Capítulo 16

1524 Words
Después de lo que pasó en su oficina, no hablamos. Nick simplemente me ayudó a volver a ponerme la blusa en silencio, como si cerrar cada botón fuera una forma de contener lo que todavía ardía en el aire. Salimos del edificio por la puerta trasera. Me subí a su Range Rover sin protestar, sabiendo que si decía algo, tal vez no podría detener lo que vendría después. Condujo en silencio, hasta que se desvió del camino usual y entró en el estacionamiento subterráneo de un edificio que no reconocí. —¿Dónde estamos? —En uno de mis departamentos. Piso 12. —Tomó el control del portón y no dijo más. Subimos en ascensor y cuando llegamos, abrió la puerta sin demasiada ceremonia. El lugar era enorme. Un loft amplio, con ventanales que daban vista a todo Londres. Muebles minimalistas, impecables. Frío. Perfecto. Como él. —¿Por qué me trajiste aquí? Nick me miró sin rodeos. —Porque quiero que te quedes conmigo. Hasta que comience la universidad. No quiero que vuelvas al campus. Ni a casa de Tammy. Esto es más seguro. Y… más nuestro. —¿"Nuestro"? —repetí, con una ceja alzada—. ¿Desde cuándo te gusta poner etiquetas? Nick no sonrió. Ni siquiera parpadeó. —Desde que te fuiste de la casa de tu padre. Me quedé callada. No porque quisiera aceptar… sino porque no supe cómo negarme. —Nick… no creo que sea buena idea. Él caminó hasta una pequeña caja sobre la mesa del living. La abrió y la empujó hacia mí. —Esto tampoco es buena idea, pero igual lo hice. Dentro había un estuche n***o de terciopelo. Lo abrí con cuidado. Un collar. Finísimo. Oro blanco. Con una pequeña piedra en forma de gota. Zafiro, probablemente. —No puedo aceptar esto. —Puedes, y vas a hacerlo —dijo él con firmeza—. No es por lo que hicimos en la oficina. No es un premio. Es un símbolo. —¿De qué? —De que aún estás a tiempo de confiar en mí. Aunque no lo parezca. Me volví a él con la garganta apretada. —¿Y tú confías en mí? Nick se acercó. Su voz fue apenas un murmullo: —Más de lo que debería. Me puso el collar sin preguntarme. Su pulso era tan firme como siempre, pero sus ojos… no. Sus ojos temblaban. Y por alguna razón, eso me asustó más que cualquier confesión. No porque estuviera convencida. Sino porque, por primera vez en días, sentí que tenía un techo que no se me iba a caer encima. Aunque todavía no supiera si la tormenta venía desde afuera… o desde él. [...] Desperté con la sensación de estar flotando en otra vida. No en un sueño. Sino en algo que parecía ajeno y lujoso, pero peligrosamente cómodo. Las sábanas eran suaves como seda lavada. El aroma del cuarto... limpio, masculino, con un leve rastro de menta y madera quemada. Estaba sola. Lo supe al instante. Nick no estaba. Me incorporé con algo de dificultad, el cuerpo aún temblando por lo que había sido la noche anterior. O quizás por lo que significaba haber amanecido allí, en su mundo, sin que él me lo advirtiera. A los pies de la cama, sobre un banco tapizado en lino gris, había una caja de cartón elegante, envuelta con una cinta azul oscuro. Encima, una nota. “Para cuando despiertes. —N.” Abrí la caja con las manos temblorosas. Dentro había ropa perfectamente doblada. Una blusa blanca de seda, unos pantalones sastre beige claro, lencería fina, todo de mi talla. Incluso un par de mocasines de diseñador. Como si él... como si él ya supiera qué iba a necesitar antes de que yo misma lo supiera. Me vestí en silencio, como si cada prenda marcara un nuevo límite que estaba dispuesta —o condenada— a cruzar. Cuando salí al pasillo, Nick estaba en la cocina. Preparaba café sin prisa, con la camisa blanca arremangada y el cabello aún húmedo. Parecía más joven cuando no hablaba. —Buenos días —dijo sin mirarme, como si quisiera fingir que esto no era un campo minado. —¿Siempre eres así de detallista con tus... invitadas? Él alzó una ceja, medio divertido, medio ofendido. —Sólo cuando siento que se van a quedar un poco más. Apoyé la espalda contra la pared. El departamento estaba silencioso, demasiado para lo que acababa de pasar. —¿Y cuánto tiempo se supone que debería quedarme? —Ya hablamos de eso, Bea. Me acerqué a él y le mostré el borde de mi brasier. —¿Cómo supiste mi talla? —Nick se rió. —Habilidad secreta, nena. Se acercó, acariciándome un mechón de cabello que me caía sobre el rostro. —Gracias. —No tienes que agradecerme —Y sin decir más, tomó su maletín y se dirigió a la puerta—. Tengo que ir al edificio. Reunión con los socios. Vuelvo después de almuerzo. Asentí, sin saber si me aliviaba o me dolía su partida. Luego de que Nick se fuera, a los minutos un sonido se escuchó en la puerta. Algo deslizándose por debajo. Me giré despacio, con el corazón acelerado por razones que aún no entendía. Un sobre n***o, sin remitente. Una cinta adhesiva lo sellaba con una sola palabra escrita a mano: “Holloway” Lo tomé con manos temblorosas y lo abrí. Dentro, una pequeña tarjeta de memoria. —¿Qué es esto? —murmuré. Busqué una laptop y la encendí, por suerte sin contraseña. Introduje la memoria y luego busqué una carpeta. Solo tenía un video. No había notas. No había amenazas. Sólo el eco de algo que estaba por estallar. Abrí el archivo y vi lo que jamás esperaba: Un video mío y de Nick follando en su Range Rover aquella vez que discutimos en medio del campo. Y alguien nos estuvo grabando. Cerré la laptop asustada. Mi pecho no dejaba de agitarse. La escena en el Range Rover. En medio del campo. La discusión. La furia. El deseo. La prueba. Me senté lentamente en el borde del sofá, con la tarjeta en la mano y el cuerpo paralizado. Porque una cosa era rendirse al peligro. Y otra muy distinta... era ser atrapada en él. Salí del departamento con la tarjeta de memoria guardada en el bolsillo trasero del pantalón. Necesitaba aire. Necesitaba pensar. O no pensar. Solo... salir. El ascensor me dejó en el lobby en segundos, pero no esperaba encontrarlo ahí. A mi padre. Derek Holloway, de pie en medio del hall del edificio Rowan, con su celular en una mano y su expresión endurecida por lo inevitable. Se giró al verme. —Bea. No lo llamé papá. No le dije nada. Solo lo miré como si acabara de ver a un fantasma que no estaba lista para enfrentar. —¿Qué haces aquí? —pregunté al fin, con voz seca. —Vine por ti. A llevarte a casa. Me reí. Una carcajada seca, amarga, sin pizca de humor. —¿Ahora sí soy parte de tu casa? —No empieces con eso. —¿Con qué? ¿Con la verdad? Derek dio un paso hacia mí. —No puedes quedarte aquí, no con él. No en su mundo. Sabes lo que representa. —¿Y tú sabes lo que representas tú? —lo interrumpí—. ¿Sabes lo que es crecer al lado de un hombre que se pasaba la vida encerrado en su oficina? ¿Un hombre que solo me hablaba cuando necesitaba que fingiera algo frente a la prensa? Su mandíbula se tensó. —Eso no es cierto. Siempre he hecho lo mejor que pude. —¿Lo mejor? ¿De verdad? ¿Y mamá? ¿Dónde estaba tu "mejor" cuando ella se murió y yo tenía diez años y nadie me explicó nada? Silencio. Pude ver cómo las palabras lo atravesaban. Pero no me detuve. Porque ya no era una niña. Porque las cicatrices también hablaban. —Siempre supe que algo no cuadraba. —¡Bea! —levantó la voz, como si pudiera detener la avalancha. —No me grites —dije entre dientes—. Porque por primera vez en años estoy diciendo lo que siento. Y no pienso callarme. —Estás equivocada —dijo él, la voz más baja esta vez—. No puedes hacerme esto. No puedes hablarme así. Soy tu padre. —¿Y qué? ¿Eso te da derecho a decirme con quién puedo acostarme? ¿A decirme dónde vivir? ¿Después de haberme echado de casa? Derek negó con la cabeza. Se veía... derrotado. Pero no era suficiente. —Él te está usando, Bea. Nick no es lo que tú crees. Nunca lo fue. —Y tú tampoco. Dicho eso, le di la espalda. Caminé hacia la salida con pasos firmes, aunque el corazón me latía con fuerza en la garganta. —¡Bea! —gritó él detrás de mí—. No puedes hacerme esto. No a mí. Me detuve un segundo. Solo uno. —Ya lo hice. Y salí.
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