—Regina… hagamos una prueba de paternidad. —La voz de Horacio se quebró, su desesperación se hacía palpable en cada palabra—. ¡Te lo suplico! Quítame esta duda que me está consumiendo… que no me deja vivir. Regina sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies. Sus labios se entreabrieron en un gesto de sorpresa, pero ninguna palabra salió de ellos. Un escalofrío recorrió su espalda, y el temblor en sus manos la delató. —Esto es demasiado, señor Horacio… —murmuró con voz temblorosa, dando un paso atrás, como si quisiera alejarse de la realidad que acababa de golpearla—. No puedo… ¡Debe irse! Su súplica se convirtió en un grito ahogado, en una orden desesperada. No esperó respuesta. Se puso de pie con brusquedad y, sin mirar atrás, salió apresurada de la habitación. Horacio se quedó i

