Nos transportó hasta mi recámara, donde ya estaba preparada la mesa con la cena, el vino y las velas. Abrió la puerta hábilmente conmigo en brazos, permitiendo que se escuchara sutilmente la música clásica.
-Sí, hay que recuperar la energía – dijo jocosamente, mientras me bajaba.
Actuó caballerosamente, me guió hasta el que sería mi asiento, abrió la silla, ayudándome a sentarme, y se dispuso a abrir la botella de vino. -Se supone que yo sería la que serviría - apreté mis labios avergonzada.
-No Alex, si te veo paseándote con ese atuendo, no vamos a cenar - me carcajeé ante su comentario. -Créeme, quiero probar lo que cocinaste - nuestras miradas se cruzaron y yo sonreí embelesada.
Había optado por salomón en una vinagreta de lima, acompañado de arroz, aguacate y galletas saladas; porque no quería tener que lidiar con algo caliente, y el embrollo de que la cena se enfriara por obvias razones. Entre la plática y risas, nos terminamos la botella de vino.
-Dígame Señora Hamilton, ¿quiere cumplir alguna otra fantasía? –Preguntó divertido, para después darle un trago a su copa de vino.
-Siendo totalmente honesta Señor Hamilton, sí – su expresión cambio, dándome una mirada lasciva. Caminé hacia mi cama, quedándome parada a un costado apunté hacia la cabecera.
Sebastián me alcanzó con rapidez, y cuando descubrió lo que había, su rostro era una mezcla de asombro y excitación. –Me quieres volver loco, ¿verdad Alex? –Para cuando me percaté, él ya estaba sobre mí, besándome.
Me fue empujando sobre la cama hasta que llegamos a la cabecera, y tuve que interrumpir el beso para poder darle indicaciones. –Esas dos son para las manos, y esas para los pies. –
-De acuerdo – y sin perder tiempo, comenzó a atarme acorde a mis indicaciones. Mis manos estaban sobre mi cabeza y mis piernas totalmente abiertas. Me abandonó en esa posición, y de pie sobre la cama, comenzó a quitarse toda su ropa, sin quitarme los ojos de encima. Se tiró de rodillas a escasos centímetros de mí, me dio una media sonrisa. –Lo siento – susurró, para después escuchar la tela de las bragas rasgándose.
Para mí consternación, no me penetró, sino que su mano formaba suculentos círculos sobre mi clítoris, haciendo que jadeara instintivamente. –¡Oh, Bebé! ¡Estás totalmente a mi merced! –Dijo con malicia, para inclinarse totalmente sobre mí, atrapando mi boca en un beso apasionado. Mordió mi labio, para bajar mordisqueando por mi cuello y se detuvo en mis senos, que se apresuró a sacar sobre el corset. Su lengua jugaba con mi pezón suavemente, para después darle la misma atención al otro. Lo vi arrastrarse para pegar su cadera a la mía, pero solo introdujo la punta en mi v****a, de nuevo torturándome.
-¡Por favor! –Supliqué.
-¿Qué pasa Bebé? –Pasó su tortura a mi ano, rosándolo solamente, mientras su mano seguía en mi clítoris. Era excesivamente delicioso. –¿Quieres que entre? –Pero no respondí, por lo que cambió a gran velocidad. –¿O prefieres que entre aquí? –Se hundió un poco más en v****a, y sólo pude gemir. –Sí, quieres que entre – terminó por penetrarme con lentitud, salía y entraba haciéndome sentir toda su longitud en mi interior, provocándome lo que parecía estar comenzando a acostumbrar: ansiedad.
-¡Sebs! –Estaba empezando a molestarme, pero sólo obtuve una risa de burla de su parte.
Aceleró sus movimientos, y alcanzó con su boca mi oído: –Me encanta que estés tan desesperada por mí - entonces la intensidad con la que se mantuvo, fue la suficiente para hacerme alcanzar el clímax.
-¡Espera Sebastián! –El malestar me invadió en un segundo.
-¿Qué sucede? –Se detuvo alarmado.
-¡Se me durmieron las piernas! –Lo escuché reírse, y se apuró a soltar los amarres de los tobillos, para retomar sus embestidas. –Aguanta un poco más Alex, por favor – dijo con voz suplicante. Y fue lógico para mí saber, que quería alcanzar el orgasmo una vez más. No podía ver su rostro, porque estaba totalmente sobre mí, sosteniendo su propio peso con sus brazos; pero sus siseos no tardaron en volverse jadeos, para terminar con unos gruñidos, que me hicieron saber había alcanzado su objetivo.
Tan pronto salió de mí, me desamarró las manos, para acostarme junto a él, abrazándome por la espalda. –Dime Alex, ¿estás teniendo muchas de éstas ideas? -
-¿De cuáles? –Me hice la occisa.
-SexuaIes – respondió directamente.
La verdad era que sí, mi imaginación se disparó cuando fui a la tienda de juguetes. Nunca pensé que el tema del sexo fuera tan variado, extenso, y que nosotros no hayamos sido tan abiertos desde un inicio, o tal vez no lo habíamos explorado lo suficiente; porque los dos éramos vírgenes cuando comenzamos a salir, pertenecíamos a familias conservadoras y tradicionalistas, por lo que no era algo extraño.
-Al parecer sí – me sacó de mis pensamientos.
-Sí, he estado con algunas… ideas. –¿Por qué me daba vergüenza aceptarlo? Habíamos vivido tanto juntos: crecido, madurado, descubierto… cometido errores.
-Creo que deberíamos poner ciertas reglas – un amago de preocupación fue notorio en su declaración.
-Supongo que no causarnos dolor físicamente es obvio – me adelanté, aseverando con seguridad.
-Ni sentimentalmente - agregó, haciéndome pensar, ¿cómo podría ser posible eso entre nosotros?