Capítulo 7: Damian ahora es el jefe

997 Words
Capítulo 7: Damian ahora es el jefe Nos miramos fijamente a los ojos. En un instante que pareció eterno, Damian me había exigido prácticamente sin palabras que me sometiera a él. Los ojos de este hombre dejaron un rastro de fuego sobre mí, como si estuviera consumiéndome la ropa, la piel, hasta que me sentí desnuda y despojada, con todas mis debilidades expuestas. Quería huir y esconderme, pero me sentía inmovilizada. Sentí la mano de Damian cuando deslizó la mano por mi garganta, luego me quitó la chaqueta por los brazos, haciendo que cayera al suelo. Tomó el tirante dorado de mi vestido que llevaba debajo y me lo deslizó por el hombro. Solo lo miraba sin saber porque me estaba entregando tan fácil a la fuerza de atracción que se empezaba a formar entre nosotros, siendo el corazón comenzó a latirme con fuerza. Con la punta del dedo, Damian bajó el tirante por mi pecho hasta llegar al pezón. Luego, se inclinó hacia mí y sus labios rozaron mi suave piel que había expuesto. Ahogué un jadeo cuando su mano se enredó en mi pelo, cuando su boca buscó la mía se detuvo pareciendo reaccionar y entonces se apartó, la puerta de la casa rodante se movió. Damián salió dejándome sola. Me quedé de piedra notando que el corazón me latía con fuerza bajo la mano. Me toqué donde mi esposo me tocó notando que me había dejado una pequeña marca roja en la suave curva de mi pecho. ¿Me había marcado? ¿quién se creía? ¿un animal? Miré la cama sin hacer, y me dejé caer en una de las sillas junto a la mesa de la cocina e intenté asimilar la ironía de todo aquello, ahora caía en cuenta de que sí, yo le pertenecía a él y que posiblemente cabía la posibilidad de que consumiéramos el matrimonio. Yo siempre quise... guardarme para el matrimonio, mi madre lo sabía, antes solía soltar eso en broma para divertir a sus amigos mientras yo me tragaba la vergüenza y fingía reírme con ellos. Cuando ya cumplí los veintitrés años, mi madre dejó de anunciarlo en público. Ahora que tenía veintiséis, me consideraba una reliquia victoriana más aún porque la mayoría me veía y creía que era una puta loca y fiestera. Cuando era niña, veía la ida y vuelta de la puerta del dormitorio de mi madre y supe que nunca podría ser como ella. Deseaba con toda el alma ser considerada una mujer respetable. Incluso hubo un tiempo en que pensó que lo había conseguido, pero una cosa era aparentar serlo y otra muy diferente era serlo. Una vez conocí a un empresario de cuarenta años y era ejecutivo en una editorial británica. Era un hombre: caballeroso, inteligente y bien educado. No fue difícil enamorarse de él. Incluso así, no pude olvidar mi timidez, no me hacía sentir completamente bien, o lo suficientemente bien para querer acostarme con él. Al principio, mi negativa lo irritó, pero poco a poco él comprendió lo importante que era aquello para mí y me propuso matrimonio. Yo acepté entusiasmada y viví en una nube rosa durante los días que faltaban para la ceremonia. Mi madre fingía estar encantada, porque entonces, a pocos meses de la boda, mi madre lo sedujo y lo enamoró, ella era... alguien que siempre conseguía lo que quería y de seguro no quería quedarse sola. —Lo hice por ti —me había dicho cuando descubrí la verdad— Quería que abrieras los ojos y vieras lo hipócrita que es. Dios mío, habrías sido muy desgraciada si te hubieras casado con él. Había tomado mis cosas para irme, tenía el corazón roto pero fue cuando mi madre intentó suicidarse y tuve que desistir a que mi madre tenía razón. Me arreglé mi ropa y suspiré saliendo del recuerdo amargo. Creo que era la primera vez que pensaba realmente en entregarme, es decir, ya estaba casada, aunque no enamorada, puede que ligeramente seducida por un hombre atractivo. ¿Era patético? Suspiré, el tipo de suspiro que salía desde lo más profundo de mi alma porque no tenía palabras para expresar mi sentimientos. Para otras mujeres el sexo resultaba fácil. Yo aun no lo comprendía, me había prometido a sí misma que nunca tendría relaciones sexuales fuera del matrimonio y ahora estaba casada. Pero, irónicamente, mi marido era más desconocido para mi que cualquiera de los hombres que había rechazado. El hecho de que fuera tan brutalmente atractivo no cambiaba las cosas. Ni siquiera podía imaginar entregarme a alguien a quien no amara. Volví a mirar la cama. Me levanté y me acerqué a la cama. Algo que parecía una cuerda negra asomaba bajo unos vaqueros tirados de cualquier manera sobre las arrugadas sábanas azules. Me incliné para tocar la tela de los vaqueros, desgastada por el uso, y deslicé un dedo por la cremallera abierta. ¿Cómo sería ser amada por ese hombre? ¿Despertar cada mañana y ver la misma cara mirándola desde el otro lado de la almohada? ¿Tener una casa y niños? ¿Un trabajo? ¿Cómo sería ser una mujer normal? Aparté los vaqueros a un lado y di un paso atrás al ver lo que había debajo. No era una cuerda negra, sino un látigo. El corazón comenzó a latirme con fuerza. ¿Para qué usaba este látigo? Damián había insinuado que habría consecuencias si no le obedecía, y cuando yo le había preguntado cuáles serían, había contestado que lo descubriría yo misma esa noche. ¿Se refería a que le gustaba el sadomasoquismo? No me iba eso de azotar o así, no lo sé, me aceleraba el pulso. Intenté normalizar la respiración. Si me llegaba a poner una mano encima, llamaría a la policía. No sería víctima de la violencia de ningún hombre por muy desesperadas que fueran las circunstancias. Seguramente había una explicación sencilla para todo eso, el látigo e incluso esa amenaza. O eso esperaba.
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