La sorpresa real llegó con Tammy. Mi mejor amiga desde siempre. Apareció una tarde calurosa sin avisar, como siempre hacía, y trajo consigo un paquete de chismes, protector solar y una energía que ni la mansión Holloway podía ignorar. Se instaló en la piscina como si fuera suya.
Tammy usó una malla enteriza verde oscuro, elegante, un poco retro. Yo, por primera vez, me puse bikini. No sabía por qué. O sí. Pero no lo dije en voz alta.
—¿Y esa confianza nueva? —preguntó Tammy, colocándose unas gafas de sol enormes.
—Me aburrí de esconderme —respondí, ajustándome los tirantes.
Teníamos bebidas frías, música baja y la mansión a nuestra disposición. Hasta que Nick apareció. Camisa arremangada, cerveza en mano, y una sonrisa que me hizo pensar que mi elección de traje de baño había sido todo menos casual.
—Vaya, parece que la piscina ahora tiene reglas de admisión —dijo, sentándose al borde.
Tammy lo miró con simpatía.
—Señor Rowan, hace tiempo no lo veo.
—Ni yo a ti... ¿Tammy? —ella asintió—. Wow, estás grande. Cuando te vi eras pequeña, como esta piscina al principio.
Ella esbozó una sonrisa. Yo no podía disimular ver el cuerpo de Nick semidesnudo.
—Oh, no te preocupes. Tú también estás grande, ¿tienes novia ya?
Nick rió, relajado.
—Gracias por el cumplido. Pero no estoy interesado en salir con nadie.
—¿Ni siquiera por una tarde de piscina y chismes? —insistió Tammy.
—Ni siquiera. Prefiero el silencio incómodo y el sol.
Tammy le guiñó un ojo, divertida. La conversación fluyó bien, sin tensión. Casi me molestó.
¿Por qué con ella podía relajarse tanto?
¿No le impresionaba ver a un hombre guapísimo?
Después de un rato, Tammy se fue a tomar una siesta, diciendo que el calor la mataba. Nick esperó. Y luego se metió al agua.
Nadó hasta mí con movimientos lentos. Los inflables y las sombrillas bloqueaban la vista desde la casa. Estábamos solos. O al menos eso parecía.
—Ese bikini es una bomba —dijo, con voz baja.
—Me siento segura con él —respondí.
—Deberías. Eres preciosa.
Me tomó de la cintura bajo el agua. Me acercó. Y me besó. No fue un beso suave. Fue voraz, como si todo el día se hubiera contenido para eso. Mis manos se apoyaron en su cuello. Sentí su respiración desordenada. La mía también lo estaba.
—¿Estoy interrumpiendo algo? —preguntó Tammy desde la orilla, sosteniendo una toalla.
Nick se separó al instante. Yo disimulé, como si estuviera flotando tranquilamente. Él nadó hacia otro lado.
—Solo hablábamos del clima —dije, algo ahogada.
Tammy sonrió de lado. Cero convencida.
—Sí, claro. El clima.
Tammy no dijo más. Pero su mirada fue punzante.
Me salí de la piscina y me puse la bata, la seguí por el camino de piedras.
—¿Por qué Nick estaba tan cerca tuyo en la piscina? —preguntó sin rodeos al llegar a la casona.
—Nos conocemos desde que era niña —respondí—. Supongo que hay confianza. Ya sabes.
—Sí, pero… ¿no se te hace raro? Él te vio crecer. Y ahora te mira como si… bueno, como si no fueras la hija de su mejor amigo.
No respondí. Cambié de tema. Hablamos de la universidad, del clima, de cualquier cosa menos de lo evidente.
Porque era evidente que me estaba exponiendo al peligro.
[...]
Gabriel volvió a escribirme, y de nuevo volvimos a salir.
Quedamos para comer sushi en un restaurante pequeño, elegante, escondido entre callejones de Londres donde solo los que conocen el terreno saben llegar. Gabriel llegó puntual. Con saco gris, reloj discreto, y esa sonrisa de quien no necesita levantar la voz para hacerse notar.
—Pensé que ibas a cancelarme —dijo, cuando me senté frente a él.
—¿Por qué haría eso?
—No lo sé. Tal vez te das cuenta de que soy más interesante como misterio que como realidad.
—¿Eso fue humildad o ego disfrazado? —pregunté.
—Fue sinceridad. Pero si te incomoda, puedo volver al personaje.
Reí. Y seguimos así durante más de una hora. Gabriel era divertido. Sutil. Elegante. Me hablaba con respeto, pero también con picardía. Como si supiera exactamente hasta dónde podía llegar. No más. No menos.
Hablamos de arte, de arquitectura, de nuestras series favoritas. Me hizo reír más veces de las que hubiera creído posible en una cita. Me sentía cómoda. Increíblemente cómoda. Casi demasiado.
Y quizás por eso, cuando salimos del restaurante y él me acompañó hasta la esquina donde me esperaba el coche, me incliné hacia él. Solo un poco. Solo por si acaso…
Pero Gabriel dio un paso atrás. Con cortesía. Con elegancia. Con una sonrisa amable.
—Bea —dijo en voz baja—. Me caes muy bien. Y eres preciosa. Pero no quiero meter la pata justo antes de firmar algo importante con tu padre.
Me quedé en silencio. No por vergüenza, sino por sorpresa. No estaba acostumbrada a ese tipo de freno. Pero fue… lindo. Honesto. Humano.
—¿Entonces…?
—Entonces espero que esa cena de la próxima semana siga en pie.
—Claro —dije. Y nos despedimos con un abrazo. Sin más.
Cuando volví a casa, la noche estaba caliente, densa, casi líquida. Dejé los zapatos en la entrada y crucé el jardín descalza. Al llegar al borde de la piscina, lo vi.
Nick.
Estaba nadando bajo la luz de la luna y de las luces azules que iluminaban el agua cálida. El reflejo lo hacía parecer irreal. Como si no perteneciera a este mundo.
Se detuvo al verme. Apoyó los brazos en el borde, el agua resbalando por su piel. Me miró.
—¿La cena estuvo buena? —preguntó, sin disimular la ironía.
—Sí. Muy buena. Saldré con él la próxima semana.
Él asintió. Sin cambiar la expresión. Solo el leve temblor de su mandíbula lo traicionó.
Me senté en el borde, con los pies sumergidos en el agua tibia.
—¿No vas a entrar? —preguntó.
—Estoy bien así.
Nick nadó lentamente hasta mí. Y sin pedir permiso, tomó uno de mis pies entre sus manos. Lo sostuvo con suavidad. Luego lo giró apenas y comenzó a recorrerlo con los dedos.
—Estás tensa —dijo, con voz grave.
—¿Y tú cómo sabes?
—Porque te conozco mejor de lo que te gustaría.
Y entonces, con esa calma estudiada que solo él podía tener, empezó a besar mi pierna. Primero el tobillo. Luego más arriba. Cada beso se sentía como una caricia encendida, como una amenaza y una promesa al mismo tiempo.
Llegó hasta el muslo. Muy cerca. Demasiado.
Se detuvo. Me miró desde abajo, con los ojos húmedos, brillantes. No sonrió.
—Los celos no me van —dijo en voz baja—. Así que vas a tener que pensar en una táctica mejor.
No respondí. No podía. El calor en mi piel era insoportable. Su mirada me atrapaba como una red invisible.
Y sin esperar otra palabra, se sumergió de nuevo en el agua y desapareció entre las sombras líquidas de la piscina entonces miré hacia la ventana de mi dormitorio. La cortina se movió apenas, y vi la silueta de Tammy.
Había estado observando todo ese tiempo