Llegamos a casa, nos bañamos y nos quedamos dormidos tan pronto como nuestra cabeza tocó la almohada. Al día siguiente, Sebastián se fue a media mañana al trabajo, mientras yo continué descansando. Y es que la actividad física me había agotado de sobremanera.
Mi despertador sonó una hora antes de la cena, me levanté como resorte, para arreglarme aunque fuera un poco antes de que llegara Sebastián.
-¿Aún estás en tu habitación?- Preguntó mofándose de mí.
Salí del baño, luciendo decente y fingiendo indignación. No le dije nada, sino que pasé por su lado. Me detuvo por la muñeca y me dio una sonrisa de condescendencia. –Bebé, estás actuando como una chiquilla malcriada – sonreí, porque tenía razón, pero aquello era un juego, así que le volteé la cara para evitar verlo. Tomó mi mentón, obligándome a verlo, me besó. Uno de deseo, de hambre. –Quiero más de ti, Alexa – dijo sobre mis labios, paseando sus manos sobre mi cuerpo. Y en medio de ese beso, que me hizo sentir como una adolescente, me separé para verlo, y sonreír con una idea en la mente.
-¡Espera! –Me solté de su abrazo, para dirigirme al armario, donde saqué un aparato y el lubricante que había comprado algunos meses atrás. Salí con ellos en la mano, mientras Sebastián, achicó los ojos con una sonrisa evidente en su rostro. Lo que no sabía, era que ese aparato era para él. Sin encontrar oposición, le quité la camisa; luego, lo lancé sobre la cama bruscamente, podría decir que hasta rebotó en ella. Me subí sobre él, desabroché el pantalón, sin mucha complicación saqué su falo, que ya estaba listo para la acción. Sebastián me observaba deseoso, incluso colocó sus brazos detrás de su cabeza para contemplar mejor lo que le haría.
Inicié lamiendo, luego lo fui introduciendo a mi boca, subiendo y bajando, exigiendo en cada movimiento un poco más del pedazo de carne, hasta que mis labios tocaron su base. Cada vez que llegaba a la punta, tenía oportunidad de ver a Sebastián, que se había acomodado una almohada debajo de su cabeza para estar en un mejor ángulo, hasta que eventualmente se entregó al placer cerrando los ojos. Aproveché ese momento y puse un poco de lubricante sobre mi mano, para pasar a masturbarlo. Como si fuera posible, lo sentí tensarse más entre mis manos calientes, dándole un aspecto más largo y grueso, casi podía sentir la sangre fluyendo por sus venas.
Encendí el artefacto en el primer nivel, y aunque Sebastián abrió los ojos por el sonido, lo utilicé como si fuera mi boca. El masturbador vibraba con suavidad, e hice el mismo juego, introducirlo de apoco, hasta que Sebastián se dejó llevar de nuevo por la sensación. Tomé una de sus manos, guiándolo para que sostuviera el aparato, y obedeció. Eso me dio la oportunidad de concentrarme en otras áreas de su cuerpo.
Deslicé mis manos por sus piernas, terminando de remover todas las prendas de su cuerpo. Mi toque, lo hizo reaccionar de manera automática, dándo pequeños saltitos involuntarios. Me gustó. Luego me paseé por sus brazos, por su estómago, su pecho, sus tetillas, y en todo el trayecto reaccionaba. Sonreí. Pero mi cometido era otro. Viajé al escroto, le di un ligero masaje, aunque algo dentro de mí se formaba, haciéndome lanzarme a lamerlo y succionarlo depravadamente. Sebastián se removió, jadeante. Era tan placentero verlo disfrutando.
Me puse un poco más de lubricante en los dedos, y mi pulgar se posicionó en el ano de él.
-¡¿Qué demonios Alexa?! –Se levantó sobre sus codos, con una mirada de impresión y temor.
-¡Sebs! ¡Relájate! – lo reprendí, sosteniéndole la mirada.
-¡Dios! –Se tiró de nuevo a la cama, cubriendo su rostro con un brazo, aceptando su derrota. Por algún motivo, su reacción me divirtió.
-Sebs, prometo que no voy a lastimarte – tomé una actitud muy seria, porque en definitiva me preocupaba y por supuesto, quería que lo disfrutara.
-¡No es eso! ¡Mierda! –Se volvió a levantar sobre los codos. –Prométeme, que si te digo que pares, lo harás – me pidió, entre autoritario y suplicante; por lo que simplemente asentí.
Su espalda llegó a la cama una vez más, se colocó el masturbador y reiniciamos el proceso, sólo que pasamos por mayor velocidad por cada paso. Una de mis manos masajeaba el escroto, mientras la otra tenía el pulgar rosando el ano, y mi mirada estaba fija en las expresiones de Sebastián; que para sorpresa, pienso que incluso de él mismo, lo estaba disfrutando. Me abrió las piernas para darme más acceso, y fue como una señal para mí. Tengo que mencionarlo, en ese preciso instante, creí tener una vaga idea de lo que él sentía conmigo, fue revelador. Presioné el dedo suavemente sobre su cavidad, jadeó. Sonreí con perversidad y tuve que apretar mis piernas, porque sentí mi v****a palpitando. Fui metiendo en cada movimiento un poco más de mi falange, para cambiar mi atención a ese hueco donde se estaba perdiendo mi dedo. Solté el aire que tenía en mis pulmones, ni siquiera me percaté cuando lo había contenido, mi dedo estaba totalmente dentro. Lo giré con lentitud, sintiendo las paredes carnosas apretándolo, Sebastián me tomó con fuerza de la muñeca, fue cuando lo miré de nuevo, estaba totalmente contraído y tenso, con los ojos apretados. Repentinamente relajó el cuerpo, y unos ligeros espasmos se apropiaron de él. Estaba fascinada, eso había sido su orgasmo.
-¡Quítalo! ¡Quítalo por favor! –Retiré el pulgar de inmediato. –¡Quita esa cara, Alex! –Pero yo no sabía de lo que hablaba. –¡Eres una maldita enferma! –Se reincorporó asombrosamente rápido, poniéndose sobre de mí. –¡Mira lo que acabas de hacerme! –Habló mientras quitaba mi ropa con desesperación. –¡No tienes idea de lo que acabas de provocar! –Y tenía razón, no lo sabía.
Se puso de pie sobre mí, permitiéndome verlo en todo su esplendor. –¿Sabes qué me está diciendo? –Señaló a su pene, y me reí ante su ocurrencia. –Dice que debo castigarte, que eres una mujer sumamente malévola, que necesita aprender cuál es su lugar – mi sonrisa se borró.
-Sebs… - murmuré.
-¡Oh no, Bebé! Es mi turno – se posicionó con agilidad sobre mí, su glande ya estaba tocando mi entrada. –¿Sientes esto? –Se deslizó con suma facilidad, porque yo estaba chorreando. –Esto fue creado para entrar y salir de tú cuerpo – salió, para entrar de nuevo, pero con ímpetu; - tú fuiste hecha para recibir éste pedazo de carne, que se endurece por ti y para ti, para tu deleite. Bebé, tu trabajo es recibirme como en este momento, mojada. – Sus palabras fueron excitantes, me abracé con fuerza a su cuerpo, que no cesó de moverse dentro de mí, con frenesí, hasta hacerme llegar al orgasmo.