Me levanté de inmediato, cubriéndome instintivamente, y salí disparada hacia la casa.
Al entrar a mi habitación, Tammy ya me esperaba. De pie, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
—¿Estás loca? —espetó, sin rodeos.
—No hables tan alto —susurré, cerrando la puerta con rapidez—. Se escucha todo.
—¿Se escucha todo? Bea, lo vi todo. ¡Estaban a punto de…!
—No estábamos haciendo nada —dije, sin mucha convicción—. Solo somos amigos.
Tammy soltó una risa sarcástica.
—¿Amigos? Bea, Nick tiene la edad de tu padre. ¡Ha sido como un tío para ti desde siempre! Esto no está bien, y lo sabes.
No dije nada. Me senté en la cama, mirando al suelo, sintiéndome más expuesta que nunca. Porque tenía razón. Porque en algún rincón de mi cabeza, yo también lo sabía.
Tammy se sentó junto a mí.
—Jugar con Nick puede ser peligroso en todo sentido —dijo, esta vez en voz más baja—. No se trata solo de sentimientos. Se trata de lo que puede pasar si esto se sale de control. Por ti. Por él. Por todos.
Asentí. No pude decir nada más. Solo asentí.
—Tienes razón —susurré.
Y desde esa noche, empecé a evitar a Nick.
Como si eso pudiera cambiar lo que ya había comenzado a arder desde mucho antes.
[...]
El día siguiente, Tammy y yo salimos con Nick a hacer unas compras. Necesitábamos aire. O al menos fingirlo. Fuimos a una tienda de decoración en el pueblo vecino, luego pasamos por una librería donde Tammy se perdió entre novelas gráficas, y finalmente, una boutique campestre donde fingimos interesarnos en sombreros ridículos y velas aromáticas con nombres absurdos.
Tammy es de las personas que cuando algo le molesta o resuena, no puede olvidarse.
—¿Vas a decirme que fue solo un baño inocente? —murmuró mientras elegía un libro con tapa dura.
—Tammy, no empieces. No hables tan alto.
—No necesito gritarlo. Nick es… como tu segundo padre, Bea. O al menos, casi de la misma edad. Lo que estás haciendo no está bien.
Me quedé callada. Porque tenía razón. Porque no sabía cómo defenderme sin mentir. Porque mentirme ya no me funcionaba.
Nick estaba revisando algunos objetos antiguos en la sección trasera de la tienda. Nos lanzó una mirada fugaz. Como si sintiera que hablábamos de él. Y claro que lo hacíamos. Aparté mi mirada de inmediato.
Al salir, Tammy tomó un taxi de regreso a la ciudad. Dijo que necesitaba “tiempo para digerir todo esto” y que me llamaría en la semana. Nick la saludó con cortesía. Yo solo asentí.
Volvimos a la casona en silencio. El campo se extendía a los lados del camino como un mar verde bajo el cielo grisáceo. Nick conducía con una mano sobre el volante y la otra apoyada en la palanca. No dijo nada por un largo rato. Hasta que no aguantó más.
—¿Qué pasa contigo? —preguntó—. Estás rara desde la mañana. ¿Es por tu amiga?
No respondí. Miré por la ventana. El vidrio reflejaba mis propias dudas.
—Bea —insistió—. Si hicimos algo que te hizo sentir mal… si yo hice algo mal, necesito que me lo digas.
—No es eso —susurré—. Es todo.
Y entonces, como si el campo también lo empujara, Nick giró el volante y detuvo la camioneta al borde del camino. Un lugar donde solo se escuchaban los pájaros y el motor apagado.
Me miró. De frente. Como si buscara algo que no encontraba en mi silencio.
—No entiendo por qué te estás alejando —dijo—. A menos que quieras… terminar esto.
—Quizá deberíamos.
—Sí —dijo él, bajando la vista un instante—. Lo sé. Pero tampoco puedo fingir que no quiero tocarte cada vez que te veo.
El aire se volvió denso. Su mano se deslizó por mi pierna. No con brusquedad. Con deseo contenido. Cálido. Irrefrenable.
Me besó. No como antes. No como un juego. Fue hambre. Furia. Culpa mezclada con placer.
Nos movimos al asiento trasero como si el mundo estuviera por desaparecer. La ropa se volvió un estorbo. El sudor recorría nuestros cuerpos. Mi espalda contra el asiento, sus manos por todo mi cuerpo, sus labios atrapando cada espacio que encontraba. Jadeos, susurros, mordidas suaves. Mi nombre saliendo de su boca como una promesa rota.
Cuando terminé —porque sí, terminé, y no de hablar— él aún no se detenía. Como si no quisiera que acabara nunca. Como si estuviéramos cruzando una línea de la que ya no podíamos volver.
—Si quieres terminar con esto, es ahora —murmuró contra mi cuello.
Respiré hondo. Cerré los ojos. Y aunque cada parte de mí quería seguir, dije:
—Sí. Terminemos.
Nos vestimos en silencio. Las manos temblaban un poco. No por frío. Por todo lo que no dijimos. Por todo lo que hicimos.
Volvimos a la casona justo cuando el sol empezaba a ocultarse. La fachada blanca parecía más severa de lo normal. En la entrada, como si nos hubiera estado esperando, estaba papá. Derek Holloway. Con una sonrisa que no era del todo honesta.
—¿Tuvieron un buen día? —preguntó.
—Sí —dijimos los dos al mismo tiempo.
Nick se bajó primero. Yo lo seguí. El calor del campo aún pegado a mi piel.
Papá me miró. Luego miró a Nick. Y volvió a mirarme.
—Me alegra. Es bueno que pasen tiempo juntos… aunque, a veces, me pregunto si no pasan demasiado.
Su tono era ligero. Su sonrisa, no.
Y yo, de nuevo, me sentí desnuda. Como si el campo no se hubiera tragado el secreto. Como si todos empezaran, lentamente, a saberlo.
[...]
Nick iba y venía.
Londres lo llamaba cada semana, y cuando estaba en casa, parecía… distante. Ya no cruzábamos miradas cargadas de fuego, ni frases afiladas al borde de la insinuación. Nos veíamos en la mesa. Hablábamos con frases medidas. Papá, sin sospechar lo profundo de esa grieta, se dedicaba a decorar con su entusiasmo habitual.
Tammy había vuelto a la ciudad, y con ella mi último vínculo a algo parecido a una brújula moral. Yo empecé a ver más seguido a Gabriel. Con él era distinto. Había paz. Había sonrisas. Había algo sano, algo que no se sentía como caminar por un alambre mojado.
Una noche, después de una cena ligera en un restaurante japonés del centro, Gabriel me acompañó hasta el coche. El aire estaba helado, pero su voz tenía esa calidez que empieza en el estómago. Me miró de frente. Me preguntó si podía besarme. No hubo urgencia, ni trampas, ni promesas implícitas. Solo deseo… claro. Preciso. Cuando sus labios tocaron los míos, sentí que todo lo que estaba adentro se acomodaba. Y me gustó.
Las salidas se hicieron más frecuentes. Más naturales. Comenzamos a compartir referencias, libros, música, incluso silencios. Gabriel tenía algo que me anclaba. Que me sostenía. Y aunque no me incendiaba como Nick, sí me daba oxígeno.
Papá, encantado con él, no tardó en invitarlo a cenar en casa. Una noche, lo tuvimos frente a nosotros en la mesa del comedor. Gabriel, sonriente, se ganó la simpatía de todos. Incluso de Ellis. Todos… menos uno.
Nick lo observaba con una calma que no era calma. Le servía vino con una sonrisa que no tocaba sus ojos. No dijo nada, pero cada palabra que no dijo sonaba más fuerte que cualquier cosa.
Después de la cena, cuando estaba sola en el pasillo rumbo a la biblioteca, lo sentí detrás de mí.
—¿Qué hacés? —me preguntó en voz baja, casi áspera.
Me giré. Él estaba ahí. Demasiado cerca. Demasiado Nick.
—¿Te molesta?
—No me molesta —dijo, con los labios apretados—. Me enferma.
—¿Los celos no eran lo tuyo? —respondí con una ceja alzada.
Él tragó saliva, desviando la mirada por un segundo. Se pasó la mano por la nuca, ese gesto que conocía bien. Luego me sostuvo la mirada.
—Esto no es un juego, Bea.
—Claro que no. Por eso estoy eligiendo a alguien que no me trata como un trofeo al que mirar desde lejos.
Sus ojos se oscurecieron. No por rabia. Por algo más triste. Tal vez culpa. Tal vez resignación. Dio un paso atrás, como si necesitara espacio para no decir algo que arruinara todo.
—Buena suerte con Gabriel —dijo, sin sarcasmo. Sin calor. Sin nada.
Y se fue.
Y yo me quedé, con el corazón enredado y la duda clavada justo donde antes vivía el deseo.