Capítulo 3

1392 Words
Me quedé mirando el techo de mi habitación por horas, escuchando la lluvia tamborilear en las ventanas, imaginando su mirada clavada en la mía, su piel mojada, la gota que le recorría el pecho justo antes de que cerrara la puerta. No fue un accidente. Fue una grieta. Al día siguiente, me desperté temprano. Me vestí con una camisa blanca que me quedaba ligeramente grande y unos pantalones ceñidos. Me peiné con descuido intencionado y bajé a desayunar como si nada de lo anterior hubiera pasado. Nick ya estaba en la cocina, leyendo el periódico como si fuera una novela de suspense. —Buenos días —dije, abriendo la alacena como si no pudiera sentir su presencia. —¿Dormiste bien? —De maravilla —mentí. Me sirvió una taza de café sin que se lo pidiera. Lo hizo en silencio, como si fuera algo que hacía desde siempre. Como si no me hubiera visto semidesnuda la noche anterior, ni yo a él. —Tu padre salió temprano. Tenía una reunión en la ciudad. Asentí, tomando un sorbo. El café estaba perfecto. Detestaba que lo estuviera. —Entonces estamos solos —dije, sin alzar la vista. Nick dejó la taza a un lado y cruzó los brazos. No dijo nada al principio. Luego se aclaró la garganta. —Deberías tener más cuidado cuando abres puertas. —Deberías tener más cuidado con las que dejas entreabiertas —respondí. Ninguno de los dos sonrió. Pero el aire entre nosotros era denso, como la atmósfera antes de una tormenta. —Bea, esto no puede pasar. Sabes perfectamente que no. —No ha pasado nada. —Pero está pasando igual. Lo miré entonces. Directo. Sin filtros. —¿Y qué es lo que está pasando exactamente, Nick? Porque si quieres decirlo en voz alta, ahora es el momento. Se quedó en silencio. Me sostuvo la mirada, pero no respondió. Como si al nombrarlo, le diéramos forma. Como si decirlo fuera traicionarlo. —Eso pensé... —susurré. Tomé la taza de café y salí por la puerta trasera hacia el jardín. El cielo estaba nublado, el aire húmedo y espeso. Caminé descalza por el césped recién cortado, sintiendo la tierra fría bajo mis pies. Necesitaba alejarme. Respirar algo que no fuera él. Pero Nick no tardó en alcanzarme. Su sombra cayó sobre la mía y su voz me alcanzó, firme y baja. —No lo puedo decir, porque no habrá vuelta atrás. Pero debes detenerte, Bea, o todo se complicará. Me detuve. Me giré hacia él. Los dos bajo el cielo plomizo, como personajes atrapados en una novela sin final feliz. —No entiendo qué quieres decirme. Nos miramos. Un instante. Dos. Tres. Hasta que se acercó un paso. Luego otro. Lo suficiente para que sintiera el calor de su cuerpo, pero no lo bastante como para tocarme. —Esto está mal —dijo, apuntándose a él y a mí. —¿Y por qué estaría mal? Y eso fue todo. No hubo beso. No aún. Pero hubo algo peor. Hubo cercanía. Hubo esa respiración compartida, ese temblor en las manos, esa sensación de que el mundo entero podía derrumbarse en ese preciso segundo, y ninguno de los dos lo detendría. Cuando se alejó, lo hizo con una lentitud casi dolorosa. Como si cada centímetro de distancia costara. Como si alejarse de mí fuera un sacrificio mayor de lo que quería admitir. Me quedé allí, sola, con la taza vacía en la mano y el corazón latiendo como si hubiera corrido a través de un incendio. Y de alguna forma, eso era exactamente lo que había hecho. [...] Tres días. Eso duró la tregua silenciosa. Nick evitaba quedarse a solas conmigo. Yo fingía que no me afectaba. El juego de la indiferencia funcionaba bien delante de mi padre, que no sospechaba nada. Hablábamos de cosas banales: el clima, los caballos, la cosecha de uva. Pero bastaba con un cruce de miradas, una pausa mal calculada, para que todo ese equilibrio artificial se resquebrajara. El jueves por la mañana, papá anunció que recibiría una visita de inversores. Dos matrimonios de Londres vendrían a pasar el fin de semana en la finca para "respirar aire puro y hablar de vinos artesanales". Traducción: cenas largas, modales impecables, sonrisas ensayadas. La preparación comenzó de inmediato. La señora Ellis se puso en modo guerra, y el jardín se llenó de jardineros recortando hasta la más inocente rama. Mi padre se encerró en su despacho para repasar cifras, y Nick... Nick volvió a ser el caballero ejemplar. Ayudó con la logística, probó vinos, sugirió menús. Como si nada de lo que había ocurrido existiera realmente. Yo, por mi parte, decidí jugar el mismo juego. Vestidos de lino, trenzas casuales, sonrisa de anfitriona perfecta. Pero cada gesto mío era calculado. Cada comentario inocente tenía una intención enterrada. —El lago está especialmente bonito esta semana —le dije en voz baja mientras pasábamos cerca. —No deberías tentar al diablo, Bea... —murmuró sin mirarme. El viernes por la tarde llegaron los invitados. Dos hombres de mediana edad, esposas elegantes con acento de Chelsea, y una hija de veintitantos que me miró como si ya supiera que no iba a caerle bien. Se llamaba Clarisse. Llevaba un vestido crema y un perfume dulzón. De esas chicas que sonríen con todos los dientes y hablan de caballos sin haber montado nunca uno. Nick la saludó con cortesía. Le ofreció una copa de vino y un cumplido suave, de esos que no comprometen pero suman puntos. Clarisse río como si acabaran de decirle algo brillante. Yo observaba todo desde la escalera, apoyada contra la baranda. —Deberías bajar —dijo mi padre, al pasar junto a mí—. No parezcas una espectadora. Bajé. Me uní al grupo. Fui encantadora. Y en cuanto Clarisse se giró para mostrarle a Nick una foto de sus perros en su teléfono, yo solté: —¡Oh! ¡Nick odia los perros pequeños! Dice que parecen ratones con trauma. Clarisse frunció los labios. Nick giró lentamente el rostro hacia mí, sin perder la sonrisa. —Lo que digo es que requieren mucha atención. Igual que ciertas personas. —Menos mal que tú eres tan independiente —contesté, bebiendo mi vino. Clarisse no entendió el intercambio, pero supo que había algo. Lo sintió en el tono. En la electricidad flotando entre los dos. Durante la cena, me senté junto a papá. Nick frente a mí. Clarisse, a su lado. Sus piernas cruzadas, su risa perfecta, su pulsera tintineando cada vez que levantaba la copa. —Bea —dijo en un momento, con esa amabilidad fingida—, tu casa es preciosa. Tiene ese aire... antiguo. —Como algunas costumbres que deberían quedarse en el pasado —respondí, clavando el tenedor en la carne. Nick carraspeó. Papá me miró de reojo. Clarisse se limitó a reír. Pero Nick... Nick bajó la vista, sonriendo apenas, como si el comentario fuera un juego privado que sólo nosotros entendíamos. Más tarde, cuando los invitados se retiraron a sus habitaciones, salí al jardín a tomar aire. No tardó en seguirme. —¿Sabes que estás jugando sucio, verdad? —dijo desde la penumbra. Me giré. Ahí estaba, con la chaqueta al hombro y las mangas arremangadas. Siempre impecable. Siempre fuera de mi alcance. —¿Y tú no? Se acercó. Lo suficiente para que el olor de su colonia se mezclara con la noche. —Estás celosa de una niña que apenas conozco. —No conoces a esta Bea, ya no soy una niña. Se inclinó apenas hacia mí. No lo suficiente para tocarme. Pero bastó para que mi respiración se acelerara. —Y sin embargo, sigues provocando. Como si quisieras que todo estalle aquí, ahora, delante de todos. —Tal vez lo quiero. —No. No lo quieres. Lo miré, desafiándolo. No había miedo. No había vergüenza. Sólo una certeza creciente de que lo nuestro ya había cruzado una línea. Y que volver atrás no era una opción. Nick dio un paso atrás. —Ve a dormir, Bea. Mañana hay otra cena. —Claro. Y quizás Clarisse traiga otro perro en su teléfono. Nick soltó una risa breve, contenida. Luego se dio la vuelta y regresó a la casa. Y yo me quedé ahí, bajo las estrellas, sabiendo que la noche siguiente sería aún peor.
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