Capítulo 10: ¿Eres un pervertido?

1460 Words
Capítulo 10: ¿Eres un pervertido? Salieron unos trapecistas voladores haciendo un acto que me dejó impactada y con la boca abierta, las luces se apagaron y la música se desvaneció. Un foco azul iluminó al maestro de ceremonias, el único que ocupaba la oscura pista central donde una misteriosa voz empezó a contar una leyenda de un hombre heredero de un reino europeo que participó en la guerra y murió, y luego lo presentó como acto. Sentí un estremecimiento de excitación, a pesar de que no se creía ni una palabra de la historia que había oído. Pero mi sorpresa fue más cuando presentaron a Damián, las luces subieron de intensidad, la música resonó y Damián entró en la pista a todo galope a lomos de su caballo n***o. Las mangas de su camisa blanca ondeaban y las joyas de la cintura parecían gotas de sangre roja. El poderoso hombre se elevó sobre las patas traseras. Desafiando la gravedad, Damián levantó los brazos por encima de la cabeza, permaneciendo montado sólo con la presión de las poderosas piernas. El caballo bajó y Damián desapareció frente a los ojos de todo el mundo. Me quedé boquiabierta al verlo reaparecer, de pie sobre la silla de montar. Mientras su montura galopaba alrededor de la pista, él realizó una serie de proezas diestramente ejecutadas que eran a la vez atrevidas y dramáticas. Finalmente se hundió en la silla y tomó el látigo, ejecutando un gran arco sobre su cabeza, haciéndolo resonar tan fuerte que la gente de la primera fila pegó un salto. Habían introducido algunos accesorios en la pista durante la presentación: una hilera de dianas con cintas y coronadas con globos púrpura. Dando una vuelta sobre la pista, Damián hizo estallar los globos uno a uno, y una brillante explosión roja, como gotas de sangre, surcó el aire con cada chasquido del látigo. Uno de los focos iluminó un candelabro con seis brazos enormes. Damián hizo girar el látigo en un hipnótico arco sobre su cabeza para apagar las velas. El público aplaudió, incluso los de las filas traseras habían podido obtener una buena visión del espectáculo. Damián bajó con gracilidad a la arena y el caballo se alejó trotando fuera de la carpa. Las luces se atenuaron hasta que sólo el quedó iluminado por el foco cuando espectáculo de fuego empezó a aparecer. El público soltó un grito ahogado, se apagaron las luces y Cuando las luces se encendieron de nuevo, Damián había desaparecido. **** —¿Qué coño haces aquí fuera? Abrí los ojos de golpe y, alcé la vista, vi los mismos ojos dorados que ahora atormentaban mis pesadillas. Por un momento, no pude recordar dónde estaba, pero luego me vino todo a la cabeza: Damián, la boda, el látigo, fuego... Fui consciente de las manos de Damián en mis hombros, era lo único que me había impedido caerme de la camioneta cuando él había abierto la puerta. Me había escondido allí porque no tenía valor para pasar la noche en aquella caravana donde sólo había una cama y un desconocido de pasado misterioso que blandía látigos. Me moví hacia el centro del asiento, alejándome de él todo lo que pude. —¿Qué hora es? —Algo más de medianoche. —Él apoyó una mano sobre el marco de la puerta y me miró con esos extraños ojos color ámbar que habían plagado las pesadillas de Damián. En lugar del traje, llevaba unos gastados vaqueros y una descolorida camiseta negra, pero eso no lo hacía parecer menos amenazador. —Lindura, ocasionas más problemas de lo que vales. Fingí arreglar mi ropa intentando ganar tiempo. Después de la última función, había ido a la caravana donde vio los látigos que él había usado durante la actuación sobre la cama, como si los hubiera dejado allí para utilizarlos más tarde. Había procurado no mirarlos mientras estaba de pie frente a la ventana observando cómo desmontaban la carpa. Damián daba órdenes al tiempo que echaba una mano a los hombres, y me fijé en los músculos tensos de sus brazos al cargar un montón de asientos en la carretilla elevadora y tirar de la cuerda. En ese momento había recordado las veladas amenazas que él había hecho antes y las desagradables consecuencias que caerían sobre mi si no hacía lo que él quería. Exhausta y sintiéndome más sola que nunca, fui incapaz de considerar los látigos que descansaban sobre la cama como meras herramientas de trabajo. Sentía que era una sutil amenaza. Fue entonces cuando supe que no tenía valor para dormir en la caravana, ni siquiera en el sofá. —Ven, vamos a la cama. Las últimas secuelas del sueño se desvanecieron y me puse en guardia de inmediato. La oscuridad era absoluta, no podía ver nada. La mayoría de los camiones habían desaparecido y los trabajadores con ellos. —He decidido dormir aquí. —Creo que no. Por si no te has dado cuenta, estás temblando de frio. Estaba en lo cierto. Cuando había entrado en la camioneta no hacía frío, pero la temperatura había descendido desde entonces. —Estoy muy bien —mentí. Él se encogió de hombros y pasó la manga de la camiseta por un lado de la cara. —Considera esto como una advertencia amistosa. Apenas he dormido en tres días por las ultimas tormentas que amenazan el circo. No soy una persona de trato fácil en las mejores circunstancias, pero soy todavía peor cuando no duermo. Ahora, ven. —No. Él levantó el brazo que tenía al costado y ella siseó alarmada cuando vio un látigo enroscado en su mano. Él dio un puñetazo en el techo. —¡Ahora! —¡Joder! Con el corazón palpitando, baje de la camioneta. La amenaza del látigo ya no era algo figurativo y pensé realmente que esto era algo atemorizante, debía de tener graves problemas de ira. Solté un jadeo cuando Damian me agarró del brazo y la guio a través del recinto, me sentía como una niña mal portada. —Sueltame, no me voy a escapar y deja de ser tan cavernícola —repliqué molesta soltandome, él no dijo nada. —Te advierto que me pondré a gritar si intentas hacerme daño. Lo digo en serio —dije mientras él andaba en silencio— No quiero pensar mal de ti, pero me resulta muy difícil no hacerlo sí sigues amenazándome de esta manera. Él no dijo nada, solo abrió la puerta de la caravana y encendió la luz. —¿Podemos posponer esta conversación hasta mañana? —fue lo unico que dijo. La caravana parecía más pequeña que antes. —No, creo que no. Y por favor, no vuelvas a tocarme otra vez. —Estoy demasiado cansado para pensar en atacarte esta noche, si es eso lo que te preocupa. Sus palabras no me tranquilizaron nada. —Si no tienes intención de atacarme, ¿por qué me amenazas con el látigo? Damián bajó la mirada a la cuerda de cuero, dijo algo entre dientes y cerró la puerta, se acercó a la cama para sentarse. Dejó caer el látigo al suelo, pero el mango aún descansaba sobre su rodilla. Lo miré, ¿quién le habría hecho tanto daño? Parecía una persona incomprendida. —Creo que deberíamos aclarar las cosas —dije—. Quiero que sepas que no voy a poder vivir contigo si sigues intimidándome de esta manera. —¿Intimidándote? —Él examinó el mango del látigo— ¿De qué estás hablando? —Supongo que no puedes evitarlo. Probablemente sea por la manera en que te criaste... ese látigo. —¿Qué pasa con él? —Sé algo de sadomasoquismo. Si tienes ese tipo de inclinaciones, te agradecería que me lo dijeras ahora en vez de soltar indirectas. —¿De qué estás hablando? —Los dos somos adultos y no hay ninguna razón para que finjas que no me entiendes. —Me temo que tendrás que ser más clara. No podía creer que fuera tan obtuso. —Me refiero a esos indicios que muestras de perversión s****l. —¿Perversión s****l? Como seguía mirándola sin comprender, ella gritó frustrada. —¡Por el amor de Dios! Si piensas golpearme y luego follar, dímelo. Al menos sabría lo que se te pasa por la cabeza. Él enarcó las cejas. —¿Eso haría que te sintieras mejor? Ella asintió. —¿Estás segura? —Tenemos que comenzar a comunicarnos. —Como quieras. —La miró con ojos chispeantes— Me gusta dar latigazos y ahorcar a las mujeres antes de follarlas sin piedad —sonrió— y tú no serás la excepción. Ahora voy a darme una ducha. Entró en el cuarto de baño y cerró la puerta. ¿Qué?
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