CAPÍTULO | 03

1604 Words
El ala de las esculturas era más fresca que el resto de la galería, y el aire olía a piedra pulida y a cera. Chloé me llevó directo hasta una pieza enorme que ocupaba el centro de la sala: dos manos de mármol blanco, una sosteniendo a la otra, talladas con tanto detalle que se distinguían hasta las venas en el dorso. Me quedé parada frente a ella sin atreverme a respirar fuerte. —Seis meses tardó en terminarla —dijo Chloé, cruzándose de brazos—. Es de mi primo Kael. —Seis meses —repetí, acercándome un poco más—. Mira esa uña, parece de verdad. ¿Cómo hace alguien para sacar algo así de un bloque de piedra? —Con paciencia, que es lo que él tiene de sobra. Kai es todo lo contrario; si no termina un cuadro en una semana, lo tira por la ventana. Solté una carcajada, y justo entonces escuché una voz grave detrás de nosotras. —Mi hermano exagera menos de lo que parece. Me giré con el corazón dando un salto. Frente a mí había un hombre alto, con un traje oscuro perfectamente cortado y una camisa negra sin corbata; llevaba el cabello peinado hacia atrás, sin un solo mechón fuera de lugar. Tenía el mismo rostro de Kai, la misma mandíbula marcada y los mismos ojos de un azul gris clarísimo, solo que en él todo parecía quieto y medido, como si cada gesto lo pensara antes de hacerlo. —Kael —saludó Chloé, y se le colgó del brazo con una sonrisa—. Mira, esta es mi amiga Mila. —Mila —repitió él, inclinando la cabeza con educación—. Es un gusto. Chloé habla muy bien de ti. —El gusto es mío —respondí, sintiendo que las mejillas me ardían por segunda vez en la noche—. Su escultura es preciosa. No puedo creer que sea de piedra. —Gracias. —Miró las manos de mármol un segundo, y su expresión se suavizó apenas—. Es la que más me costó. Cada vez que creía haberla terminado, descubría una línea que no me convencía. —Se nota el cuidado —dije, y sin pensarlo agregué—: Hace un rato choqué con su hermano, por cierto. Casi lo tiro al suelo con el bolso. Una sombra de sonrisa cruzó la cara de Kael. —Mi hermano tiene la costumbre de aparecer justo detrás de la gente cuando miran sus cuadros. No se lo tome a mal; es su manera de saludar. —Ya lo vi —reí—. Fue muy amable, de todos modos. —Lo es, cuando quiere. —Hizo una pausa breve—. ¿Usted pinta, Mila? —Al óleo, sobre todo. Todavía estoy aprendiendo. —Chloé me dijo que es la mejor de la clase —intervino él, y me miró un instante más de lo necesario, aunque sin ninguna prisa—. Me gustaría ver su trabajo algún día. No supe qué contestar, así que sonreí como una tonta; fue mamá quien me salvó, apareciendo a mis espaldas con una copa de agua con gas en la mano. —¡Ahí estás! Empezábamos a preguntarnos si te habías perdido entre tanto cuadro. —Casi —admití—. Mamá, papá, les presento a Kael, el escultor. Es el primo de Chloé. —Un placer, señora LeBlanc, teniente. —Kael les estrechó la mano a los dos con la misma calma—. Gracias por venir. Mis padres hablan muy bien de ustedes; dicen que su floristería es la mejor de París. —Qué exagerados —dijo mamá, encantada—. Aunque no se lo voy a discutir. Su escultura de las manos me dejó sin palabras, joven; yo trabajo con flores, pero esto es otro nivel. —Las flores también requieren paciencia —respondió él con una pequeña sonrisa. —Eso mismo le digo yo a mi hija —rió mamá. Papá, que había estado inspeccionando las manos de mármol con los brazos cruzados, carraspeó con una seriedad fingida. —Con perdón, Kael, ¿cuánto tiempo hay que pasar con un cincel para sacar algo así? Yo apenas puedo clavar un clavo sin romperme un dedo. —Muchos meses, teniente, y bastantes dedos lastimados —contestó él, y papá soltó una carcajada. Seguimos recorriendo la exposición los cinco, y Kael nos fue explicando algunas piezas con voz serena, sin presumir de nada. Papá, que al principio había bromeado sobre no entender de arte, terminó fascinado frente a una escultura de un caballo en pleno salto; se puso a señalar los ángulos de las patas y a preguntar cómo lograba tanta precisión, y Kael, paciente, le explicó que primero trazaba la forma en barro antes de tocar la piedra. Mamá se detuvo largo rato frente a un óleo con un campo de amapolas, el único cuadro del ala que no era de tormentas, y comentó en voz baja que casi podía oler las flores; Kael le contó que lo había pintado Kai de memoria, después de un viaje al campo. —Pues pinta bien de memoria —admitió papá—. Aunque, para mi gusto, todo es un poco intenso. Yo después de ese cuadro del mar necesito sentarme. —Mi hermano no conoce otro volumen —dijo Kael, y hasta Chloé sonrió. En una de las salas había una fila pequeña de gente que esperaba para fotografiarse junto a otra de las piezas de Kael. Él se disculpó con elegancia, porque tenía que atender a unos compradores, pero antes me estrechó la mano de nuevo. —Fue un placer conocerla, Mila. Espero que disfrute la noche. —Igualmente —dije—. Gracias por todo. Se alejó con paso tranquilo, y yo me quedé mirando cómo los coleccionistas se inclinaban hacia él al verlo llegar. —Es muy serio, ¿verdad? —murmuró mamá a mi oído. —Un poco —respondí—. Pero es amable. —Y educado —remató papá, que ya andaba pidiendo bocadillos a un mesero que pasaba con una bandeja—. Eso sí, me quedé con ganas de preguntarle cuánto cuesta el caballo, aunque no me atreví. —Henry, por favor —murmuró mamá, tapándose la cara con la mano, y nos reímos. Cuando pasamos otra vez cerca de Cordelia, ella nos dedicó un gesto amable con la mano. —Creo que ya vi suficiente por hoy —dijo papá al fin, revisando el reloj con disimulo—. Y con estas piernas cansadas, ya me está sonando el estómago. —Yo también me muero de hambre —confesó mamá—. ¿Qué les parece si volvemos a casa a cenar? Podemos preparar algo sencillo y descansar un poco después de tanto ruido. —Me parece perfecto —dije, mirando de reojo a Chloé—. Chloé, ¿te vienes con nosotros a cenar? Ella giró la cabeza, sorprendida, y negó con una sonrisa apenada. —No, no quiero molestar, es una cena familiar. Además, mi tía me dijo que me quedara por si necesitaban ayuda con los invitados. —Nada de molestar —intervino mamá, tomándola de las manos como si fuera una hija más—. Llevas tres años comiendo en nuestra mesa, Chloé; no empieces a pedir permiso ahora. Tu tía puede arreglárselas sin ti por una noche. —Además, hay pastel de manzana —añadió papá, con aire de quien ofrece un trato irrechazable. —Ya con el pastel me conquistaron —respondió Chloé, riéndose—. Déjenme avisarle a mi tía para que no se preocupe. Sacó el teléfono, escribió un mensaje rápido y lo guardó en el bolso. Fuimos hasta la puerta de la sala principal, donde Cordelia se despidió con besos en las mejillas y un par de palabras amables para cada uno; a mamá le prometió que pasaría por la floristería algún día. —Fue un verdadero placer conocerlos —dijo, tomándome del brazo un momento—. Y a ti, Mila, espero volver a verte pronto; tienes una mirada de artista que no se encuentra todos los días. —Muchas gracias, Cordelia —respondí, con las mejillas calientes—. Fue una noche preciosa. Salimos al fresco de la avenida. El cielo se había teñido de un azul oscuro salpicado de nubes bajas, y las farolas empezaban a encenderse una tras otra. Los dos coches negros seguían estacionados junto a la acera, pero papá levantó la mano con una sonrisa amable hacia los chóferes. —No hace falta, gracias. Preferimos caminar; el departamento queda cerca, y a mí me hace falta estirar las piernas. —Pueden irse —añadió Chloé, haciéndole una seña a su chófer—. Mañana me recoge. Nos pusimos en marcha por la avenida, con mamá del brazo de papá y Chloé enganchada al mío, hablando los cuatro a la vez sobre la exposición. Mamá aseguraba que el campo de amapolas era lo mejor de la noche, papá defendía al caballo como si lo hubiera tallado él, y Chloé y yo discutíamos entre risas cuál de los dos hermanos tenía más talento. —¿Qué les parece si preparo mi famosa salsa? —propuso mamá—. Con lo que hay en la nevera da para cuatro sin problema. —Con pastel de manzana de postre —le recordó papá. —Con pastel de manzana de postre —aceptó mamá, riéndose. Doblamos la esquina de nuestra calle, y a lo lejos se distinguía ya el letrero verde de la floristería, con las luces encendidas en el piso de arriba.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD