Al día siguiente
Mansión Giralt
Mauro estaba sentado en el comedor, disfrutando de su desayuno en la mesa impecablemente puesta.
El aroma del café recién hecho llenaba la estancia, pero su mente estaba en otro lugar.
Ximena, su esposa, se acercó con su andar elegante y colocó una mano en su hombro con delicadeza fingida.
—¿Sabes, cariño? —dijo con una sonrisa dulce—. Deseo que pronto mi pequeña Regina me dé un nieto... o muchos nietos. Ya quiero ser un abuelo consentidor.
Ximena soltó una breve carcajada, fingiendo conmoverse por la idea.
—¡Oh, querido! Yo también lo deseo. No hay nada que me haría más feliz que ver a Regina formar su familia. Es una buena chica, sabrá elegir bien.
Ximena esbozó una sonrisa tenue, pero en su interior reía con malicia.
«Sigue soñando, viejo iluso. No serás abuelo. Solo serás mi seguro de vida, y cuando te mate, seré la viuda más rica de este país.»
El sonido de la puerta interrumpió sus pensamientos.
Entraron al salón dos figuras con ojos sombríos: Santiago y Keane. La expresión de Santiago era sombría, su postura rígida, como si estuviera soportando un enorme peso sobre sus hombros.
Keane lo acompañaba, con su mirada impenetrable.
Mauro se puso de pie de inmediato, su corazón se aceleró al notar la ausencia de su hija.
—¿Santiago? ¿Qué haces aquí? —preguntó con el ceño fruncido—. ¿Dónde está Regina?
El silencio que se formó entre ellos fue insoportable.
Santiago bajó la cabeza un instante, respiró hondo y cuando volvió a mirar a Mauro, su rostro reflejaba angustia. Sabía que debía actuar a la perfección.
—Lo siento mucho, Mauro —murmuró con la voz quebrada—. Pero… ¡Regina me engañó y escapó con su amante!
La sala se quedó en completo silencio.
El rostro de Mauro perdió su color. Sintió que su sangre se helaba en sus venas. Sus manos se crisparon en puños y su respiración se tornó errática.
—¡Eso es mentira! —rugió con una furia descomunal—. ¡No! ¡Regina no es capaz de algo así!
El grito retumbó en las paredes de la mansión. Sus ojos se nublaron por la rabia y la incredulidad.
Ximena se apresuró a tomarlo de los brazos, intentando calmarlo con caricias vacías.
—Mauro, por favor… —susurró con dulzura, aunque por dentro disfrutaba la escena—. No te alteres, amor.
Pero él no podía. No podía aceptar algo así.
Santiago suspiró con pesadez y metió la mano en su bolsillo.
—Yo tampoco quería creerlo… —dijo con la voz quebrada—. Pero esta es la verdad.
Sacó un sobre y lo sostuvo en alto.
—Regina dejó esta carta.
Mauro la miró como si estuviera viendo un puñal dirigido a su corazón.
Temblando, arrancó la carta de las manos de Santiago y la abrió con desesperación.
«Papá,
No soy feliz con Santiago. Lo he engañado y me iré con otro hombre. Él no posee fortuna ni poder; a tus ojos será un pusilánime, pero es el hombre que quiero.
No quiero ser más tu hija. Te odio. Sé que fuiste quien mató a mi madre al no dejarla ser feliz con el hombre que amaba, y por eso ella se suicidó, para mì ya no eres mi padre, te aborrezco.
No me busques más.
Regina»
Sus ojos recorrieron las líneas con rapidez, su respiración se entrecortó, su pecho subía y bajaba con dificultad.
Cada palabra era una daga clavándose en su alma.
Sus manos temblaron. Sus piernas flaquearon.
Mauro sintió que el mundo se derrumbaba a su alrededor.
—No… no… esto no puede ser real…
Su voz fue apenas un susurro antes de que su cuerpo cediera y cayera de rodillas al suelo, con la carta temblando entre sus dedos.
Ximena se inclinó a su lado, fingiendo compasión.
—Mauro, por favor… calma…
Pero su esposo no la escuchaba.
Solo podía repetir una y otra vez en su mente la frase que acababa de leer.
«Regina se fue… Regina me abandonó…»
Y en ese momento, algo dentro de él se rompió para siempre.
Mauro parecía atónito. Su rostro perdió toda expresión, como si su alma hubiera abandonado su cuerpo.
Sus ojos, enrojecidos por la conmoción, comenzaron a llenarse de lágrimas. Su respiración era errática, sus labios temblaban, pero no lograban articular palabra. El peso del dolor lo aplastaba.
Ximena, con su máscara de esposa preocupada, se acercó rápidamente, acariciándole la espalda.
—Mauro… amor, ¿estás bien? —preguntó con falsa dulzura.
De repente, Mauro apretó los dientes y golpeó la mesa con tanta fuerza que la vajilla tembló.
—¡Regina…! —rugió, con la voz rasgada por la furia y la traición—. ¡Regina está muerta para mí!
Ximena abrió los ojos con fingido espanto.
—¡Amor, no seas tan cruel! —dijo con una voz llena de falsa desesperación—. No digas eso, ella solo se ha equivocado, pero aún es tu hija, tú la amas…
Mauro la fulminó con la mirada. Sus ojos, antes llenos de lágrimas, ahora estaban fríos como el acero.
—¡Regina está muerta para mí! —sentenció con una firmeza escalofriante—. No tengo hijos ya… solo a mi hijastro Keane. Y tú, Santiago… —lo miró con dureza—, ahora serás como mi hijo. Todo lo que tengo será solo para ustedes.
Se giró con pasos pesados, dirigiéndose hacia la salida. Su figura parecía la de un hombre envejecido en cuestión de segundos, devastado, pero decidido.
El silencio reinó en la habitación hasta que se escuchó el portazo.
Y entonces, en cuanto se aseguraron de que Mauro se había ido…
Ximena soltó una carcajada.
—¡Todo salió como lo planeamos! —exclamó con deleite, sus ojos brillando con triunfo—. Pobre Regina… Espero que estés ardiendo en el infierno.
Keane, con una sonrisa siniestra, se acercó a su madre y la envolvió en un abrazo.
—Mami, ahora sí, debemos quitarle todo el dinero a ese asqueroso viejo… —susurró con veneno en cada palabra—. El siguiente en morir será él.
Santiago, hasta ahora en silencio, los miró con horror.
—¿Qué…? —balbuceó, sintiendo por primera vez el peso de lo que había hecho.
Keane se acercó a él, deslizando sus dedos por su mejilla con dulzura envenenada.
—Mi amor… no me mires así. —Su voz era melosa, seductora—. Pronto vamos a ser inmensamente ricos.
Santiago tragó saliva.
Un segundo después forzó una sonrisa y asintió con rapidez.
—Sí… sí, tienes razón —murmuró.
Pero en su interior, algo se revolvía con inquietud.
Mauro se hundió en su silla, sintiendo cómo el peso de los recuerdos le oprimía el pecho.
Su mente no dejaba de repetirse una y otra vez las palabras de esa carta, cada frase clavándose como un puñal en su alma.
Pensó en Julieta… su primera esposa, la madre de Regina. La mujer que nunca lo amó, no como él lo deseaba.
Para ella, siempre hubo otro, un amor inalcanzable que ni él, con todo su cariño y paciencia, pudo arrancarle del corazón. Aquella inseguridad lo carcomió por años, sembrando en él la cruel duda de si Regina era realmente su hija. Pero cuando Julieta murió de manera trágica, intentando escapar con su amante, todas esas preguntas se volvieron irrelevantes.
Se quedó solo con Regina, y la crio con un amor feroz, obsesivo, queriendo aferrarse a ella como la única prueba de que no lo habían abandonado del todo.
Pero ahora… ahora ella lo traicionaba.
El sonido de la puerta interrumpió sus pensamientos. Era su abogado, un viejo amigo de la familia y padrino de Regina al que llamó e inmediato.
Mauro lo miró con el ceño fruncido. Su dolor se transformaba en rabia.
—No quiero que Regina acceda a la fortuna Giralt —soltó, tajante.
El abogado, un hombre de mirada sabia, negó con la cabeza.
—Mauro… tal vez Regina actuó mal, pero debes escuchar su versión de los hechos —dijo Carlos.
—¡No me importa! —rugió Mauro, golpeando el escritorio con el puño fuerte—. Si es una zorra como su madre, no la quiero a mi lado.
El abogado suspiró, conociendo demasiado bien el carácter impulsivo de Mauro.
—Mauro, escúchame bien. Tú solo eres el albacea de la fortuna Gali, no su dueño, la familia Giralt no tiene una gran fortuna, recuérdalo. Eres el presidente de la empresa, pero la dueña de todo… es Regina como heredera única de su madre.
Mauro sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—No… eso no puede ser, debemos hacer algo, ella fue infiel, debe perderlo todo.
—Cuando Regina cumpla veinticuatro años, en seis meses, recibirá su herencia tal como su madre lo dispuso. Ni tú, ni Santiago podrán tocar ese dinero, ya que es una herencia y no entra en los bienes de divorcio. Nadie podrá hacerlo.
Un silencio denso se instaló en la habitación.
Lo que Mauro no sabía era que no estaba solo en esa conversación.
A metros de distancia, en una habitación oculta de la mansión, Ximena escuchaba todo.
Su rostro estaba crispado por la furia, sus uñas se clavaban en el brazo de Keane, que permanecía a su lado con expresión sombría.
—¡No puede ser! —gritó Ximena, lanzando un vaso contra la pared—. ¡No puede ser! ¡Maldita Regina!
Su respiración era errática, su mente trabajando a toda velocidad. No podían permitirlo.
—Tenemos que encontrar su cuerpo. —Su voz era una mezcla de ira y desesperación—. Si garantizamos que saben que murió, la fortuna pasará a ese imbécil de Mauro…
Ximena giró hacia su hijo, sus ojos encendidos por la ambición.
—Si no lo hacemos… todo lo que hicimos será en vano.
Keane la miró en silencio. Luego, una sonrisa perversa se dibujó en sus labios.
—Entonces, habrá que asegurarnos de que sepan que murió y que no regresará jamás.