Capítulo 6: ¡Me niego a vivir aquí!
Atontada, me dejé caer contra el asiento. A pesar de mi optimismo, era incapaz de encontrar una luz al final del túnel.
Habían muchas jaulas, muchos animales, y al fondo estaban carpas donde me imaginaba vivían los cuidadores, además de muchos animales en sus jaulas, había también mucho personal pero en su mayoría no parecía importarle como vivian, esto no parecía un zoologico, parecía ser el lugar de animales mientras los venden para los zoologicos.
No podía creer lo que mi padre había hecho, me casó a mí; a su única hija con un hombre que era dueño de un zoologico, no me amaba, mi padre nunca me amó.
—¿Por qué parece un circo?
—Damos funciones, no es tan diferente.
—¿Por qué dice eso?
—Pronto lo averiguarás —la respuesta sonó ligeramente diabólica.
Mi esposo aparcó la camioneta al lado de las demás, apagó el motor y salió. Para cuando yo me bajé, él ya había sacado las maletas de la parte trasera y había echado a andar cargando con ellas.
Los altos tacones que se me ocurrieron ponerme se hundieron en el terreno arenoso y me tambaleó mientras seguía a Damian. Todos dejaron lo que estaban haciendo y clavaron los ojos en mí. La rodilla se asomaba por el ancho agujero de las medias, la chamuscada chaqueta de raso se me caía de un hombro y los zapatos se hundían en algo demasiado blando.
Asco, yo daba asco.
—¡Señor Geld!
Él pareció no oírme o no le importó y siguió caminando hacia la hilera de caravanas. Ella restregó la suela del zapato por la arena, llenándoselo de polvo durante el proceso. Con una exclamación ahogada, yo empecé a andar de nuevo.
Damián se acercó a dos vehículos que estaban aparcados uno al lado del otro. El más cercano era una moderna caravana plateada con una antena parabólica. Al lado había otra caravana abollada y oxidada que parecía haber sido verde en otra vida.
«Que no sea lo que creo que estoy pensando...»
Él se paró ante la fea caravana verde, abrió la puerta y desapareció en el interior. Me quedé pálida, luego me di cuenta de que estaba tan entumecida emocionalmente que ni siquiera era capaz de sorprenderme.
Él reapareció en la puerta un momento después y me acerqué tambaleándome hacia él.
En efecto, mi peor temor, esta era la casa donde viviríamos.
—Hogar, dulce hogar, Lindura. ¿Quieres que te suba en brazos para cruzar el umbral?
A pesar del sarcástico comentario, lo miré y dije:
—Sí, gracias.
Algo amable para variar.
—¿Estás jodiendo?
—¿Quiere o no quiere hacerlo? —repliqué.
—No quiero.
Intenté disimular mi decepción.
—Vale.
—Es una camión rodante.
—Ya lo veo. —me limité a decir, notando que por primera vez me daba tantas explicaciones.
—Ni siquiera creo que esto tenga umbrales.
—Si hay una puerta, hay un umbral. Incluso un iglú tiene umbral.
Por el rabillo del ojo, noté que personas se acercaban. Damián también se dio cuenta.
—Vamos, entra. —dijo Damián.
—Es usted quien se ha ofrecido. —repliqué.
—Estaba siendo sarcástico.
—Ya me he fijado que lo hace mucho. Y por si nadie se lo ha dicho nunca, es una costumbre molesta.
—Entra.
No me moví, permanecí en el escalón, con las rodillas temblorosas, pero intentando mantenerme firme.
—Le agradecería que por lo menos tuviera la decencia de cumplir esa tradición.
—Por el amor de Dios. —Él bajó de un salto, me levantó en brazos y me llevó al interior, cerrando la puerta de una patada. Al momento me dejó bruscamente en pie.
Antes de poder decidir si había ganado o perdido esta batalla en particular, fue consciente de lo que me rodeaba y me olvidé de todo lo demás.
—¡Ay, Dios!
—Herirás mis sentimientos si me dices que no te gusta.
—Es horrible.
El interior era incluso peor que el exterior. Estrecho y desordenado, olía a moho, a viejo y a comida rancia. Delante de había una cocina en miniatura, el mostrador de fórmica color azul desvaído estaba astillado. Los platos sucios estaban amontonados en el diminuto fregadero y había una cacerola con una gruesa costra sobre el fogón, justo encima de la puerta del horno, que estaba sujeta por un trozo de cordel. La raída alfombra había sido dorada en otro tiempo, pero ahora tenía tantas manchas que su color sólo podía describirse recurriendo a alguna función
corporal. A la derecha de la cocina, la descolorida tapicería a cuadros del pequeño sofá apenas era visible debajo de la pila de libros, periódicos y ropa masculina.
Había armarios de matal y una cama revuelta.
Quería vomitar o morirme o vomitar hasta morir mejor dicho.
—¿Dónde están el resto de las camas?
Él me miró sin expresión, luego pasó junto a las maletas que había dejado en medio del suelo.
—Esto no una suite. Es todo lo que hay.
—Pero... —cerré la boca. Tenía la garganta seca y un vacío en el estómago.
La cama ocupaba la mayor parte del fondo del lugar y estaba separada del resto por un alambre que sostenía una descolorida cortina color café que en ese momento estaba recogida contra la pared. Sobre las sábanas había algunas ropas enredadas, una toalla y algo que parecía ser un pesado cinturón n***o.
—El colchón está limpio y es cómodo —dijo él.
—Estaré más cómoda en el sofá.
—Como quieras.
Damián se vació los bolsillos en la desordenada encimera de la cocina: algunas monedas, las llaves de la camioneta y la cartera.
—Vivía en otra caravana hasta hace una semana, pero era muy pequeña para dos personas, así que me mudé a ésta. Es una pena que no haya tenido tiempo para llamar al decorador. —dijo como si le diera pesar—Puedes meter tus cosas en el armario que tienes detrás. Empezamos a trabajar en una hora; no te acerques a los elefantes.
«¿Y yo iba a trabajar también?»
—En realidad, no creo que pueda vivir aquí —dije—Está asqueroso.
—Tienes razón. Supongo que necesita el toque de una mujer. Encontrarás productos de limpieza debajo del fregadero.
Él pasó por mi lado en dirección a la puerta, entonces se detuvo. Estupefacta, vi cómo se acercaba de nuevo a la encimera, tomaba la cartera y volvía a meterla en el bolsillo.
Me sentí profundamente ofendida.
—No pensaba robarle.
—Por supuesto que no. Pero es mejor no tentar a la suerte. —Damián me rozó el brazo con el pecho cuando volvió a pasar junto a ella hacia la puerta—. Hoy empezamos a las cinco y algo.
—¡Deténgase ahora mismo! ¡No puedo quedarme en este horrible lugar y no voy a limpiar toda esta porquería!
Él miró con aire distraído la punta de su bota, luego levantó la vista. Me lo quedé mirando aquellos ojos dorados y sentí un escalofrío.
Él levantó lentamente la mano, y yo me sobresalté cuando la cerró con suavidad alrededor de mi garganta. Sintió la ligera aspereza del pulgar cuando le rozó el hueco bajo la oreja con algo que parecía una caricia.
—Escúchame con atención, Lindura—dijo él con suavidad—Podemos hacer esto por las buenas o por las malas. De un modo u otro voy a ganar. Tú decides cómo quieres que sea.