«POV Regina
Soy Regina. Solo tengo veintitrés años, una edad en la que debería estar llena de sueños, de posibilidades, de amor.
Pero todo lo que queda dentro de mí es el vacío. Amé a un hombre con una intensidad tan destructiva que me cegó por completo.
Me lancé sin miedo, sin pensar en las consecuencias. Las banderas rojas, las ignoré con la esperanza de que, tal vez, mi amor lo cambiaría todo. Pero ahora, aquí estoy, atrapada en la red de su traición.
Soy su víctima, y no solo de él, sino también de los buitres que lo rodean, los traidores disfrazados de amigos, los ambiciosos que se alimentan de mi dolor.
Lo que alguna vez creí que era amor se convirtió en una condena.
He sido desterrada de la vida que conocía, dejando atrás mis sueños, mi dignidad, mi paz.
Ahora, con el corazón roto y el alma arrasada, sé la cruel verdad: voy a morir joven, traicionada, sin el consuelo de haber sido verdaderamente amada.
Y lo peor, lo más doloroso, es que ni siquiera puedo culpar a nadie más que a mí misma por haberme entregado sin reservas, por haber creído en algo que nunca fue real»
***
Máximo Astra caminaba por su jardín, disfrutando de la paz que su mansión le otorgaba.
Los rayos del sol iluminaban los árboles que bordeaban la propiedad, y el suave murmullo del viento parecía envolverlo en una calma placentera.
Pero esa tranquilidad se rompió cuando llegó al borde del río que colindaba con su propiedad.
En la orilla, algo captó su atención: una figura, tirada en el agua, una figura que no pertenecía a ese paisaje.
Un estremecimiento recorrió su cuerpo.
Se acercó con rapidez, su corazón latiendo con fuerza, mientras gritaba a sus hombres, ordenando que se apresuraran.
Se sumergió en el agua helada sin pensarlo, sus botas pesadas levantando ondas en el río mientras nadaba hacia la figura que parecía sin vida.
Cuando la alcanzó, se agachó rápidamente, tomando el cuerpo entre sus brazos con una fuerza inesperada.
La mujer estaba inerte, como si la vida la hubiera abandonado.
Sin embargo, Máximo no podía dejarla allí.
Sin dudarlo, la cargó en sus brazos, aferrándose a su cuerpo como si fuera lo único que importara en ese momento.
La llevó a tierra firme, su mente ordenándole que la salvara, que no dejara que la muerte la reclamara tan fácilmente.
—¡Llamen al médico! —gritó, desesperado, mientras trataba de reanimarla con lo que quedaba de su propio aliento. Observó su pulso leve.
Los segundos parecían alargarse, pero, finalmente, la mujer comenzó a reaccionar.
Su pecho subió y bajó frenéticamente, y luego tosió violentamente, expulsando el agua que había tragado.
La angustia y la desesperación de ver a una desconocida en tan grave estado lo sacudieron, pero no podía detenerse ahora.
La observó con atención, cada pequeño detalle de su rostro, de su piel empapada.
Algo en ella le era familiar, algo en su mirada, en la delicadeza de su ser, le recordó a algo que no lograba identificar
Sus ojos recorrían su cuerpo, notando las marcas en su piel, las pequeñas quemaduras que parecían haberse hecho con la crueldad de alguien que sabía lo que hacía.
¿Quién podría hacerle tanto daño a alguien tan hermosa?
¿Cómo alguien tan inocente, tan frágil, podía haber caído en manos tan despiadadas?
La pregunta lo atormentaba mientras la cargaba en sus brazos con una suavidad que no pensó que era capaz de tener.
La llevó rápidamente a su mansión.
Cuando la recostó en la cama de una habitación, se quedó mirándola fijamente.
El doctor llegó rápidamente y comenzó a atenderla con la urgencia que la situación requería.
«¿Quién te hizo esto?», pensó en voz baja, mientras la observaba.