Un viernes por la noche me citó en un bar. No entendí qué pretendía, pero no indagué demasiado, últimamente nuestra relación estaba basándose en experiencias nuevas, y teníamos mucho tiempo sin salir juntos.
Opté por un vestido tipo jumper, en color verde obscuro, que cubría hasta mis rodillas, con una camisa blanca de cuello americano, y unos zapatos de 10 centímetros de alto en el mismo tono. Llevaba el cabello suelto y los accesorios de plata. Le había pedido a Bernardo que me llevara, porque no estaba segura de la dirección que me había dado, además que, obviamente terminaría yéndome con Sebastián.
Llegué al lugar, caminé hacia la barra, donde me había dicho que esperaría por mí. Lo vislumbré en la distancia y para mi asombro, estaba conversando con una mujer que lucía más joven que nosotros, quizá apenas si llegaba a los 40´s. Iba pensando qué hacer: simplemente llegar y besarlo, o gritarle a la resbalosa, armando una escena de celos. Pero ninguna de las dos opciones se asemejaba a mi personalidad, así que llegué a sentarme a un lado de Sebastián, mientras escuchaba su conversación. Para mi satisfacción, él no se percató de mi presencia. El chico de la barra se acercó y pedí una bebida, que pronto me sirvió.
-Me encantaría que me hicieras compañía, pero dudo mucho que mi esposa encuentre tu gesto como algo apropiado – le dijo de manera amable, y marcando la distancia.
-¡Vamos guapo! Ni siquiera estás usando un anillo, ¿de verdad quieres que crea que eres casado? –Su pregunta me hizo cuestionarme lo mismo, ¿por qué no estaba usando su anillo?
Lo escuché reírse y le mostró una cadena que traía en el cuello, donde colgaba el anillo, para inmediatamente después, resoplar con frustración. –Soy un maldito estúpido, en reiteradas ocasiones estuve a punto de perder el anillo cuando me lavaba las manos. ¿Sabes lo que me hubiera hecho mi esposa, si se enterara que lo extravié de esa manera tan absurda? –Pensé en el supuesto, en definitiva, primero me burlaría de su estupidez, y después lo enviaría a comprar otro par, tal vez que fueran de mayor agrado para mí, porque esos no me gustaban tanto. –Eres alguien muy atractiva, hay muchos hombres aquí que estarían encantados de pasar el tiempo contigo… – se vio interrumpido por la mujer.
-Pero el que me interesa eres tú – me giré a ver la escena, incrédula por sus palabras. ¿Cuánto más tenía que rechazarla?
Sebastián sonrió. –Y me siento alagado por tu insistencia, pero no estoy disponible, lo siento – había olvidado lo educado y gentil que era incluso para darte un no por respuesta, había sido tan caballeroso con ella, aunque no lo mereciera.
-¡Cretino!–Dijo malhumorada, la mujer se puso de pie, y la vi alejarse trastabillando, seguramente estaba ebria, tal vez eso explicaría su insistencia. Sebastián, suspiró aliviado y se giró en mi dirección, porque de ese lado estaba la puerta de la entrada.
-¡Cuanta insistencia, eh! –Estaba sorprendido cuando me vio sentada a su lado.
-No tienes idea – intentó acercarse, pero una idea ya se había instalado en mi mente.
Extendí mi mano y le sonreí. –Soy Alex – sonrió retomando su lugar y estrechó mi mano.
-Sebastián – le hice señas al chico de la barra, para solicitarle otra bebida. -¿Alex es un diminutivo de Alexandra? -Achiqué mis ojos y giré para verlo con enfado. Él sabía perfectamente que me molestaba que las personas hicieran esa pregunta; a decir verdad, siempre me presentaba como Alexa y nunca les permitía llamarme Alex; únicamente él lo hacía, después de tantos años juntos y en la intimidad. Sebastián me observaba con diversión.
-No, me llamo Alexa - respondí con una falsa sonrisa. -Dime Sebastián, ¿qué haces en un lugar como éste? -Decidí que cambiáramos de tema; de lo contrario, podía apostar que me fastidiaría con lo de mi nombre.
-Tuve un día extremadamente tedioso en la oficina, y decidí pasar a distraerme un poco... no sé, tal vez tener un poco de suerte con alguien - coqueteó.
-Creo que desaprovechaste tu oportunidad - hice un gesto para que volteara a ver a su antigua acosadora.
-Ella no es mi tipo - dijo convencido y se encogió de hombros.
-¡Vaya! Así que deben cumplir requisitos, ¿podría saber algunos? -Me burlé.
-Para empezar, que no estén ebrias, me gusta que recuerden mi agradable compañía – levantó ambas cejas, sonriendo con suficiencia.
-Eso se escucha demasiado pretensioso - dije entre risas.
-Puedo demostrarte lo agradable de mi personalidad Alex, por supuesto no aquí - titubeé por un momento, estaba a punto de lanzarme a sus brazos, ni siquiera creía que pudiera esperar hasta llegar a la casa; pero la voluntad, que se estaba extinguiendo a una velocidad impresionante, salió ganadora.
Levanté mi mano izquierda, mostrándole el dedo anular. -Soy casada, lo siento -
-¡Bastardo suertudo! -Me sorprendió, porque lo dijo como si realmente lo estuviera rechazando. –¿No puedes hacer una excepción conmigo? -Tomó mi mano sobre la barra, y comenzó a acariciar el dorso con su pulgar. Abrí la boca, me había dejado sin habla. -¿Alex? -Quité la mano con rapidez, me giré para pedir la cuenta y sólo pude cerrar los ojos, cuando sentí a Sebastián a un lado de mí. No me estaba tocando en lo absoluto, pero podía sentir el calor de su cuerpo siendo emanado con intensidad, el aroma de su perfume y su mirada penetrante.
Pagó la cuenta y me tomó de la mano para sacarme del lugar. Me guió por el estacionamiento hasta el auto, y justo antes de abrirme la puerta, me besó intensamente. Se pegó a mi cuerpo, haciéndome sentir su erección, y sus labios bajaron por mi cuello, mientras sus manos, atravesaron el espacio entre los botones del vestido y de la camisa, para sentir mi piel desnuda.
-Nos van a ver - logré decir, porque estaba segura que si lo dejaba, acabaríamos haciendo cosas indebidas en la vía pública.