Capítulo 4

1122 Words
Esta vez Nick decidió jugar también. Todo parecía en orden. Aquella mañana era más que perfecta, excepto que todo el mundo desayunaba en el gran balcón. Papá estaba de excelente humor. Clarisse llevaba un vestido nuevo y hablaba de su experiencia en una exposición de arte moderno en Berlín. Yo asentía, sonreía, participaba cuando me correspondía. Parecía civilizada. Domesticada. Pero Nick estaba sentado a mi lado. Y eso cambiaba todo. Desde el primer café, su rodilla rozaba la mía. Al principio creí que era accidental. Me acomodé en la silla. Me crucé de piernas. Él también. No fue accidental. Mientras Clarisse hablaba con papá sobre una cata de vinos en la Toscana, sentí la yema de los dedos de Nick tocarme por debajo del mantel. Un roce leve, casi un susurro sobre mi rodilla. Inmóvil. Luego ascendió apenas, como si esperara que yo lo detuviera. No lo hice. Continuó. Lento. Delicado. Como si estuviéramos solos. Como si el comedor entero no existiera. Como si mi padre, sentado a escasos cincuenta centímetros, no pudiera girar la cabeza y verlo todo. Contuve la respiración. Me llevé la taza de té a los labios, no porque quisiera beber, sino para disimular que todo mi cuerpo estaba en llamas. Nick habló con uno de los inversores sobre cifras, sobre mercados, sobre cosas que yo no entendía. Todo con absoluta calma. Su voz no tenía variaciones. Su mirada no me tocaba. Pero su mano, bajo la mesa, seguía explorando el contorno de mi muslo con una seguridad criminal. Me atrevo a decir que en un momento sus dedos llegaron a la orilla de mi vestido. Y entonces se detuvo. Retiró la mano con la misma calma con la que había empezado. Yo permanecí sentada. Inmóvil. Fingiendo normalidad mientras por dentro sentía que el mundo había girado veinte grados sobre su eje. —Estás muy callada —dijo papá, con una sonrisa amable. —Escuchando. Es lo que uno debe hacer cuando no tiene nada que aportar —respondí, sin mirar a Nick. Él dejó su vaso de naranja exprimido en la mesa. Su mano, ya fuera del mantel, tomó el cuchillo para cortar el queso como si no acabara de incendiarme las ideas. Cuando terminó la cena, papá anunció que subiría a revisar unos documentos y que nos dejaría disfrutar la mañana. Clarisse y su madre fueron al salón a ver unas fotos. El resto se dispersó. Y yo me quedé junto a Nick junto a la vista hermosa. —Eso que hiciste —dije en voz baja—, fue imperdonable. —Y, sin embargo, no me detuviste. Te gustó. Una tos seca salió de mí. —Estaba en shock. —Bea, no te creo ni una palabra. Me giré para enfrentarlo. Su rostro estaba a escasos centímetros del mío. La luz del fuego le marcaba la línea de la mandíbula, los labios, el cuello. Todo él parecía tallado en deseo reprimido. —Éste no es un juego que puedas controlar, Nick. —Nunca quise controlarlo. —Entonces termina lo que empezaste, o aléjate. Me miró. Largo. Silencioso. Luego se acercó apenas, susurró en mi oído: —Como quieras, Bea. Pero esto apenas empieza. Y se fue. Otra vez. Y yo me quedé en la mesa, con las manos cerradas en los puños de mi vestido, sabiendo que ahora no era la única que había cruzado la línea. Él también había dado el primer paso. Y no había vuelta atrás. [...] Clarisse se mostró distinta. Más suave. Más simpática. Demasiado. Me abordó en la terraza mientras yo leía un libro, fingiendo estar absorta en las palabras aunque no había leído ni una página entera desde que Nick decidió meter la mano bajo el mantel. —Tu blusa es preciosa —dijo Clarisse, sentándose a mi lado sin invitación. —Gracias —respondí, sin apartar la vista del libro. —A Nick le gusta el blanco, ¿no? Recuerdo que en una gala mencionó que las mujeres de blanco le parecían... irresistibles. Cerré el libro con calma y la miré por primera vez. Su sonrisa era inocente. Sus ojos, no. —¿Hablaban seguido en esas galas? —pregunté, fingiendo curiosidad. —Oh, no tanto como quisiera —contestó, cruzando las piernas con lentitud—. Aunque... creo que nunca me miró como te mira a ti. Ahí estaba. El zarpazo disfrazado de elogio. La flecha lanzada con perfume caro. —Quizá porque sabe diferenciar entre decoración y tentación —respondí, apoyando el libro sobre mis piernas. Ella río. Pero no era una risa real. Era filosa, como el filo de un cuchillo nuevo. —Eres valiente, Bea. De verdad. No todas se atreverían a meterse con el mejor amigo de su padre. No me moví. No parpadeé. No me sorprendí. —¿Tanto viste o tanto imaginas? —Digamos que... tengo buen ojo. Y también tengo un gusto peligroso por los hombres imposibles. Se inclinó apenas hacia mí. El movimiento fue lento, casi sensual. Su mano rozó la mía como por accidente. Su rodilla, perfectamente depilada, se apoyó contra la mía. —Si yo quisiera, podría quitártelo —susurró. Yo sonreí. No porque me hiciera gracia, sino porque la guerra es mejor cuando se juega con elegancia. —Adelante. En ese momento, sentí la mirada. No necesité girar la cabeza para saber que él estaba ahí. Nick, apoyado en el umbral del salón, observándolo todo. Cada gesto. Cada cruce de piernas. Cada palabra no dicha. Clarisse se incorporó, pasó los dedos por su cabello rubio perfectamente planchado y lanzó una última frase, destinada a él tanto como a mí. —En fin. Hay hombres que prefieren la fruta madura. Otros... el riesgo. Se alejó con un contoneo sutil, dejando una estela de perfume dulce y veneno. Yo me quedé en el mismo lugar, sin moverme. Nick dio dos pasos hacia mí y se detuvo a una distancia segura. Su rostro no tenía expresión, pero sus ojos estaban cargados. —¿Estuvo interesante esa charla? Parecía que quería darte lecciones de como conquistar a un hombre. —No tienes idea... —Volví mi vista al libro. Nick se acercó demasiado, tanto que puso sus dos manos por encima de mí. —Te gusta provocarme —dijo. —No es lo que piensas. —Sabes muy bien que lo sé, Bea. Lo miré directo a los ojos. —Entonces dime, Nick, ¿cuál es el problema? No respondió. Apenas se alejó un poco. Pero su mirada bastó para entenderlo todo. —Eso, vuelve a callarte. ¿No ves que nada es como lo imaginas? —Prefiero no decir nada antes de que me acuses con tu padre. Dicho esto, se dio media vuelta y volvió por donde vino.
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