Mauro estaba fuera de sí. La furia lo consumía por completo. Sus manos, que antes habían sido símbolos de poder, ahora se convertían en instrumentos de destrucción. Se lanzó sobre Ximena como un animal salvaje, su puño estampándose una y otra vez contra su rostro, contra su cuerpo, sin compasión, sin piedad. El sonido de los golpes resonaba por toda la habitación, un eco brutal de su rabia descontrolada. El dolor de Ximena no parecía importarle, y cada golpe parecía hacerle más daño que el anterior. La mujer, atónita, no podía entender lo que estaba pasando. En su mente solo retumbaban las palabras de Mauro, su odio cegándola, su furia desbordada. Intentó cubrirse, pero era inútil. Mauro seguía golpeándola, una y otra vez, como si estuviera golpeando algo que despreciaba, que había fallad

