Keane caminaba de un lado a otro, sus pasos resonaban en la habitación como un tambor de ansiedad. Sus dedos temblaban, su respiración era errática, y el sudor perlaba su frente. Cada segundo sin respuesta aumentaba el pánico en su pecho, como una soga invisible que lo asfixiaba lentamente. —¡Este imbécil no responde! —exclamó con furia, apretando el teléfono entre sus dedos—. Madre, si todo sale mal, si perdió a esa tonta, estamos perdidos. Su voz se quebró levemente, dejando entrever el verdadero temor que lo carcomía por dentro. Su madre, impasible, no dijo nada, pero su expresión de acero se mantuvo fija en la pared, como si calculara silenciosamente cada posible desenlace. —Eso significa que Regina está viva… —Keane tragó saliva, su voz se tornó más baja, pero impregnada de un

