Capítulo 2

910 Words
Alba no se detuvo. Siguió caminando como si nada hubiera pasado, como si aquel choque no hubiera sido más que eso: un accidente breve, olvidable, perfectamente encajable dentro de un día ligeramente torcido. Control. Eso era lo importante. Doblar la esquina. Entrar al edificio. Saludar con una leve inclinación de cabeza. Ascensor. Planta. Puerta. Todo en orden. O casi. Dejó el bolso sobre la mesa, encendió el ordenador, revisó la agenda. Movimientos automáticos, precisos, casi mecánicos. Su mente ya estaba reorganizando el día, recolocando cada pieza que se había desajustado por la mañana. Eficiente. Funcional. Clara. Alba no volvió a mirarlo. No después de esa frase. No después de esa forma de decirla, como si no fuera la primera vez… como si no fuera un error. Se obligó a bajar la vista a la pantalla. A respirar. A escribir. Una línea. Dos. Nada. El cursor parpadeaba como una burla silenciosa. —Concéntrate —se dijo en voz baja, apenas moviendo los labios. No era difícil. Nunca lo era. Su mente funcionaba como un mecanismo bien engrasado: ordenaba, priorizaba, ejecutaba. Sin ruido. Sin fisuras. Excepto ahora. Porque había algo que no encajaba. No en él. En ella. En la forma en que había reaccionado. En ese segundo exacto en el que su cuerpo se había quedado quieto antes de que su mente pudiera intervenir. En esa incomodidad que no venía del choque, ni de la frase… sino de algo más difícil de nombrar. Como si lo hubiera reconocido. Negó suavemente con la cabeza, casi imperceptible. Ridículo. Apoyó las manos sobre la mesa, alineó los papeles, recolocó el bolígrafo en paralelo al borde. Pequeños gestos. Precisión. Orden. Control. —Buenos días —dijo una voz a su lado. Alba alzó la vista lo justo para responder con una leve sonrisa automática. —Buenos días. Rutina. Eso era lo que necesitaba. Rutina. El murmullo de la oficina empezó a envolverla otra vez, como una capa familiar. Conversaciones cruzadas, pasos, teléfonos. Todo en su sitio. Todo previsible. Todo… normal. Y aun así… No miró hacia él. No lo necesitaba. No quería hacerlo. Porque hacerlo implicaría confirmar que seguía ahí. Que no había sido un instante aislado. Que esa frase no había quedado suspendida en el aire para desaparecer después. Y no iba a darle ese espacio. No iba a convertir un accidente en algo más. Se centró en la pantalla, obligándose a avanzar, a recuperar el ritmo. Esta vez sí. Esta vez las palabras empezaron a salir, aunque no con la fluidez habitual. Más medidas. Más vigiladas. Como si una parte de su atención estuviera ocupada en otra cosa. O en alguien. Pasaron unos minutos. Quizá más. No lo sabía con exactitud, y eso, en sí mismo, ya era una anomalía. Entonces, sin querer… lo sintió. No una mirada. No directamente. Pero sí esa misma sensación de antes. Esa ligera alteración en el ambiente. Como si alguien hubiera cambiado de posición… y el espacio se hubiera reorganizado a su alrededor. Sus dedos se detuvieron sobre el teclado. Solo un segundo. Podía ignorarlo. Debería ignorarlo. Lo hizo. Volvió a escribir. Una palabra. Otra. Pero ahora el pulso no era el mismo. Algo se había colado. Silencioso. Persistente. Y por mucho que Alba se empeñara en negarlo… ya no estaba escribiendo sola. Hasta que no lo fue. Porque en medio de esa rutina perfectamente ensamblada… apareció. Sin aviso. Sin permiso. Esa mirada. Alzó la vista de la pantalla, como si alguien hubiera pronunciado su nombre en voz alta. Nada. Solo el murmullo habitual de la oficina, teclados, pasos, conversaciones bajas. Se obligó a exhalar despacio. Ridículo. Había sido un cruce sin más. Una persona cualquiera. Un gesto fuera de lugar, quizá. Nada más. Volvió al teclado. Una línea. Otra. Se detuvo. Porque no recordaba qué estaba escribiendo. Frunció el ceño, apoyando los dedos sobre las teclas sin moverse. Algo dentro de ella se resistía a seguir. Como si una parte de su atención se hubiera quedado atrás, detenida en ese paso de peatones. Incomodidad. No, algo más sutil. Una especie de… eco. Negó con la cabeza, casi molesta consigo misma, y retomó el trabajo con más firmeza. Más rápido. Más controlado. No iba a darle importancia. No lo necesitaba. No tenía sentido. Pasaron unos minutos. Quizá más. Hasta que el sonido de la puerta al abrirse rompió la cadencia del espacio. Alba no levantó la vista al principio. No era necesario. No era relevante. Pero algo cambió en el ambiente. No el ruido. No la luz. Algo más difícil de nombrar. Una pausa leve. Un desplazamiento casi imperceptible. Y entonces… lo supo. Antes de mirar. Antes de pensar. Antes de entender por qué. Alzó la vista. Y ahí estaba. Al otro lado de la sala. De pie. Tranquilo. Como si ese lugar no le fuera ajeno. Como si formar parte de ese espacio no requiriera explicación alguna. Sus ojos encontraron los de ella con una facilidad inquietante. Sin sorpresa. Sin duda. Como si ya supiera dónde buscar. Alba se quedó completamente inmóvil. El tiempo justo para que algo, muy pequeño pero definitivo, se quebrara dentro. No podía ser. No tenía sentido. No… Él inclinó apenas la cabeza, una sombra de algo parecido a una sonrisa rozándole los labios. Y entonces dijo, con una calma que no correspondía a la situación: —Otra vez tú. El mundo no se detuvo. Pero Alba sintió, por primera vez en mucho tiempo… que algo se había salido de su control.
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