Capítulo 2

1169 Words
Hay algo curioso en los hombres que usan relojes caros: creen que pueden medirlo todo. El tiempo. El poder. Incluso las personas. Nick Rowan era uno de esos hombres. Excepto que no lo necesitaba. Bastaba con verlo caminar por el pasillo de entrada para entender que ya lo controlaba todo. Que este era su mundo y yo, apenas una variable incómoda. Y aún así, ahí estaba. El CEO, el tipo brillante que salía en revistas de negocios, en las listas de “hombres más influyentes del Reino Unido”, en las fantasías de mujeres mucho mayores que yo. La mañana siguiente vi a Nick regresar a la casa, con una bolsa llena de pan y verduras. —Bea —dijo, con una voz que recordaba al invierno, al metal y al whisky escocés. Me quedé en el primer escalón, la mano en la baranda. Sin maquillaje. En shorts y camiseta vieja. Con el cabello recogido de cualquier forma. Perfecta para molestar. —Nick. Pensé que habías muerto o algo. Él sonrió. No del todo. Esa sonrisa a medias que no promete nada, pero lo insinúa todo. —Sigo vivo. He dormido poco. Me alegra estar de nuevo aquí. —¿Y por qué esta vez? ¿Burnout ejecutivo? ¿Un retiro espiritual entre vacas? Silencio. Nick bajó la mirada a mis piernas —fue un segundo, tal vez dos— pero lo suficiente para saber que lo había hecho. Y no lo evitó. No pidió perdón. No se disculpó. Ese era Nick Rowan: el tipo que no pide permiso. Me crucé de brazos, no por pudor, sino por equilibrio. El piso tembló un poco, aunque supuse que era por la corriente de aire. —¿Y cuánto te quedas? ¿Una semana? ¿Un mes? ¿Hasta que se te pase el colapso nervioso? —Eso dependerá —respondió él, como si el campo Holloway fuera un hotel boutique y yo una recepcionista impertinente—. Derek me ofreció quedarme lo que necesite. Y sea necesario. Ah. Papá. Él aún no sabía que dejarme sola con Nick Rowan sería un error. No porque yo fuera una niña malcriada. Sino porque ya no era una niña. Y Nick… Nick no era ningún santo. [...] Por la noche, papá organizó una cena para darle una bienvenida más cálida a Nick. Con Ellis, la cocinera de la casa, preparamos la famosa receta de lasagna de mi madre. La cena fue peor de lo que imaginaba. No porque algo haya salido mal, sino porque todo salió demasiado bien. Esa clase de armonía forzada que da nervios. Había vino tinto, una rica lasagna, y un pan recién horneado que llenaba el comedor con olor a hogar. Pero el aire estaba cargado de otra cosa. Yo hablaba demasiado. Como siempre. Y más cuando quería disimular que algo me incomodaba. —Nick solía traerme chocolates suizos cuando venía a casa —dije, girando la copa entre los dedos—. Pero supongo que ya no tiene tiempo para esas cosas. Nick alzó una ceja, entretenido. —Bea, tienes veinte. Estoy seguro de que ahora hay muchos chicos que te compran chocolates. Papá soltó una carcajada. —Si les compra, se los comía él antes de dárselos. El último noviecito que tuvo era un experto en eso. —Ex-noviecito —aclaré, forzando una sonrisa—. Un bastardo. Papá asiente con una sonrisa. Nick bebió un sorbo de vino, luego dejó la copa con una elegancia casi estudiada. Me miró por encima del borde de la mesa, como quien lanza una ficha con intención. —Lo que necesitas no es un chico. Es un hombre de verdad. Silencio. Sentí el vino calentarme la garganta y luego los pómulos. Fingí interés en la servilleta, en el pan, en cualquier cosa que no fuera esa frase. —Bueno... Yo como padre prefiero que se ocupe de su carrera. Yo asentí, pero no respondí. Esa frase se me quedó clavada como una espina. Un hombre de verdad. —Con permiso, voy a dar una vuelta —dije, levantándome de la mesa antes de que mi boca dijera algo peor. —¿Todo bien? —preguntó papá. —Voy a caminar. Hace calor aquí. Mentía. Me ardía la piel. [...] Me cruce a Nick en los pasillos luego de la cena. Se había quitado la chaqueta y ahora sólo llevaba la camisa remangada, el reloj en la muñeca y esa actitud de hombre que siempre está en control de todo. Maldita sea. —¿Te parece divertido? —le dije sin saludar. Se giró con lentitud, como si ya supiera lo que venía. —Depende. ¿A qué te refieres? —A lo de la mesa. A lo de "necesitas un hombre". Sabes perfectamente lo que insinúa eso. Nick se apoyó contra el marco de la puerta. No parecía nervioso. Ni un poco. —Bea, fue una broma. La clase de cosas que se dicen cuando uno ha bebido vino y está en buena compañía. Además no lo dije con ninguna otra intención. —No soy una niña, Nick. No me hables de esa forma como si no entendiera nada. Él me sostuvo la mirada. Por fin. —Precisamente. Ya no eres una niña. Y eso lo complica todo. Por un instante, sentí que todo giraba a mi alrededor. No por la frase, sino por lo que implicaba. Lo dijo como quien lanza una advertencia, no una declaración. Como si en lugar de avanzar... estuviera tratando de detener algo inevitable. —Pues deberías saber que yo no me asusto fácil. —Eso es lo que me preocupa. Que ya no tenga que protegerte de los fantasmas. Rodeé los ojos y le di la espalda. Sentía su mirada pesada encima de mi. [...] La casa estaba en silencio cuando subí a mi habitación. La lluvia había vuelto, suave y constante. Me quise duchar. Tal vez lavarme la tensión. Tal vez dejar que el agua me enfriara las ideas. La toalla estaba colgada en la percha de la puerta. El vapor llenaba ya el baño. Me quise quitar la camiseta sin encender la luz, por simple inercia. Fue entonces cuando lo escuché. Una voz baja. Un golpe seco. Empujé la puerta del baño sin pensar y lo vi. Nick. Con la toalla envuelta a la cintura, el torso húmedo, el cabello mojado. Estaba en el baño de invitados, el que conecta por error con el pasillo de mi cuarto. El que nadie usaba. El que mi padre jamás reparó. Nos miramos. Por un instante eterno. Un segundo mudo. —¿Bea? Me quedé quieta. Y él también. No dijo nada. No se cubrió. No se disculpó. Sólo me miró como si hubiera algo que ya sabía y que, de alguna forma, se confirmaba en ese instante. Di un paso atrás. Cerré la puerta sin hacer ruido. Sentí mi corazón galopar como si hubiera corrido por el campo entero. Pero no era miedo. Era otra cosa. Y la sabía muy bien.
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