Capítulo: Muerte por dignidad

1230 Words
Ximena deslizó lentamente un papel y un bolígrafo sobre la mesa con una calma aterradora. —Vas a escribir una carta para tu padre —dijo con voz serena, casi maternal—. Vas a escribir exactamente lo que yo te diga. El cuerpo de Regina se estremeció. Sus muñecas adoloridas por las ataduras, el ardor de la piel tras horas de tensión, el miedo perforándole el pecho como una daga invisible. —¡Nunca! —espetó con rabia, aferrándose a lo poco de dignidad que le quedaba. Un chasquido seco resonó en la habitación cuando Keane golpeó la mesa con el puño. —¡Si no lo haces, te mato! —rugió, su rostro desencajado por la furia. Regina respiró hondo. Su cuerpo temblaba, pero su mente ya había atado los cabos. —De todas maneras, me van a matar, ¿verdad? Sus ojos recorrieron el rostro de cada uno de ellos. Ximena la miraba con superioridad, con esa frialdad calculadora que la hacía aún más aterradora. Keane tenía la mandíbula tensa, la vena de su cuello latiendo con rabia contenida. Pero fue Santiago quien delató la verdad. Tragó saliva y desvió la mirada. —No te vamos a matar —musitó, pero su voz carecía de convicción—. Te daré algo de dinero y te irás muy lejos. Regina lo escudriñó con la mirada. —¡Mientes! —susurró con amargura—. No me dejarás vivir. Keane bufó, harto. Sacó su arma y, sin dudar, la puso en las manos de Santiago. —¡Apunta a esta perra! Santiago se quedó inmóvil. Sus dedos se aferraron al arma, pero su pulso tembloroso lo delataba. Regina sintió un nudo en la garganta. No era la primera vez que sentía miedo, pero nunca de esta forma. Nunca con la certeza absoluta de que el final estaba tan cerca. Keane, con su aire de impaciencia, sacó un cigarro y lo encendió con lentitud. Dio una calada profunda, llenando la habitación con el denso aroma del tabaco. Luego, sin previo aviso, avanzó hacia Regina y le tomó el brazo con b********d. Antes de que ella pudiera siquiera comprender lo que estaba pasando, el cigarro encendido presionó su piel. Un dolor insoportable la atravesó como un rayo. Regina gritó desgarradoramente, su cuerpo convulsionando por la quemadura. —¡No! ¡Ay! —sollozó entre espasmos, las lágrimas desbordándose de sus ojos como ríos imparables. —O escribes lo que te diga, o esto será solo el comienzo. Su voz era pura maldad, un filo envenenado que le heló la sangre. Regina jadeó, su pecho subiendo y bajando con dificultad. No podía más. No soportaba más. Era como una pesadilla de la que no podía despertar. —¡Está bien! —soltó entre sollozos—. ¡Lo haré! Ximena sonrió. Porque al final, siempre todos terminaban cediendo. Keane rio con crueldad y la dejó, pero la piel de Regina ardía con las heridas que le había dejado. El dolor era insoportable, pero aún peor era la certeza de lo que vendría después. Con brusquedad, le soltaron las manos. Regina las bajó con torpeza, sintiendo un latigazo de dolor en las muñecas adoloridas. Un bolígrafo fue arrojado frente a ella. —Escribe —ordenó Ximena, su voz cargada de veneno. Regina apretó los dientes, pero sus dedos temblorosos tomaron el bolígrafo. Su mente se resistía, pero su cuerpo, agotado, ya no tenía fuerzas para luchar. Se levantó y acercò a la mesa y escribió Las palabras que Ximena le dictó cayeron como cuchillos en su alma. «Papá, No soy feliz con Santiago. Lo he engañado y me iré con otro hombre. Él no posee fortuna ni poder; a tus ojos será un pusilánime, pero es el hombre que quiero. No quiero ser más tu hija. Te odio. Sé que fuiste quien mató a mi madre al no dejarla ser feliz con el hombre que amaba, y por eso ella terminó muerta, para mí ya no eres mi padre, te aborrezco. No me busques más. Regina» Cada letra era un tormento. Regina sintió náuseas mientras escribía, como si con cada palabra se arrancara un pedazo de su alma. Cuando terminó, sus manos temblaban. No podía dejar de mirar la carta, como si al verla pudiera deshacerla, borrar el horror que le obligaban a plasmar en papel. Ximena la tomó con elegancia y esbozó una sonrisa victoriosa. —Con esto, tu padre te odiará y te olvidará para siempre —susurró con burla—. No tendrás a nadie en este mundo, querida tonta. Es hora de despedirnos. Santiago sintió un retortijón en el estómago. Todo esto le estaba revolviendo el alma. No podía seguir viendo aquello, no podía seguir siendo parte de eso. Sin decir palabra, se dio media vuelta y abrió la puerta. Regina vio su oportunidad. Era ahora o nunca. Un latido. Keane estaba distraído. Dos latidos. Ximena leía la carta con atención. Tres latidos. Regina corrió. Como si su vida dependiera de ello. Porque lo hacía. —¡Regina! —rugió Ximena. Regina se lanzó hacia Santiago. Él apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando ella agarró un florero y lo estrelló contra su brazo. Santiago retrocedió con sorpresa, y ella no perdió ni un segundo más. Corrió por el pasillo, por la sala, por la puerta de la casa. Afuera, la noche era fría y el aire le quemó la garganta cuando inhaló con desesperación. Pero no tuvo tiempo de sentirse aliviada. Los pasos resonaron detrás de ella. —¡Atrápenla! —gritó Ximena, fuera de sí al ver a los hombres sucios y peligrosos que contrataron para matarla—. ¡Esa mujer es suya, pueden hacer con ella lo que quieran! Viólenla y luego mátenla. ¡Recibirán su dinero! El pánico perforó el pecho de Regina como una lanza helada. No podía detenerse. No podía mirar atrás. Sus piernas se movían por puro instinto, el terror bombeando adrenalina en su sangre. Pero escuchó los pasos. Los hombres la seguían. Estaban cerca. Demasiado cerca. «¡Ayuda! ¡Por favor! ¡Dios, no quiero morir! ¡No así!» Regina corrió con cada gramo de fuerza que le quedaba. Un disparo resonó en el aire. El estruendo cortó la noche como una hoja afilada. Regina se estremeció. Sus pasos se volvieron torpes, desesperados, tambaleantes. Y entonces lo vio. El final del camino. Ante ella se extendía un río de aguas furiosas, su superficie agitada por la corriente implacable. La espuma blanca ondeaba como garras listas para arrastrarla y la lluvia caía. Regina jadeó, sin aliento. Detrás de ella, los hombres se acercaban, sus sombras alargadas por la luna. Caminaban con la calma depredadora de lobos, seguros de su presa. No había escapatoria. Sintió su corazón martillar con violencia en su pecho. Miedo. No quería morir. Pero tampoco quería caer en sus manos. Regina miró el río una última vez. Tal vez la muerte la esperaba en esas aguas. Tal vez la arrastraría a la oscuridad para siempre. Pero al menos sería su decisión. Al menos conservaría su dignidad. Respiró hondo. Y saltó. El viento le azotó el rostro. Las voces de los hombres quedaron atrás, ahogadas por el rugido del agua. Su cuerpo se hundió en el río con un impacto brutal. El frío le arrancó un grito mudo mientras la corriente la engullía y la arrastraba lejos, muy lejos…
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