—¡Máximo, ahora no! Retírate —sentenció Artemio, con la voz cargada de autoridad. Pero su hijo ni siquiera se inmutó. Máximo lo miró con calma, con esa sonrisa arrogante que solo provocaba ira en su padre. —¿Por qué, padre? —preguntó con desdén—. ¿Acaso tienes miedo? La pregunta lo golpeó con más fuerza que un puñetazo. Artemio frunció el ceño, sintiendo una punzada de rabia mezclada con una angustia creciente. Máximo ya no era un niño. Ya no era el hijo obediente que podía manipular con facilidad. Ahora lo enfrentaba como un enemigo, como alguien que estaba dispuesto a destronarlo sin piedad. Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió de golpe. El auditor entró con paso firme, cargando una carpeta gruesa en sus manos. El silencio en la sala se hizo pesado. —Bienvenido

