Capítulo 15

1429 Words
Me senté en el sofá de Tammy, con la manta aún encima de las piernas. Leí el mensaje una, dos, cinco veces. Al final respondí con un simple “ok”, aunque mi cabeza estaba llena de preguntas. Me quedé ahí sentada un buen rato, mirando el techo, preguntándome si lo que estaba por hacer era una mala idea… o una inevitable. —Entonces guardo tus maletas, ¿o qué? ¿Volverás a Cambridge? Miré a Tammy resoplando. —Debería, aunque comienzo las clases en dos semanas. —Pues disfruta, amiga, lo que más puedas —me guiña el ojo y me señala el teléfono—. ¿Y ese Gabriel? Agaché la cabeza. —Debo ir a su edificio —murmuré. Tammy no dijo nada, solamente me sonrió como diciendo ''adelante, mueve tu trasero''. A media mañana tomé un taxi hacia el centro. El edificio de Gabriel era uno de esos con recepcionistas que te escanean con la mirada, como si pudieran ver lo que has hecho —y lo que no deberías estar haciendo. Subí por el ascensor de vidrio, viendo cómo Londres se reducía allá abajo, igual que mi confianza. El edificio de cristal donde Gabriel trabajaba era una pieza más del rompecabezas arquitectónico. Moderno, limpio, minimalista. Como él. Todo en él parecía pulido, y eso comenzaba a inquietarme. Nada grave, nada sospechoso. O al menos eso creía yo. Cuando entré, Gabriel estaba al teléfono, y me pidió que me acomodara en una sala contigua con paredes de vidrio esmerilado. Me dejó sola, como si no fuera una amenaza. Pero yo soy muchas cosas, y la más peligrosa de todas: curiosa. Una carpeta abierta sobre su escritorio —a la vista, demasiado a la vista— me llamó la atención. No era espionaje. No me lancé como una lunática sobre ella. Solo me acerqué. Solo un poco. El encabezado decía: "Informe Rowan-Holloway – Fase Final". Y entonces vi los nombres. Mi padre. Rachel. Nick. Un listado de mujeres jóvenes. Fechas. Lugares. Fotos borrosas. Un nombre subrayado más de una vez: Nicholas Rowan. Tragué saliva. Retrocedí. Puse las manos tras la espalda como si me hubieran descubierto. Y justo entonces, Gabriel regresó. —¿Todo bien? —preguntó, con esa sonrisa que ahora me sabía a mentira. —Sí —dije—. Solo estaba viendo el reflejo de la ciudad. Tiene buena vista. No sé cómo mantuve una conversación decente. Él habló de sushi y de proyecciones de mercado. Yo asentía. Sonreía. Y por dentro me deshacía. —Gracias por venir —dijo con voz tranquila. —¿Qué era eso tan urgente? El lugar estaba bañado por una luz suave, casi demasiado cálida para lo que se venía. Gabriel me ofreció agua, la rechacé. Me senté. Él no se tardó en soltarlo. —Necesito que consigas algo. Es un documento. Está en el edificio de Rowan. —¿Qué? —solté, frunciendo el ceño. —Sé que todavía tienes acceso. Tu código, tu pase... no te lo quitaron. Es reciente. Solo necesito una copia de un archivo. Está en la oficina contigua a la de Nick. Hay una carpeta con el nombre Crown Ledger Investments. —¿Gabriel, qué es esto? Suspiró. Se apoyó en el respaldo del sillón. Su tono bajó, como si lo que estaba por decir cambiara las reglas del juego. —Te mentí, Bea. Soy investigador privado. Estoy del lado de tu padre. No supe que decir. —Pero... ¿tú...? —Trabajo para una firma que se encarga de rastrear fraudes corporativos. Y lo que descubrí sobre Rowan... es grave. Sentí que se me endurecía el estómago. —¿Fraudes? —Hay movimientos turbios, Bea. Sociedades fantasmas, acciones transferidas a nombre de chicas jóvenes, cuentas sin respaldo. Todo relacionado con Rachel. Y con él. —¿Y qué tiene que ver eso conmigo? Gabriel se acercó un poco. —Tú eres la pieza que faltaba. Porque para ella eres su sobrina de corazón, tú y Derek tienen acceso a todo Rowan. —¿Y si me atrapan? ¿Y si Nick me ve? Esto es un problema. Prometí no volverlo a ver. —No lo hará. Nadie sospecharía de ti. Eres Bea Holloway. Aunque su mirada decía otra cosa, de alguna otra forma debía obedecer si Nick ya me había metido en su caos. —Veré que puedo hacer, pero después de esto... estaremos mano a mano, ¿de acuerdo? Él me miró y sonrió. —Suenas igual que tu padre... —Estrechó su mano y se unió a la mía—. Hecho, Bea. Salí de su edificio con una dirección clara. El edificio Rowan me esperaba. Y con él… Nick. [...] —¿Estás loca o que? ¡Él es un patán! —Sonreí un poco tonta, Tammy estuvo dándome sermones los últimos cinco minutos desde que le conté todo por llamada—. No vas a ir... ¿o sí? Bea, estás loca, ¡no te metas en eso! —No tengo otra oportunidad más que terminar eso. —¿Terminar con qué? ¡Ese tipo arruinó tu relación con tu padre! No dije nada, tenía razón. —Luego nos vemos, te quiero. —Cuídate, Bea... —cortó la llamada primero. El edificio Rowan tenía ese aire intimidante que no necesitas anunciar. La seguridad era sobria, casi invisible, pero sabía que cada paso quedaba registrado. Aun así, pasé sin problemas. Mi tarjeta de acceso seguía vigente. Nadie me detuvo. Nadie me cuestionó. Como si todavía perteneciera allí… aunque en el fondo supiera que ya no. El ascensor subió con lentitud irritante. Mis dedos no dejaban de apretar el sobre donde Gabriel había escrito con tinta azul lo que debía buscar. Archivos de una fecha específica. Documentos internos. Nada comprometedor en apariencia… pero yo no era tan ingenua como antes. Cuando llegué al piso, el silencio me dio la bienvenida con la frialdad de una tumba corporativa. Todo estaba tan impecable como siempre. La alfombra, los cristales, los detalles minimalistas. El mundo de Nick. Y él, por supuesto, también estaba allí. Se giró al verme entrar, con ese gesto contenido que nunca sabía si era control… o furia. —¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó, sin moverse de su escritorio. —Vine por unos documentos que mi padre pidió... —mentí. Sabía que no iba a creérmelo, pero tampoco esperaba que me dejara pasar sin más. Nick entrecerró los ojos. —Ni siquiera hablas con tu padre, ¿a qué vienes realmente? Este no es un lugar para ti, —¿Ah, no? —repliqué, cruzándome de brazos—. ¿Desde cuándo decides eso tú? Él caminó hacia mí con ese paso lento que parecía siempre cargado de algo más. Cierre. Deseo. Peligro. No lo sabía. —Desde que soy jefe de este lugar. Mi cuerpo se tensó. —No vine a discutir —dije, aunque ya estábamos discutiendo—. Sólo necesito esos archivos y me iré. ¿Me dejas pasar? Se pone adelante mío, con los brazos cruzados. Un par de miradas curiosidad entraron en acción. —No los vas a encontrar sola —dijo seco, luego bajó la voz—. Entra a mi oficina. No hagas una escena aquí afuera. El tono me heló. No era el Nick de siempre. Era otro. Más frío. Más… herido. Entré. Cerró la puerta tras de sí. Y entonces, como si algo invisible se rompiera, el aire cambió. Ni siquiera éramos dos personas heridas. Éramos llamas en la misma habitación. —¿Viniste por los documentos o viniste por mí? —susurró, acorralándome contra la pared. Mi corazón golpeaba tan fuerte que me dolía el pecho. —Nick, basta. Me dejaste todo en claro cuando me echaste de tu camioneta. —Fui un idiota al dejarte ir, no puedo dejar de querer poseerte. Lo dijo tan cerca que sentí su aliento en la clavícula. —¿Qué pretendes? Y fue ahí donde explotó todo. Nos besamos con una rabia que dolía. Me levantó y me sentó sobre el escritorio como si todo lo demás desapareciera. Ropa desabrochada a medias. Palabras rotas. Manos que no sabían si estaban reclamando o castigando. No era amor. Era otra cosa. Una mezcla entre necesidad, ira y algo que se parecía demasiado al adiós. Cuando terminó, él apoyó la frente sobre mi pecho, jadeando. Yo no dije nada. No podía. Porque lo que había entre nosotros era tan real como lo era peligroso. Y por primera vez, no supe si quería quedarme… o huir. —Bea Holloway... quédate siempre.
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