Una semana después, Gabriel me invitó a pasar un fin de semana fuera de la ciudad. Nada lujoso. Una cabaña sencilla en las afueras, cerca de un lago helado, rodeado de árboles sin hojas. Acepté sin pensarlo. O mejor dicho, sin querer pensarlo.
La tranquilidad me abrumó al principio. No había ruido, ni protocolos, ni tensión. Solo él, preparando café en la cocina diminuta mientras tarareaba una canción que no conocía.
—¿Estás bien? —preguntó al notar mi silencio.
—Sí. Es solo que… no recuerdo la última vez que estuve en paz.
Gabriel se acercó y me abrazó desde atrás, apoyando su barbilla sobre mi hombro. No dijo nada. No necesitaba hacerlo.
Esa noche, cuando me acosté a su lado, sentí que el mundo podía quedarse así. Con los pies fríos bajo las sábanas, su respiración tranquila a centímetros de la mía, y mi corazón… quieto.
Pero cuando cerré los ojos, no fue Gabriel quien apareció en mi mente. Fue Nick.
Con su manera de mirar sin pedir permiso. Con sus silencios llenos de cosas que nunca se dijeron. Con ese cuerpo que conocía cada rincón del mío, aunque ahora me ignorara como si nunca me hubiera tocado.
Me giré en la cama y me obligué a concentrarme en el ahora. En Gabriel. En su calma.
[...]
Volvíamos por un camino hermoso hacia Londres. No había conversación, ni siquiera hubo sexo.
Era de repente mucha paz.
Gabriel siempre tenía esa sonrisa que parecía un faro en medio del clima inglés. Me tomó la mano sin preguntar, como si su gesto viniera del mismo lugar al que pertenecía el mío. No era fuego. Era calor. Constante. Humano.
Almorzamos en un bistró escondido entre calles de ladrillos antiguos. Me habló de su familia, de cómo quería montar su propia firma algún día. Hablamos de mis escritos. De libros. De música. Me reí. Mucho. Como hacía tiempo no me reía. Me sentí… yo. Por primera vez en meses sentí un poco de conexión con alguien.
Al despedirnos, me abrazó largo. Podría haberme quedado ahí, entre su abrigo y el vapor de su aliento. Cuando se alejó, me miró como si estuviera a punto de decir algo importante. Pero solo me dio un beso breve en la mejilla y se fue. Me gustó que no forzara nada. Me gustó que no esperara más de mí que lo que yo estaba dispuesta a dar.
Derek y Nick habían salido temprano a revisar unos terrenos, así que la casa estaba tranquila. Pero al llegar, Nick nadaba en la piscina climatizada, bajo la tenue luz azulada que parecía parte de otro universo
Me acerqué al borde, aún con el abrigo puesto. Él nadaba de espaldas, en un silencio casi hipnótico. No me saludó. Tampoco hizo ningún gesto. Solo cuando estuve lo bastante cerca, se detuvo y se apoyó en el borde, justo frente a mí.
—¿Te gustó como te folló? —preguntó, sin dejar de mirarme.
—No hicimos nada —dije rodeando los ojos.
—¿Ah sí? ¿Todo un fin de semana casi juntos y no hubo ni una pizca de sexo?
Bufó.
—Eso no te importa.
—¿Van a verse otra vez?
¿Esto era un interrogatorio? ¿O qué?
—La semana que viene. Sushi esta vez. Le gusta la comida japonesa.
Nick se acercó lentamente. Tomó uno de mis pies con suavidad. No hice ningún gesto.
Pero sí me agaché, para verlo mejor. Tomó de mi mano y me lanzó al agua.
—¡Eres un idiota! —grité, él tapó mis gritos con su mano.
—¿Estás tratando de hacerme enojar, Bea?
No dije nada, Nick me tomó fuerte de mis nalgas y me miró desafiante.
—¿Qué quieres ahora? —dije entre sus labios—. ¿No quedamos en evitarnos?
—No puedo evitarte, nena. Te deseo todo el tiempo, me duele verte con él.
Besé sus húmedos labios, apegándome más a él.
—Entonces llévame y follame en tu habitación.
Nick mordió mi labio.
—Dios mío, Bea. Voy a romperme de pies a cabeza, deja de provocarme.
—Hazme tuya, Nick Rowan, sin rodeos.
Él volvió a mirarme, con deseo.
—Lo que desees, nena.
[...]
No te puedo negar, Nick folla de una manera increíble. Me hace sentir deseada y valorada, al final es algo que necesitaba. ¿Y qué es eso de evitarnos? Lo deseaba más que a nadie. Fue intenso, duro.
Nuestros gemidos se colaron en su cama. Nick me tuvo arriba, abajo, al borde de la cama, sobre su escritorio En todos lados.
Al terminar es lo de siempre, jadeos, caricias... Aún no hay un ''te amo''.
Sentí a Nick observarme durante la noche, yo intentando dormir en su pecho.
Aunque por la mañana, la luz filtró por las cortinas de la ventana.
Miré hacia mi costado y Nick no estaba, pero se escuchaba la ducha abrirse.
—¿Ya despertaste, pequeña? —se lo escuchó decir.
—Sí... —dije estirándome con los ojos cerrados—. ¿Puedo ducharme contigo?
Abrí los ojos al sentir el crujido de la puerta, pasos lentos.
Directos. Y unos ojos sorprendidos al mirarme.
Y ahí estaba.
Mi padre.
Derek Holloway.
Parado en el umbral de la habitación de Nick. Viendo a su hija, desnuda, envuelta en sábanas que no le pertenecían.
Nick se asomó por la puerta y se quedó congelado.
—¿Qué haces en su cama, Bea?
No supe qué decir. Las palabras murieron en mi garganta.
Y entonces… el infierno, ese que tanto habíamos tratado de controlar, comenzó a arder de verdad.
Me puse de nuevo la bata y salí tras él. Quise responder. Mentir. Disfrazar la escena con cualquier excusa. Pero estaba desnuda bajo las sábanas, el cuerpo aún cálido por todo lo que había pasado.
—Derek —empezó él, con la voz ronca—. No es lo que parece.
Papá no lo miró. Siguió viéndome a mí.
—Vístete —dijo—. Te espero en la cocina.
Se fue sin cerrar la puerta. El silencio que dejó era peor que un portazo. Me levanté temblando. No por vergüenza. Por el derrumbe de mi mente. No puedo explicar esa sensación.
Nick se acercó: —Bea...
—Ahora no, Nick —dije apartándolo—. No te metas.
—Deja. Voy a hablar con él.
—¡¿Y decirle qué?! ¿Qué llevas semanas deseando a su hija? ¿Qué me has tocado cada rincón sabiendo que él confía en ti como en un hermano?
Su mandíbula se tensó.
—No fue solo deseo. Fue algo más.
Bajé a la cocina como quien baja al patíbulo. Papá tenía las manos apoyadas sobre la encimera, los nudillos blancos. No se giró
—¿Hace cuánto? —preguntó.
Tragué saliva. Quise decir "nada", "fue un error", "solo pasó una vez".
Pero el silencio se estiró demasiado. Y papá no era idiota..
—Papá...
—¿Cuánto tiempo llevan acostándose?
—No fue así —dije, apenas un murmullo—. Me equivoqué, papá.
—¿Entonces cómo fue? ¿Una aventura de verano? ¿Un capricho?
Agaché mi cabeza avergonzada.
—No lo sé…
Él se giró entonces, los ojos rojos, húmedos, furiosos.
—¡Es Nick, Bea! ¡Es mi mejor amigo! ¡Te ha visto crecer!
—¡Y tú no viste nada! —grité de pronto—. ¡No viste cuando mamá murió y me sentí sola por años! ¡No viste cuando me miraba al espejo y no sabía quién era! ¡Nick lo vio! ¡Nick me vio!
El silencio cayó como un puñetazo seco, al igual que yo de rodillas ante mi padre.
—¿Y eso lo justifica? —preguntó, la voz quebrada.
—No —susurré—. Pero pasó. Solamente perdóname.
Nick apareció en la puerta, con la maleta en la mano.
Por primera vez, no parecía inquebrantable. Se le notaba destruido por dentro.
—Me voy —dijo—. No quiero que esto termine de destruir lo que tienen. Lo que tienen tú y Bea… o lo que teníamos nosotros.
—¿Nosotros? —preguntó mi padre, acercándose a Nick—. ¿Cuál nosotros? El hecho de que te hayas acostado con mi hija, con quien te adoraba con locura como un tío... No puedo ser amigo de un hombre que me hace eso. ¡No puedo!
Nick no dijo nada.
—Papá, no hagas esto, te lo puedo explicar...
Papá no contestó. Solo asintió, con los labios apretados.
Nick me miró, y en esa mirada estaba todo: el deseo, el remordimiento, la rabia, el adiós.
Ninguno de los dos dijo nada, más que papá al borde del llanto.
—Pues que te vaya bien, Nick.
Él no le estrechó la mano, simplemente se giró con la cabeza gacha. Yo tomé la mano de Nick pero él se largó hacia la entrada. Lo seguí, entre mis lágrimas recorriendo mis mejillas y la sensación de no verlo nunca más.
Me acerqué, sin pensar, sin calcular.
—¿Adónde vas?
—Lejos —dijo—. Porque si me quedo, no voy a poder contenerme. Y esta vez… podría perderlo todo.
Lo vi subirse al coche. El mismo Range Rover n***o con el que había llegado, arrogante y elegante. Ahora se iba derrotado. Y yo, rota. Me quedé ahí, sola, con el corazón hecho trizas y el alma flotando en algún punto entre la culpa y el deseo de salir corriendo tras él.
Pero no lo hice. Porque esta vez… esta vez, sí era lo que parecía.
Volví a mi padre, él miraba hacia la nada.
Mi padre no gritó. Ni una sola vez.
Y sin embargo, la forma en que me miró dolió mucho más que cualquier grito. Estábamos en su estudio, el mismo lugar donde solía contarme cuentos cuando era niña. Ahora no había palabras mágicas, ni héroes nobles. Sólo una verdad amarga y la distancia brutal entre los dos.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó de nuevo, más duro.
Intenté hablar, pero las palabras se derritieron en mi boca. No había defensa posible.
—¿Desde cuándo, Bea? —repitió, esta vez con la mirada clavada en mí.
—Fue hace mucho, no lo sé.
Él alzó una mano, cortando mi intento de explicación como si se tratara de un discurso ensayado.
—Lo peor no es lo que hicieron. Lo peor es que los dos me miraron a la cara durante semanas fingiendo que todo estaba bien. Me traicionaron.
Me quedé en silencio. Mi padre nunca había dicho algo así. Nunca había usado esa palabra conmigo.