Capítulo 5: ¿Donde se supone que vamos?
Estaba mareada y el olor a cigarro invadía casi todo mi cuerpo. El avión, según había descubierto, se dirigía a Carolina del Sur, una bonita ciudad para variar, tal vez era una señal de que todo mejoraría.
Primero, el estirado y poderoso señor Damian Geld se negó a aceptar el plan. Luego me había saboteado el equipaje. Cuando el chófer descargó una sola maleta del maletero en lugar del juego completo que yo había preparado, pensé que era una equivocación, pero no fue asi.
—Viajaremos con poco equipaje. Le ordené al ama de llaves que lo rehiciera por ti durante la ceremonia.
—¡Nadie tenía el derecho de hacer eso!
—Vamos.
Él tomó su propio y ligero equipaje, y me quedé mirando con asombro cómo echaba a andar sin dejarle otra opción que seguirlo. Por Dios ni caballeroso era, apenas podía cargar con mi maleta; mis tobillos se tambaleaban sobre los altos tacones mientras me arrastraba tras él.
Sintiéndome desgraciada y cohibida, me había dirigido a la entrada, donde todo aquel que pasaba notaba las medias agujereadas, el vestido quemado y la gardenia mustia de mi asquerosa ropa.
Cuando Damian desapareció en los aseos, me apresuré a comprar una nueva cajetilla, pero después me di cuenta de que sólo tenía un billete de diez dólares en el bolso, y ése era todo el dinero que tenía. Las cuentas estaban bloqueadas y las tarjetas de crédito canceladas. Por lo tanto, volví a guardar el billete en la cartera y le pedí un pitillo a un atractivo ejecutivo.
En cuanto lo apagué, Damian salió de los aseos y al ver cómo iba vestido sentí un vuelco en el estómago. El oscuro traje sastre había sido reemplazado por una camisa vaquera, desgastada por infinidad de lavados, y unos vaqueros tan descoloridos que parecían casi blancos. Los bajos deshilachados del pantalón caían sobre unas botas camperas de piel llenas de rozaduras.
Llevaba la camisa remangada, mostrando unos fuertes y bronceados antebrazos ligeramente cubiertos de vello oscuro y un reloj de oro con una correa de piel.
Me mordisqueé el labio inferior cuando él se acercó cargando la maleta con facilidad por el asa. Los ceñidos pantalones revelaban unas piernas musculosas y unas caderas estrechas. A mi madre le hubiera encantado.
—Vamos. Acaban de hacer la última llamada.
—Señor Damian Geld, por favor, no creo que quiera hacer esto. Si me prestara sólo la tercera parte del dinero que legítimamente me pertenece, podríamos poner fin a esta situación.
—Le hice una promesa a tu padre y nunca falto a mi palabra. Quizá sea un poco anticuado, pero es una cuestión de honor.
—¡Honor! ¡Se ha vendido! ¡Dejó que mi padre le comprara!
—Tu padre y yo hicimos un trato y no voy a romperlo. Por supuesto, si insistes en marcharte, no te detendré.
—¡Sabe que no puedo hacerlo! No tengo dinero.
—Entonces, vámonos. —Él sacó las tarjetas de embarque del bolsillo de la camisa y se puso en marcha.
Con el estómago revuelto, me percaté de que no tenía otra alternativa que seguirlo, y tomé la maleta. Delante de mí, Damian había alcanzado la última hilera de sillas, donde un adolescente estaba sentado fumando. Cuando mi nuevo marido pasó junto al chico, el cigarrillo de éste comenzó a arder.
¿Acaso era por su culpa?
Unas dos horas después nos encontrábamos bajo un sol resplandeciente en el aparcamiento del aeropuerto, observando la camioneta negra de Damian; tenía el capó cubierto por una gruesa capa de polvo y la matrícula de Florida casi ilegible por el barro seco que la ocultaba.
—Déjala ahí detrás. —Damian lanzó su propia maleta sobre la camioneta, pero no se ofreció a hacer lo mismo con la mía, igual que no se había ofrecido a llevármela en el aeropuerto.
Rechiné los dientes. Si pensaba que iba a pedirle ayuda, podía esperar sentado. Me dolieron los brazos cuando intenté lanzar la voluminosa maleta a la parte trasera. Pude sentir los ojos de Damian sobre mí y, aunque sospechaba que al final agradecería todo lo que el ama de llaves había metido en la maleta, en ese momento habría dado cualquier cosa por que aquel diseño de diseñador fuera más pequeño.
Tomé el asa con una mano y sujeté la parte inferior de la maleta con la otra. Con gran esfuerzo, tiré de ella.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó él con falsa inocencia.
—No..., gra... cias. —gruñí.
—¿Estás segura?
Cuando por fin consiguí alzarla para empujarla con el hombro hacia dentro, no tenía suficiente aliento para contestar. Sólo unos centímetros más. Un poco más...
Con un grito de consternación, la maleta y yo caímos hacia atrás. Grité al impactar contra el pavimento, luego chillé de pura rabia. Con la mirada clavada en el cielo me percaté de que la maleta había amortiguado la caída y evitado que me lastimara. También me dio cuenta de que había caído de manera desgarbada, con la corta falda ciñéndole los muslos, las rodillas pegadas y los pies extendidos.
Unas oscuras botas camperas se acercaron. Deslicé la mirada por los muslos que se perfilaban bajo los vaqueros y por el ancho pecho y, al llegar a aquellos ojos que brillaban con diversión, recuperé mi dignidad. Juntando los tobillos, y me apoyé en los codos.
—Esto es justo lo que pretendía.
La risa del hombre fue ronca y oxidada, como si no se hubiera reído en mucho tiempo.
—Si tú lo dices.
—Así es. —Con toda la dignidad que pude reunir, me impulsé sobre los codos hasta quedar sentada.
—Tú lo que necesitas es un vigilante, Lindura, no un marido.
—¡Deje de llamarme así!
—Agradéceme que te llame así. —tomó el asa de la maleta y la lanzó con facilidad sobre la parte trasera de la camioneta como si no pesara más que mi orgullo. Luego tiró de ella hasta ponerla en pie. Abrió la puerta de la camioneta y la empujó al sofocante interior.
Ya ni hablé más.
Viajábamos por una carretera de doble sentido que se dirigía tierra, como había esperado.
Matorrales y maleza bordeaban ambos lados de la carretera y el aire caliente que entraba por las ventanillas abiertas de la camioneta me agitaba los cabellos contra las mejillas.
—¿Podría encender el aire acondicionado? Se me enreda el pelo.
—Lleva años sin funcionar.
Realmente la respuesta ni me sorprendió. Los kilómetros pasaron volando y los signos de civilización escaseaban cada vez más.
—¿Podría decirme adonde nos dirigimos?
—Es mejor que lo veas por ti misma.
—Eso no suena muy esperanzador.
—Por decirlo de una manera suave, donde vamos no hay salón de cóctel.
—¿Es usted vaquero o algo así?
—¿Parezco?
—Responde a una pregunta con otra.
—Uhm.
No dijo nada más y eso ya me hartaba.
Miré por la ventanilla el hipnótico paisaje de la carretera. Totalmente ensimismada, vi una casa desvencijada con un árbol en el patio delantero lleno de comederos de pájaros hechos de calabaza. El aire caliente los movía. Cerré los ojos y me imaginé fumando.
O lo intenté.
No me había dado cuenta de lo mucho que dependía de la nicotina. En cuanto me adaptara a la nueva situación, tendría que dejar de fumar. En cuanto llegara a mi nueva vida, tendría que replantearme muchas cosas.
Si me apetecía un cigarrillo, saldría a fumármelo a la terraza, al lado de la piscina.
Un poco más tarde, desperté del ruido de la camioneta. Me incorporé bruscamente, abrí los ojos y solté un grito ahogado de asombro.
—¿Pasa algo?
—Dígame que eso no es lo que creo que es.
—Es difícil confundir a una girafa con otra cosa.
Era una girafa. Una girafa de verdad. La bestia tomó una gran cantidad de hojas de un arbol y empezó a masticarlo.
Debía de estar durmiendo aún, esto no podía ser posible.
—Dígame que estamos aquí porque quiere llevarme al circo.
—No exactamente.
—¿Va a ir solo?
—No.
—Sé que no le gusto, pero, por favor, dígame que no trabaja aquí.
—Soy el gerente.
—¿Gerente de un circo?—repetí casi en un chillido.
—No, de un zoologico.