No me equivoqué en lo absoluto, y no fue porque se lo permitiera. Sebastián tenía pleno conocimiento de mí, de cómo lograr que mi capacidad cognitiva disminuyera, permitiendo a mis instintos nublar mi raciocinio.
Apoyó una de mis piernas en la de él, levantándola, para que su mano se deslizara por mi muslo, subiendo la falda y terminara por hacer a un lado la ropa interior. –Esto va a ser rápido, Bebé. –No mintió, todo fue muy rápido. Se hundió hasta el fondo de un solo movimiento, al mismo tiempo que su prolongado siseo resonó en mi oído. Pegué mi boca a su hombro para no gritar, porque había sido sumamente placentero.
Entraba y salía como si estuviéramos en nuestra recámara, guiándome por un viaje exótico, pero delicioso. Un ruido llamó mi atención, especialmente cuando escuché voces y risas a cierta distancia, lo que provocó que cierto pánico me invadiera; sin embargo, Sebastián no perdió la compostura, bajó su pierna y con ella la mía; sus manos viajaron al auto, cada una a lado de mis hombros; besando de nuevo mis labios, con pasión. Las voces cesaron por un momento, supongo que cuando pasaron por el frente del auto, pero las volví a escuchar a cierta distancia por el otro lado. La escasa luz que había en el lugar, y la posición en la que me tenía, disimuló con éxito que él no hubiera salido de mí.
Retomó donde se había quedado, sus brazos soportando parte de mi peso, así como la fuerza de sus embestidas, me hicieron perderme una vez más. –Sebs… yo… - balbuceé, cuando sentí los estragos del placer.
-¡Sí Bebé, sí! –Alcanzó a decir, antes de que se quedará inmóvil, aferrándose a mi cuerpo para no desplomarse mientras recuperaba su aliento.
Salió lentamente de mí. –No te muevas – me ordenó.
-¿Cómo dices? –Cuestioné en medio de mi intriga, mientras él se acomodaba la ropa.
-Qué no te muevas – repitió frente a mi rostro. Se agachó completamente, encendió la luz de su celular, iluminando por el largo de mis piernas.
-¿Qué estás haciendo? –Pregunté alarmada.
-Es tan excitante saber que esto es mío – puso su mano sobre mi tobillo, subiéndola con lentitud por mi pierna hasta llegar a la ingle. No dije nada, no sabía qué decir; aunado a que mi cuerpo aún reaccionaba sexualmente. Se quedó ahí unos instantes, viéndome y pasando su mano con delicadeza por donde había escurrido su esperma. Sacó un pañuelo, para limpiar el líquido blanquecino que aún quedaba entre mis piernas. –Aún no puedo creer que Nick te haya hecho terminar, y lo que es peor, eso me excita -
Se levantó de golpe, quedando frente a mí otra vez. -¡Estás loco Sebastián! –Le dije ya totalmente recuperada de mi estupor.
-¡Por ti Bebé! –Sonrió entre divertido y lujurioso. –Dime que volveremos a hacerlo – el tono fue entre una súplica y mandato.
-¿Tener sexo en la calle? –Quise desviar su atención. Sí, aún quedaban fantasías por cumplir, pero no sabía si estábamos preparados para ello. Después de ese encuentro con Nick y Natalia, sentía que debíamos ir más lento, especialmente yo, que no me sentía cómoda. Soltó una carcajada.
-Sí, también – reía abiertamente, mientras una sonrisa escapaba de mis labios, embelesada por ese hombre que hacía tantos años atrás se había adueñado de mi corazón. Pasaron por mi mente de nuevo sus palabras, esas que había subestimado anteriormente, después de todo, si podíamos lastimarnos sentimentalmente.
Lo escuché suspirar. –Tenía un plan totalmente diferente para esta noche, pero me agrada la forma en la que estás conduciendo las cosas. -
-¿Y cómo las estoy conduciendo? –Indagué.
-Pues tus fantasías son mejores que las mías, y cumplirlas está resultando más estimulante – la sorna se permeó por sus palabras.
-¡Un segundo! –Levanté mi dedo índice en medio de nosotros dos. –Yo no fantaseaba con tener sexo en la calle – aclaré, y él comenzó a carcajearse una vez más.
-¡Está bien! Esa es mi culpa, no me pude contener – iba a hablar, pero se apresuró en continuar. –Pero es que me provocaste demasiado allá adentro – apuntó hacia el bar.
-¿Yo te provoqué? –Interrogué indignada.
-¡Me estabas coqueteando! –Intentó defenderse.
-Tienes una idea demasiado retorcida acerca de lo que es coquetear, Sebastián – abrió los ojos con amplitud y sonreí ganadora. Aunque por muy corto tiempo, se lanzó a besarme de nuevo, paseando sus manos sin restricciones por mi cuerpo, cuando escuchamos de nueva cuenta personas hablando en la lejanía. Lo escuché resoplar y me soltó, abrió la puerta del auto para que entrara, quedándose unos segundos mirándome, con el fuego de deseo abrasándome; pero sin decir palabra alguna, cerró la puerta, para que en cuestión de segundos entrara por el otro lado y arrancara el auto.
-Voy a mostrarte mis planes para la noche – dijo sin apartar la mirada del camino, pero colocó su mano sobre mi muslo.