Capítulo 10

1466 Words
Cuando subí al segundo piso, el eco de mis propios pasos me sonó más fuerte de lo normal. El silencio era denso, como si la casona misma supiera que algo estaba a punto de pasar. Abrí la puerta de mi habitación, pero estaba vacía. Me quité los zapatos, me solté el cabello, me miré un segundo en el espejo del tocador. Aún tenía la marca leve de sus dedos en mi muñeca. No me había hecho daño. Pero me había sacudido entera. Bajé la mirada. Y me sonrojé. El sonido de una puerta abriéndose en el ala oeste me hizo reaccionar. Me puse una bata ligera y salí al pasillo. Caminé despacio, guiándome por las voces apagadas. Al doblar la esquina, vi la luz encendida en la habitación de invitados. Y ahí estaban. Nick y su ex esposa. No vi más que siluetas, sus voces eran apenas audibles, pero la tensión era clara. No discutían como personas que aún se amaban. Era otro tipo de pelea. Más amarga. Más vieja. Casi como si se hubieran acostumbrado a lastimarse solo por rutina. Ella se apartó de él, dio un portazo y cruzó el pasillo sin notar mi presencia. Nick se quedó de pie, inmóvil, mirando por la ventana. Me acerqué. No tenía un plan. Solo… necesitaba entender. Yo debería haberme ido en ese momento. Subir las escaleras, cerrar la puerta y seguir pretendiendo que podía tener una vida normal con alguien como Gabriel. Alguien que no cargara con cicatrices que no me pertenecían. Pero no me fui. Él aclaró su garganta. —Ella vino a firmar unos papeles. Cosas del pasado que quedaron colgando. No es nada. —¿Y discutían porque estaban felices? Nick se acercó un paso más. —Discutíamos porque fue un error. Porque volver a verla me recordó que yo también puedo equivocarme. Y que a veces… repito errores. —¿Y yo qué soy? ¿Un error en proceso? Él negó con la cabeza. Se detuvo justo frente a mí. —No. Eres lo único que me descoloca. Y eso me asusta más que cualquier papel sin firmar. Nick alzó la mano, como si fuera a tocarme, pero la dejó caer. Un gesto contenido, como todo en él. Yo sí di un paso. No lo besé. No lo toqué. Solo… lo miré. Como si pudiera leerle el alma si sostenía la mirada el tiempo suficiente. Y entonces me habló, en un susurro apenas audible: —Esta vez no pienso frenar. Mis labios se entreabrieron. Sentí un calor que no tenía nada que ver con la calefacción. Quería decir algo, cualquier cosa. Pero no pude. Él se inclinó. Su aliento rozó mi cuello. Su mano, esta vez, sí me tocó. Justo en la cadera. Firme. Tibia. Decidida. Su boca bajó lentamente hasta mi clavícula, deteniéndose como si saboreara cada centímetro. El roce fue suave, casi reverente. Pero el fuego… era absoluto. Y justo cuando pensé que el mundo iba a romperse en dos por el deseo contenido… escuchamos pasos. La ex esposa aún rondaba. O Derek. O el destino. No lo sé. Nick se alejó. Con esfuerzo. Yo me giré, respirando hondo. Fui la primera en hablar: —No me detuviste esta vez. —Ni pienso volver a hacerlo —dijo él, y se marchó por el pasillo sin mirar atrás. Yo me quedé ahí. Palpitando. Pensando en lo que se venía. Y sabiendo, sin margen de error, que nada iba a detenernos ahora. [...] —¿No tienes vergüenza? La voz me cortó el paso justo en el pasillo, frente al ventanal. Rachel estaba allí. Labios perfectos, ojos cansados de mirar por encima del hombro, y ese perfume caro que me recordaba a aeropuertos y peleas contenidas. Llevaba un vestido beige que gritaba sofisticación, pero lo que salió de su boca no tuvo nada de elegante. —Perdón… ¿me hablaste? —pregunté sin detenerme. —Sabes que sí. No te hagas la inocente. La última vez que te vi eras una pequeña de 12 años. Me detuve. Giré lentamente. —Bueno, Rachel, lo bueno de no tener vínculos de sangre es que puedo comérmelo de verdad, si me lo propongo. Su mirada se endureció. No era solo celos. Era despecho. Herida de ex. De mujer que no aceptó la derrota. —¿De verdad crees que te quiere? ¿Qué esto contigo es distinto? Por favor —dijo, cruzando los brazos—. ¿Sabes cuántas vinieron antes de ti? ¿Cuántas lo intentaron? ¿Cuántas se metieron en su cama creyendo que él podía ser de una sola? —¿Y tú qué hiciste, Rachel? ¿Te fuiste porque no soportaste que no pudieras controlarlo? ¿O porque tú también jugabas a ser la víctima? Ella sonrió, pero no fue una sonrisa amable. —Yo me fui porque lo conocí de verdad. Porque sé cómo opera. Porque sé que elige a las jóvenes como tú. Vulnerables. Manipulables. A las que puede moldear con halagos y gemidos. Y tú… tú eres solo otra más en su colección. Las palabras me golpearon. No lo demostré. No del todo. Pero el nudo en mi estómago se hizo sentir. Me fui sin responder, sin dignarla con otra palabra. Pero dentro… sangraba. Bajé a la cocina con el rostro tenso. Escuché a mi padre despedirla con amabilidad. —Gracias por venir, Rachel. Buen viaje de regreso. Ella desapareció por la puerta trasera y mi padre se giró hacia mí. —¿Estás bien? —me preguntó. Mi silencio fue respuesta suficiente. Derek dejó el tazón de frutas sobre la mesada y se cruzó de brazos. —Bea… tengo que preguntarte algo. —Se tomó un momento—. ¿Tú y Nick…? ¿Pasa algo? Lo miré, sintiendo que todo lo que había tratado de esconder durante semanas empezaba a emerger como vapor de una olla cerrada. —No —mentí—. ¿Cómo podría? —He notado que están muy… cercanos. Él pasa mucho tiempo contigo. Y si en algún momento te ha hecho sentir incómoda, solo dímelo. No quiero que sientas que debes soportar algo así, ni de él ni de nadie. Asentí. Pero lo cierto es que sí. Lo había soportado. Lo había deseado. Y había cruzado límites de los que no estaba segura de poder regresar. Mi padre me abrazó y luego se fue a su estudio, yo me fui hacia la cocina. De repente vi pasar a Nick con unos papeles, me acerqué de forma coqueta. Mi risa salió más rápida de lo que pude evitar. —Me gusta tu seriedad... —Él me miró, de arriba a abajo. Vio la tela diminuta de seda. —¿Puedo comerte unos segundos? Eso me tomó por sorpresa, no dije nada. Nos pusimos un poco ocultos, detrás de unas paredes sin cuadros. Me acerqué apenas un poco, sus labios fueron directo a mi cuello. —Qué rico hueles... —dije oliendo su camisa oscura. Su caliente lengua repasó mi oreja. —¿Puedes unos minutos? —Preguntó—. Lo haré rápido, lo prometo. —Tú sí eres un problema. Nick sonrió. —No soy un problema, soy un ángel —dije, con el pulso desbocado. —Mentira. Eres mía desde que derramaste ese vino en la cena. Desde que te pusiste ese bikini. Desde que decidiste mirarme como si pudieras romperme. Ahora solamente quiero seguir haciéndote mía. Sus manos descendieron, lentas, decididas. En mi cintura, en mis glúteos. —Vas a hacer que me queme, Bea. Me besó como si se lo hubiera prohibido a sí mismo por demasiado tiempo. Como si hubiera estado esperando una excusa para derrumbarlo todo. —Dime que pare —murmuró contra mi piel. —No me hagas mentir, Nick. Y entonces no hubo más palabras. [...] Esa noche, el silencio de la casona pesaba más que de costumbre. Me metí al sauna buscando claridad. O un poco de calor que no me recordara a él. Error. Porque él apareció. Nick entró sin camisa, con una toalla al borde de lo permitido. Sus ojos me buscaron apenas cerró la puerta de madera. —¿Quieres que me vaya? —preguntó. —No —dije. Mentí de nuevo. Nos sentamos en silencio, pero los segundos pesaron hasta romperse. La cercanía. El vapor. Las cosas no dichas. —Mmmmh, Bea, te ves exquisita. La tensión explotó en un beso. Luego otro. Luego manos que no sabían detenerse. Terminamos en su cama. Sudor. Respiraciones cortadas. Una guerra sin tregua que se convirtió en refugio, aunque supiéramos que era solo una pausa antes del caos. No había momento para perdonarnos ni decirnos las cosas. Respondíamos con pasión. —Mientes tan bien —dije entre sus labios. —Tú me enseñaste a mentir, Bea. Cerré mis ojos descansando el momento.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD