Susan
Me separé de él al sentir mis mejillas completamente sonrojadas, había un grado de picardía en su mirada.
—Está bien, cuando volvamos a la empresa, trabajaré el doble con lo de la apuesta.
—No hablo de nada laboral Susan… empezaremos por hacer las cosas mejor, quiero que mi familia no tenga duda alguna de que en verdad tenemos una relación. Susan, romperemos esas tontas reglas que pusiste.
—¿A qué te refieres?
—Tenemos que ser más convincentes —él me sujetó del brazo acercándome hacia él—. Los besos, las muestras de cariños… todo debe ser más real.
Su boca se acercó a la mía, sus labios rozaron con lentitud los míos. Y por unos cuantos segundos sentí como me faltó el aire.
—Es momento de ir por la foto —susurré completamente nerviosa.
—Iremos por las fotos Susan, iremos, pero no olvides que tenemos una conversación pendiente… y falta que pagues la apuesta.
Él se separó de mí y en ese momento un escalofrío me recorrió por completo.
El suéter navideño de Matthew era rojo brillante, con un gran muñeco de nieve en el pecho. El mío era idéntico. Nos veíamos ridículos. Absolutamente ridículos.
Luego de nuestro momento cargado de tensión, nos vestimos al escuchar las voces de sus familiares llamándonos.
—No sé qué es peor —susurré, mientras él me ayudaba a tirar del grueso cuello de lana—. Si la sensación de que mi piel va a picar durante tres días o el hecho de que esto es una prueba irrefutable de que somos la pareja perfecta y enamorada.
Mi querido jefe se ajustó el suéter con su habitual precisión, aunque su rostro reflejaba un profundo disgusto.
—Es una ofensa, si hubiese sabido que este era el “premio” no me hubiera prestado para esto —dijo haciendo mala cara—. Lo único bueno es que mi abuela está extasiada. Ahora, pon tu mejor cara de pareja que se toma fotos a juego.
Bajamos las escaleras y la escena era puro caos festivo. Luces intermitentes, el tío George intentando hacer malabares con adornos y colocando muérdagos.
—¡Perfecto! ¡Vengan, tortolitos! —gritó una de sus tías—. ¡Es hora de la foto anual de Navidad de la familia Black! Matthew, pon tu brazo alrededor de Susan. ¡Más cerca! ¡Queremos que parezca que se van a comer a besos!
Matthew puso su brazo alrededor de mis hombros, y la lana áspera del suéter actuó como un amortiguador, pero aun así sentí la rigidez de su cuerpo contra el mío.
Nos obligaron a sentarnos juntos en un sofá frente a la chimenea.
—Inclina tu cabeza hacia él, Susan. —escuché.
Vacilé un momento. Acercar mi cabeza a mi jefe significaba que mi mejilla iba a descansar justo en su hombro.
Tomé aire y me incliné. El olor que emanaba me envolvió. Estaba demasiado cerca. Podía escuchar el ritmo constante de su corazón, y noté que se tensó ligeramente.
—Sonríe, Matthew, mi amor —mascullé, sin mover los labios.
—No puedo sonreír si estás tan cerca —respondió él, con la voz baja y tensa.
—¿Y por qué no? ¿Te pongo nervioso? —pregunté, elevando la voz de modo que pareciera una broma.
Él me miró de reojo. Sus ojos brillaban con una mezcla de frustración y por un segundo, algo que parecía diversión.
—Me pones... a prueba en todo, Susan. Eso es lo que haces.
—¡Perfecto! ¡Quédense ahí! ¡Una más!
Justo en ese momento, se escuchó un fuerte golpe contra la ventana principal. La casa entera vibró.
El silencio fue inmediato.
—¿Qué ha sido eso?
Un instante después, la alarma del teléfono de mi jefe empezó a sonar, emitiendo una alerta por la nevada tan fuerte.
—Es una... alerta de tormenta de nieve —dijo, leyendo—. Una nevada repentina, con vientos fuertes. Han emitido una advertencia.
Miré por la ventana. El cielo, que hasta hacía un momento estaba gris, era ahora un torbellino blanco. La visibilidad era casi nula, y los arbustos desaparecían bajo capas de nieve que caían a una velocidad absurda.
—¡El camino de acceso! ¡Nadie podrá salir de aquí hasta que la nieve pare! Los camiones de limpieza tardarán al menos un día en llegar.
Miré a Marie, pero en su rostro había más emoción que pánico.
—¡Oh, cielos! ¡Estamos atrapados!
—Tenemos un problema grande —dijo mi jefe arrastrándome a una esquina del lugar—. No puedo quedarme aquí hasta que liberen la carretera. Debo volver.
—Tenías planeado quedarnos aquí hasta navidad.
—No, tenía planeado que nos creyeran… Pero así como están las cosas, no sé si aguanto hasta navidad. Son muchos días y… tu estás haciendo que las cosas sean más difíciles.
Mi corazón latía rápido. Estaríamos atrapados aquí, sin escape, sin nada.
Él no parecía ver la gracia.
Él me tomó por los brazos, sin ser rudo, pero con una firmeza que me hizo mirarlo a los ojos.
—Escúchame. Esto es serio. Mi abuela estará observando cada interacción, esperando el momento en que nos equivoquemos. El más mínimo error, y todo se desmoronará. Necesito que seas perfecta.
La intensidad en sus ojos me hizo olvidar el suéter ridículo y la nieve. Él realmente dependía de mí.
—Seré perfecta, jefe. Pero también tendrás que serlo tú —dije, manteniendo la mirada— Sin pretextos, ni nada parecido. No importa si tenemos que cantar villancicos. ¿Entiendes?
Matthew cerró los ojos un instante, asimilando la tortura.
—Villancicos. De acuerdo.
Volvimos a la sala de estar, donde la familia ya estaba encendiendo la chimenea, preparándose para la espera.
Cuando mi querido jefe se sentó a mi lado, poniendo un brazo alrededor del sofá, me di cuenta de que la farsa ya no era un simple juego.
Estábamos atrapados, juntos. Y la Navidad apenas había comenzado.
Y lo peor, es que mi corazón parece no entender que esto es una farsa y está malinterpretando todo.