—¿Qué… qué estás diciendo? —balbuceó Santiago, sintiendo que el mundo se le desmoronaba debajo de los pies. Regina sonrió. Una sonrisa devastadora, serena, como la de quien observa un incendio desde lejos… sabiendo que lo provocó. —¿Acaso no esperas a tu amante, Piero? —su voz era dulce, burlona, letal—. Ya sabes lo que dicen: infiel una vez… infiel por siempre. ¿Lo sabe Keane, por cierto? Santiago se quedó inmóvil. Su rostro era una máscara petrificada. No parpadeaba, no hablaba. Sólo la miraba, como si no pudiera procesar la magnitud del desastre que se cernía sobre él. —Ay, Santiago… —suspiró Regina, dando un paso más cerca—. Siempre jugando a dos bandos. Pero ya lo decía mi abuela: quien sirve a dos amos, inevitablemente traiciona a uno. Y tú… tú los traicionaste a todos. Siempre l

