Lejos de allí…
Santiago caminaba de un lado a otro, el vidrio del vino en su mano temblando ligeramente mientras lo llevaba a sus labios, pero no saboreaba el trago.
La angustia lo consumía por dentro. Cada paso que daba lo sentía como un peso aplastante en su pecho.
El alcohol apenas lograba calmar la tormenta que se desataba dentro de él, aunque sabía que no había nada que pudiera apaciguarlo.
La culpa lo devoraba, el miedo lo mantenía alerta, pero, sobre todo, la sensación de que todo se había salido de control lo paralizaba.
Keane se acercó a él sin decir palabra, la mirada fija, como un depredador que observa a su presa.
En su rostro no había señales de remordimiento, solo una frialdad que helaba el ambiente a su alrededor.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué luces tan asustado? —preguntó Keane con un tono casi burlón.
Santiago apretó la copa con más fuerza, como si pudiera controlar su temblor.
Soltó el vaso con un golpe seco y caminó unos pasos más antes de responder, su voz cargada de desesperación.
—¡Acabamos de matar a Regina! ¿Cómo quieres que esté? —su respiración se volvió más agitada a medida que las palabras salían de su boca.
El dolor en su pecho se hacía más palpable, pero Keane no lo entendía.
Keane apretó los puños con rabia, su rostro endurecido por una furia que no parecía tener fin.
—¿Qué? ¿Tanto te importa? ¡Era obvio que la íbamos a matar! ¿Qué más íbamos a hacer? ¿Te duele?
La ira que crecía en Santiago era incontrolable. No era solo por la muerte de Regina, sino por la manera en que Keane se expresaba de ella, como si no fuera más que una pieza en un juego macabro.
Se vio obligado a callar, solo porque sabía que cualquier palabra en contra de Keane podría ser la última.
—Keane, tienes sangre muy fría —dijo, la rabia en su voz no pudo ser ocultada.
Keane lo miró con desdén, sus ojos llenos de furia. Se acercó a él con una rapidez que lo hizo retroceder instintivamente, pero Keane lo alcanzó, su presencia aplastante.
—¿Eso? ¿O será que ella te gustaba? ¿Te enamoraste, idiota? —la burla en su tono era insoportable, y Santiago sintió un nudo en la garganta al escuchar esas palabras.
Santiago frunció el ceño, pero el miedo se reflejó en su rostro.
A pesar de eso, su risa salió a la fuerza, intentando cubrir el nerviosismo que lo invadía.
—¿Qué? —preguntó, con una incredulidad palpable.
Keane no esperó respuesta.
Con un movimiento rápido, le tomó de la barbilla y lo obligó a mirarlo fijamente, sus ojos llenos de una amenaza silenciosa.
—No juegues conmigo, Santiago, eres mi hombre, y yo no comparto lo mío. Esa perra está muerta, y más te vale ser fiel a mí —la amenaza colgaba en el aire, pesada, asfixiante.
Las palabras de Keane le cortaron la respiración a Santiago, y una punzada de pánico lo recorrió de pies a cabeza.
—Ahora olvidemos a esa mujer, Mauro te dará todo el dinero —continuó Keane, su voz mucho más suave ahora, pero igualmente amenazante—. Pero no te olvides de mí, porque ya sabes de lo que soy capaz.
—¿Serías capaz de dañarme a mí?
Keane le miró fijamente, luego lo besó, no dijo nada, lo soltó, y Santiago no pudo evitar sentirse como una marioneta, atrapado en las cuerdas que Keane había tendido a su alrededor.
Keane se alejó con una sonrisa fría.
Ximena esperaba en silencio.
Uno de los hombres llegó finalmente, caminando rápido hacia ella.
Cuando sus ojos se encontraron, Ximena no pudo evitar una sonrisa que no tenía nada de alegría, solo satisfacción.
—¿La mataron? —preguntó con una expresión casi indiferente, pero sus ojos brillaban con algo oscuro, algo que reflejaba el caos que acababan de crear.
El hombre asintió con firmeza. En su rostro no había ninguna emoción, solo un vacío que Ximena ya conocía demasiado bien.
Keane se acercó y les entregó el dinero sin decir palabra, una sonrisa maliciosa cruzando su rostro mientras lo hacía.
—¿Y el cuerpo? —preguntó Ximena con una curiosidad inquietante.
—Bueno, queremos jugar con él. Lo quemaremos después —respondió el hombre, con una expresión de satisfacción que hacía que el estómago de Ximena se retorciera.
Keane y Ximena aceptaron sin más, sabiendo lo que eso significaba.
Una vez que los hombres se fueron, el aire a su alrededor se volvió más pesado.
Como si todo lo que había sucedido hasta ese momento se sintiera más cerca, más aterrador.
Santiago llegó corriendo, respirando pesadamente, y se detuvo frente a ellos, ansioso por saber si todo había salido como se esperaba.
—¿La mataron? —preguntó, su voz temblorosa.
Keane asintió con una sonrisa cruel.
—Sí, está muerta —respondió con una calma perturbadora.
Santiago, por un momento, quiso sentirse feliz, aliviado, como si todo fuera parte de un plan perfecto. Pero algo en su rostro delataba su nerviosismo, su miedo. Un vacío que no podía llenar.
—¡Alégrate, mi amor! —exclamó Ximena, con una sonrisa llena de falsa dulzura—. Ahora serás muy rico, Mauro nos dará todo el dinero y luego nos iremos muy lejos, empezaremos de nuevo, sin ataduras.
El hombre asintió, pero su sonrisa era nerviosa, insegura. El temor lo envolvía.
—Limpien todo aquí, volvamos a casa. Lleva la carta, Santiago. Yo me encargaré de Mauro —dijo Ximena, sin darle espacio a que alguien se opusiera a sus órdenes.
Ximena subió a su auto, y sin más, se fue, dejando atrás el caos.
***
Cuando Regina abrió los ojos, lo primero que sintió fue un mareo insoportable.
Su cabeza estaba pesada, su cuerpo débil y cansado, como si hubiera estado flotando entre la vida y la muerte.
El entorno que la rodeaba era desconocido, frío y vacío, lo que hizo que una ola de desesperación la invadiera de inmediato.
Su ropa había sido cambiada por una bata blanca, ligera, que no hacía más que resaltar el frío que se apoderaba de su piel.
El pánico se apoderó de ella mientras miraba alrededor, tratando de comprender dónde estaba.
Los recuerdos de lo sucedido la golpearon como una ráfaga de viento helado.
Estaba en algún lugar extraño, sin saber qué había pasado, ni cómo había llegado allí.
¿Es posible que esté... en manos de él? pensó, el terror en su corazón latía con fuerza. Sabía lo que eso significaba.
¿Dónde están ellos? ¿Mi esposo? ¿Mi hermanastro? ¿Mi madrastra?
Un mal presentimiento la invadió.
Sentía que la trampa que la había apresado estaba mucho más cerca de lo que pensaba.
No podía quedarse allí, no sin saber qué querían de ella, no sin hacer algo para salvar su vida. No importaba lo que fuera, tenía que escapar.
Con rapidez, y casi sin pensar, se levantó, tambaleándose un poco.
Al encontrar un vaso de vidrio cerca de la mesa, lo tomó con la desesperación de quien lucha por no perder la última oportunidad.
Su única defensa era ese vaso, su único recurso. Lo apretó con fuerza, sintiendo la frialdad del cristal en sus manos, y dio un paso hacia la puerta.
Su corazón latía frenéticamente, y su mente solo pensaba en una cosa: escapar.
Sin embargo, cuando iba a atravesar la puerta, esta se abrió repentinamente.
Un hombre entró con pasos firmes, y sus ojos se encontraron con los de ella.
En un impulso, Regina lanzó el vaso con todas sus fuerzas, dispuesta a defenderse. Pero, como si fuera un simple juguete en sus manos, el hombre detuvo su brazo con una facilidad aterradora.
Antes de que pudiera reaccionar, el vaso voló de sus manos, cayendo al suelo y haciéndose añicos con un ruido ensordecedor.
—¡¿Qué demonios te pasa?! —gritó el hombre, su voz grave y autoritaria.
Regina, aun temblando, intentó retroceder, pero sus piernas no respondían.
Su miedo la consumía, su respiración se entrecortaba. Estaba atrapada.
—¡Déjame ir! —gritó, con la voz quebrada por la desesperación.
Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa, a suplicar, a luchar, pero su cuerpo no le respondía como esperaba.
Sólo quería salir, huir de ese lugar que ya sentía como su prisión.
El hombre, sin mover un músculo, la miró con una intensidad que hizo que el aire se volviera más denso.
En un movimiento rápido, la tomó en sus brazos con una fuerza que le hizo perder el aliento.
Ella se retorció, luchó contra él, pero sus esfuerzos fueron en vano.
La fuerza de aquel hombre parecía ilimitada.
Y entonces, en el mismo instante en que sus ojos se encontraron, algo dentro de ella se quebró. Algo en su mirada hizo que su corazón se detuviera por un instante.
—Por favor... no me mates... —murmuró con voz quebrada, sus palabras llenas de miedo, de desesperación.
No sabía quién era este hombre, ni qué quería de ella, pero en ese momento solo le importaba una cosa: sobrevivir.
—¡No me mates! ¡Quiero vivir! —repetía, con los ojos llenos de lágrimas que se deslizaban por sus mejillas.
El llanto le brotó con una fuerza imparable, como si todo el dolor que había estado conteniendo estallara en ese preciso momento.
En un acto desesperado, se quitó la bata con rapidez, como si ofreciera su cuerpo, todo lo que tenía, con tal de salvarse.
Las palabras salieron atropelladas, vacías de dignidad, pero llenas de miedo:
—Haga lo que quiera conmigo, pero... déjeme vivir.
Máximo observó a la joven con una mirada que iba más allá de la simple curiosidad.
Recorría su hermoso cuerpo, aún débil y deshecho por el miedo.
Algo en su rostro reflejaba la desesperación de alguien que ya no tenía nada que perder.
La veía llorar, y aunque no podía entender del todo por qué, algo dentro de él empezó a moverse, como si esa escena despertara algo que no había sentido en mucho tiempo.
La vio tan frágil, tan vulnerable, que no pudo evitar sentir una punzada en su pecho.
Entonces, sin pensarlo, su mano se elevó suavemente y con ternura tocó una de sus lágrimas, la que caía solitaria por su rostro.
La delicadeza del gesto sorprendió a Regina, y en su mente se mezclaron pensamientos contradictorios: ¿Qué estaba pasando? ¿Quién era este hombre?
Antes de que pudiera procesarlo, se acercó al hombre ante el temor de morir, y lo besó como si con eso ganase un poco más de vida.
Sus labios se rozaron suavemente, él cerró los ojos, dejándose llevar por la caricia, pero la debilidad del cuerpo de Regina la traicionó.
Con un suspiro suave, sus fuerzas se desvanecieron, y todo se volvió oscuro de nuevo.
—¿Quién eres, mujer? —preguntó él, en un susurro casi inaudible, mientras sostenía su cuerpo en sus brazos, llevándola de nuevo a la cama