Gaby busca a Hans en la entrada. Es imposible controlar sus ansias de nena ingenua y emocionada.
Espera la hora de compartirlo con sus amigas. Que Hans Rice Mewer le ha besado el día anterior y le ha dicho que tiene unos ojos hermosos. Necesita verle de nuevo, hablarle, pasar tiempo con él. Se imagina pasear con él, tomados de las manos en una conversación que no acaba nunca.
— ¿Qué haces? –pregunta Carín al verla en la puerta de entrada. El reloj marca que falta un minuto para las ocho.
—Nada— dice—, ve entrando, enseguida entro… luego te cuento.
—No —contesta, Carín—. Están a punto de cerrarte la puerta en la cara, tonta. Anda, vamos.
Gaby entra con ella.
En el recreo va a buscarlo pero al no encontrarle, fisgonea por las ventanas del aula de cuarto.
—¿Buscas a alguien?— le pregunta través de la ventana. Es Melina, la conoce porque es la capitana del equipo que ha ganado la copa, el año pasado. Es gracias a ella que a Gaby le gusta el voleibol.
—Sí. No. Digo, sí… nada más quería saber si vino Hans… no lo veo por ninguna parte…
—Mewer no vino hoy —le dice con indiferencia— ¿Tu equipo se inscribe este año? —se refiere al campeonato.
—Sí, estamos ilusionadas, esperamos quitarles el invicto al menos una vez — Gaby ríe.
En la escalera se encuentra con Tania.
—¿No estabas suspendida… por tercera vez? —le dice, con saña.
—No sé, algo pasa… ¿te acuerdas de ayer, en religión, cuando esperaba que el gordo del regente me dé la citación para mi papá? Pues nada, que entró el nazi hecho un toro y le llamó a los gritos. El gordo se puso a temblar como gelatina y cerró la puerta de un golpetazo. Estaba que se orinaba encima, por suerte se olvidó que yo estaba ahí. Me salvé por chiripa.
—Capaz estaba de malhumor, como siempre.
—No, tonta. Es algo grave. Presiento que algo está pasando aquí y nosotras como boludas, nunca nos enteramos de nada…
—¿Pero qué va a pasar aquí algo? —con incredulidad—. Si pasa algo seguro y es aburrido.
—Vos eres tranquila por eso no sabes. No tenés idea.
Al final, como tiene el asunto de la inscripción al torneo de voleibol y está ocupada con otros deberes, se le hace imposible contarles. Pero al día siguiente, en la entrada, al verle llegar, todo a su alrededor se ilumina con su presencia.
Hans se ve diferente. Trae el pelo corto, estilo militar. Los rizos rubios que días antes rozaron su rostro ya no están más. Trae otra apariencia, un aire sutilmente extraño le envuelve. Gaby siente que algo en su interior ha cambiado pero en ese momento no le da mayor importancia. En ese momento le ve acercarse hacia ella y ella le espera con las manos abiertas.
Pero Hans pasa de largo.
Gaby se queda sin aliento, congelada en el tiempo. De pronto, la sonrisa en su cara se convierte en confusión.
—Hey, Gaby… ¿a dónde vas? El aula es al otro lado —le dice Rossy–. Actúas raro.
Gaby entra al aula preguntándose: ¿Por qué lo ha hecho? ¿Por qué Hans me ha ignorado? Piensa que quizás no la ha visto por la cantidad de gente que entraba, entonces era natural que no se fije en ella. Eso es lo que desea creer. Es lo que necesita creer. Es inútil tratar de pensar en otras cosas, es inútil tratar de concentrarse en clases, todo lo que hace es pensar en él.
Para sus amigas queda evidente que algo le ocurre.
—A ti te pasa algo —suelta Rossy, girándose para verla de frente.
—Estás rara, la verdad. Ya cuéntanos ¿no? —la apoya Carín, al otro costado.
—Mejor hablamos en el recreo, ¿les parece? —contesta con una voz entrecortada y eso hizo que sus amigas se queden preocupadas por ella.
—No, dale, muero de curiosidad. —insiste Carín.
—En el recreo… ahora no puedo —Gaby se mantiene firme.
A la hora del recreo, el camino de Gaby se cruza con el de Hans. Gaby se da cuenta. En ese momento su corazón se detiene. Apenas puede controlar el loco impulso de lanzarse a sus brazos y decirle que siente algo por él. Pero… ¿qué dirán sus amigas si hace aquello? A un costado de ella, no entienden lo que le ocurre.
—Ahí está otra vez, esa cara… ¿qué te pasa? —pregunta Rossy, con impaciencia. Ella no tiene ni la menor idea de que le pasa por dentro.
Esta vez, Hans vuelve a pasar de largo, como si no la conociera de nada. En ese momento Gaby empalidece. Esperaba todo menos que Hans hiciera eso. Puede escuchar como su corazón se quiebra en pedazos.
—Oye Gaby… ¿qué te sucede? —Carín suena preocupada por ella.
Tiene que contarles, pero después de ese duro golpe, ya no tiene las fuerzas para hablar. Esta vez no piensa volver a clases. A pesar de que no llegó a contarles que Hans le ha besado, se siente avergonzada y humillada frente a ellas.
—Necesito ir al baño —se excusa y se aparta de ellas a paso rápido, y nervioso. Se desvía del camino y se va al aula que el año pasado usaban para oratoria pero en ese momento permanece clausurado. No hay una versión oficial pero se escuchan ciertos rumores que tenía que ver con el s******o de Margot Dumblin. Sean ciertas o no, en ese momento para Gaby, carecen de importancia, solo era un buen lugar para ocultarse y llorar.
No entiende a Hans… ¿por qué actuaba de esa forma? Ella necesita entenderlo. Mientras intenta calmarse, suena el timbre de la salida. Escucha las alegres voces de sus compañeros, dispuestos a regresar a sus hogares. Reconoce la voz de Rossy, preguntándose dónde se ha metido ella. Solamente sale de su escondite cuando en los pasillos ya no queda nadie más.
La escuela está desierta, el sonido de sus pisadas, en esos amplios pasillos de escuela privada, hacen un eco insoportable. Se arrepiente por esperar hasta lo último para salir. Acelera el paso. Quedarse encerrada es lo que ahora teme, sus pies temblaban, nunca antes se ha quedado sola en la escuela. Cuando está a punto de poner un pie a la calle, se da cuenta que ha dejado su bolsón deportivo.
—¡Maldita sea! —tiene que regresar al aula. El sonido de sus pisadas, le hacen estremecer, está cada vez más nerviosa. Siente que alguien más está ahí a sus espaldas—. Tranquila tonta… sólo eres vos, no seas miedosa...—se dice a ella misma, mientras se acomoda el cabello, trata de calmarse, pero entonces la sensación de que alguien la mira se hace mucho más intensa, hasta que se obliga a darse vuelta para comprobarlo.
Es Hans.
—Te busqué a la salida —le dice él, mientras tuerce levemente la cabeza a un lado. Se ve relajado, como la primera vez en los camerinos, no como el que hace un par de horas ha pasado de ella. Sin embargo ese aire extraño en él permanece. Algo le ocurre, es evidente para Gaby. Quiere preguntarle si le pasaba algo pero en ese momento está muda. Todo su cuerpo temblaba y suda.
Hans ya no lleva el uniforme de la escuela, en cambio luce una remera negra que marcaba sus hombros y brazos bien formados y un jeans que delineaba sus piernas de futbolista. Se fue acercándose lleno de confianza en sí mismo.
Sus pies parecen dos troncos tiesos, no se mueven aunque quiera retroceder. Hans se detiene a menos de un paso y vuelve a besarla. Esta vez Gaby quiere decir algo pero como siempre las palabras se desvanecen de su boca. Sin embargo busca en su rostro algún indicio que responda a sus dudas. Es inútil. Lo único que hace Hans es contemplarla, no parece que quiera algo más que eso.
—Tengo que regresar —susurra en su oído mirando hacia afuera, a la cancha de futbol. Gaby se da cuenta que en realidad no es tan tarde como suponía, es habitual que a la salida, los de último año se queden a practicar. Pronto ella y sus amigas harían lo mismo.
Mientras razona en todo eso, Hans ha desaparecido de su vista. Permanece un largo rato inmóvil. La sensación en sus labios sigue haciéndole un intenso efecto. Está convencida de que a Hans le gusta.