Capítulo 9: Damián el oscuro artista
Iba vestido con un traje muy llamativo, una camisa blanca de seda con las mangas abullonadas y los holgados pantalones negros remetidos en unas botas altas de cuero que se le ajustaban a las pantorrillas, encima de eso, un saco rojo con detalles dorados, como todo un rey... o su parodia, porque este era su reino; el circo.
También llevaba un látigo enrollado colgando de la silla de montar y, con alivio, me di cuenta de que había dejado volar la imaginación, el látigo no era sadomasoquismo, era porque él controlaba a los animales.
El látigo que había visto sobre la cama no era nada más que uno de los articulos que Damián utilizaba en este lugar.
Creo que me había quedado sorprendida, lo observaba inclinarse sobre el lomo del caballo para hablar con el maestro de ceremonias, recordé que había hecho unos votos sagrados que me vinculaban crudamente a ese hombre y supe que ya no podía ignorar más su conciencia.
No podía negar que aceptar casarme con él era la cosa más cobarde que había hecho nunca. Había dudado de mí misma, de mi habilidad para cuidarme sola; debía haberme negado al chantaje de mi padre y haberme buscado la vida, aunque eso significara ir a la cárcel.
¿Sería así como viviría el resto de mi vida? ¿Evitando responsabilidades? No fue hasta este momento en que realmente estuve muy decepcionada de mí. Me sentí avergonzada al recordar que había hecho esos votos sagrados sin intención de cumplirlos y supe que de un modo u otro tenía que cumplir mi puta palabra.
No fue hasta este momento que empezaba a aceptar que no iba a poder vivir conmigo misma a menos que intentara cumplir esta promesa, ahora era un reto, algo que debía hacer o de lo contrario sentiría que fui todo un fracaso.
El que fuera a ser difícil no lo hacía menos necesario.
Suspiré, me sentía ridicula, ¿Cómo podía honrar los votos hechos a un desconocido? Claro que ahora ese desconocido era mi esposo.
En ese momento Damián me miró. Me estremecí.
Vaya que esa mirada fija era capaz de entrar a mi alma. Me volvía tímida el hecho de hablar con él ahora, pero no tenía escapatoria, además, era prácticamente la única persona que conocía aquí.
No aparté la mirada del enorme caballo que él montaba, y que parecía más feroz según se acercaba a mí. El animal estaba adornado con uchos accesorios dorados, una silla de montar. Damián parecía un dios del inframundo.
Me miró desde arriba cuando se detuvo frente a mí.
—¿Dónde te habías metido?
—He estado explorando.
—Hay gente poco recomendable rondando por el circo. Hasta que sepas cómo es esto, quédate donde pueda verte.
Vaya señor mandón.
Ya que acababa de prometerme a mí misma que iba a cumplir los votos matrimoniales, me tragué mis posibles malas respuestas porque sí, él tenía razón.
—De acuerdo. —me limité a decir.
Me comenzaron a sudar las manos cuando el caballo dio otro paso hacia mí, me sobresalté y él hizo un ruido que me sobresaltó.
—¿Es tuyo? —pregunté.
—Sí. Es el lider —respondió.
Me di cuenta cuando vi como guiaba a los demás animales antes.
—Ya veo.
—Entra y echa un vistazo a la función.
Él agitó las riendas y retrocedí asustada con rapidez.
—¡Oye! Eso me asusta —grité histerica.
Él la miró por encima del hombro con la comisura de la boca ligeramente curvada.
Damián solo se rio entre dientes, regresó a su lugar en la fila junto al
resto de los artistas.
Entre más lo veía, más extraño lo veía, tenía un humor n***o, un caracter ligeramente protector hacia mí y a la vez desesperante, aun no lo conocía en lo absoluto.
Aún me sentía acalorada cuando rodeé a los animales y entré en la carpa por la entrada trasera. Encontré un sitio libre en las gradas. Eran tablones de madera blanca, duros y estrechos, sin otro lugar donde apoyar los pies que el asiento de los espectadores de la fila de abajo.
Pero rápidamente olvidé la incomodidad al ver la excitación de los niños de alrededor. Me encantaban los niños cuando estaban así de felices. Aunque nunca se lo había dicho a nadie, mi sueño secreto había sido dar clases en una guardería.
Las luces se atenuaron y un redoble de tambores sonó en creciendo mientras un foco iluminaba al maestro de ceremonias en la pista central, cuando empezó. La música estalló, tocada por una banda que constaba de dos músicos con tambores. Comenzó a sonar una animada música y en la pista entró un caballo blanco con una chica que portaba la bandera americana en su traje como si se tratara la mujer maravilla. Los demás artistas la siguieron portando coloridos estandartes, sonriendo y saludando con la mano a la multitud.
Entraron acróbatas y eso sin duda capturó toda mi atenión, eran
tres hombres guapos y musculosos, también vi a la pequeña Hada maleducada, ella estaba vestda con lentejuelas doradas, mallas brillantes y muchísimo maquillaje. Sobre su cabello en ondas, había una diadema de brillantes y rubíes de imitación que brillaba muchísimo.
Suponía que su hermano era el de la derecha y a su izquierda. Eran hombres musculosos y de estatura media, que me recordaba a unos chicos duro de la calle. Los seguía un grupo de jinetes, payasos, malabaristas y leones.
Damián entró solo en la arena, a lomos de su enorme caballo, y a diferencia de los demás artistas no hacía gestos con las manos ni saludaba. Mientras daba vueltas por la pista, parecía un ser tan distante y misterioso como su corazón.
No era ajeno a la presencia de la gente, pero de alguna manera permanecía aislado y le daba una extraña fascinación a todo lo que estaba ocurriendo dentro del lugar.
La multitud se animó cuando los elefantes cerraron el desfile.
La función había empezado.