Capítulo 1
El día empezó mal.
No caótico, no dramático… pero sí lo suficiente como para incomodar.
Alba lo notó en el silencio.
No en el ruido —que también—, sino en ese pequeño desorden que no debería estar ahí: el despertador no sonó, o quizá sí y lo ignoró; el café sabía más amargo de lo habitual; y la blusa, la única que combinaba con el pantalón que ya tenía puesto, estaba arrugada en una silla como si hubiera decidido sabotearla a última hora.
Nada grave.
Todo irritante.
Se movía por el piso con esa precisión que siempre la caracterizaba, pero hoy había una ligera fisura en cada gesto. Como si el día se resistiera a encajar en sus planes… y eso, para Alba, era suficiente para tensar cada músculo del cuerpo.
Miró el reloj.
Tarde.
No escandalosamente tarde.
Pero tarde para ella.
El sonido de las llaves cayendo al suelo la obligó a detenerse en seco. Cerró los ojos un segundo. Uno solo. Respiró.
—No pasa nada —murmuró, más como orden que como consuelo.
Se agachó, recogió las llaves, se incorporó con rapidez… y entonces lo sintió otra vez.
Esa sensación.
Como si algo no estuviera donde debía estar.
No era miedo.
Tampoco intuición clara.
Era más bien… una incomodidad difusa, como cuando entras en una habitación y sabes que alguien ha estado ahí, aunque no veas a nadie.
Sacudió la cabeza.
Ridículo.
Salió de casa ajustándose la chaqueta, el aire de la mañana le golpeó el rostro con una frialdad que no esperaba. Caminó rápido, esquivando gente, repasando mentalmente todo lo que tenía que hacer. Horarios. Tareas. Orden.
Control.
Siempre control.
Pero al llegar a la esquina, el semáforo cambió justo antes de que pudiera cruzar.
Se detuvo.
Apretó los labios.
—Perfecto… —susurró, sin rastro de ironía.
Esperó.
El tiempo justo.
Ni un segundo más.
Ni uno menos.
Y sin embargo…
algo seguía sin encajar.
No sabía qué era.
No sabía por qué.
Pero ahí estaba, latiendo suave, persistente, como una nota desafinada en una melodía que debería ser perfecta.
El semáforo se puso en verde.
Alba avanzó.
Y sin saberlo…
acababa de entrar en algo que no iba a poder controlar.
El paso de peatones estaba lleno.
Gente cruzando deprisa, móviles en mano, miradas ausentes. Alba avanzó con esa precisión suya, calculando espacios, evitando roces, manteniendo el ritmo como si todo formara parte de una coreografía perfectamente ensayada.
Hasta que dejó de serlo.
El golpe no fue fuerte.
Pero sí lo suficiente.
Un choque seco, frontal, inesperado.
Su bolso se deslizó por el brazo, el móvil estuvo a punto de caer y, por un segundo —uno muy breve—, perdió el equilibrio.
—Perdona —soltó automáticamente, más por inercia que por culpa, mientras ajustaba la correa con rapidez.
Ya estaba preparada para seguir, para no detenerse, para recuperar el ritmo… cuando algo la frenó.
No fue él.
Fue la pausa.
Ese microsegundo en el que la otra persona no respondió de inmediato.
Alzó la mirada.
Y ahí estaba.
Demasiado cerca.
Lo primero que notó no fue su rostro… fue la quietud. Como si todo el movimiento alrededor se hubiera desdibujado un poco, como si él no perteneciera del todo a ese flujo apresurado de gente.
Luego sí.
Sus ojos.
No había sorpresa en ellos.
Ni molestia.
Ni prisa.
Solo… atención.
Directa. Clara. Como si la estuviera mirando a ella… y no al accidente.
Alba frunció ligeramente el ceño, incómoda por esa forma de sostener la mirada sin apartarla.
—Ha sido sin querer —añadió, esta vez más seca, recuperando terreno—. No te había visto.
Él no respondió al instante.
La observó un segundo más.
Uno que se alargó lo suficiente como para que algo dentro de ella se tensara.
Entonces, una leve inclinación de cabeza.
—Ya…
La palabra salió baja, casi pensada más que dicha.
Y aun así, había algo en el tono que no encajaba con la situación. Nada agresivo. Nada evidente. Solo… fuera de lugar.
Alba se movió un paso atrás, rompiendo la distancia.
—Bueno —dijo, retomando el control—. Ya está.
Se giró ligeramente, dispuesta a seguir su camino.
Pero antes de avanzar, volvió a mirarlo. Sin querer. Como si necesitara confirmar algo que no sabía nombrar.
Seguía ahí.
Sin prisa.
Sin incomodidad.
Mirándola.
No como alguien que acaba de chocar con una desconocida.
Sino como alguien que…
No.
No tenía sentido.
Alba apartó la mirada, molesta consigo misma, y continuó caminando. Más rápido ahora. Más firme.
Pero durante varios pasos, sintió algo pegado a la nuca.
No una mirada invasiva.
No exactamente.
Más bien… una presencia.
Como si ese encuentro no hubiera terminado del todo, aunque ella ya estuviera avanzando.
Apretó el paso.
—Casualidad —murmuró para sí, casi como un ancla.
Y sin embargo…
no sonaba convincente ni en su propia cabeza.