descargar del todo. Me puse los auriculares, pero no encendí la música. No necesitaba distracciones. Necesitaba recordar lo que acababa de pasar. La forma en que me miró. La forma en que lo miré. La forma en que ninguno dijo lo que realmente estaba pensando. Apunté una frase en mi libreta: "Algunas puertas no se abren con llaves. Se abren con miradas sostenidas, demasiado tiempo, en el lugar equivocado." Cerré el cuaderno. Porque esa puerta ya se había abierto. Y yo, que lo sabía, estaba a punto de cruzarla.

editor-pick
Dreame-Editor's pick

bc

Mafioso despiadado Esposo tierno

read
25.9K
bc

La embarazada sacrificada

read
3.2K
bc

Prisionera Entre tus brazos

read
102.0K
bc

Una niñera para los hijos del mafioso

read
55.0K
bc

Venganza por amor: Infiltrado

read
64.7K
bc

Eres mío, idiota.

read
3.6K
bc

Profesor Roberts

read
1.7M

Scan code to download app

download_iosApp Store
google icon
Google Play
Facebook