Capítulo 3

842 Words
Alba no respondió. No porque no pudiera. Sino porque cualquier respuesta habría sido un paso más dentro de algo que no quería ni nombrar. Así que hizo lo único que sabía hacer cuando algo no encajaba: Cortar. —Tengo que volver —dijo, neutra, profesional, como si aquello no tuviera ninguna carga. Ni la tenía. Ni iba a tenerla. Se giró sin esperar respuesta. Uno. Dos pasos. Firmes. Medidos. Suficientes para recuperar distancia. Pero no para recuperar el control. Porque lo sentía. Detrás. No como una presencia invasiva. No como alguien que la siguiera. Sino como una certeza incómoda. Como si, aunque se alejara, aquello no se quedara atrás. Apretó ligeramente la mandíbula. —No es nada —se dijo por dentro—. No lo es. Entró de nuevo al edificio, el cambio de temperatura le erizó la piel sin motivo claro. El pasillo, la puerta, el murmullo habitual… todo seguía igual. Todo debería volver a su sitio. Y sin embargo… No lo hizo. Se sentó frente a su mesa, colocó el móvil, alineó los documentos, encendió la pantalla como si eso bastara para resetear el momento. Funcional. Precisa. Clara. Alzó la vista. Y ahí fue cuando algo no encajó. Porque una de sus compañeras levantó la cabeza al verla y dijo, con total naturalidad: —Ah, Alba… justo te buscaban. Alba frunció ligeramente el ceño. —¿Quién? —El nuevo director. Un segundo. Solo uno. Pero suficiente para que algo dentro de ella descendiera un escalón más. —¿Director? —repitió. —Sí, acaba de llegar esta mañana. Está en la sala de reuniones. El ruido de la oficina volvió de golpe, pero ya no sonaba igual. Alba no se movió. No de inmediato. Porque, sin saber por qué… ya sabía. Sabía lo que iba a encontrar al abrir esa puerta. Sabía lo que no tenía sentido. Sabía lo que no quería confirmar. Aun así, se levantó. Caminó. Cada paso más consciente que el anterior. Se detuvo frente a la sala de reuniones. La mano en el pomo. Respiró. Una vez. Y abrió. Él estaba dentro. De pie. Tranquilo. Exactamente igual que antes. Como si no hubiera salido nunca. Como si todo formara parte del mismo lugar. Sus ojos se alzaron al verla. Directos. Sin sorpresa. Como si la estuviera esperando. Y entonces, con esa calma que ya empezaba a resultarle peligrosa, dijo: —Buenos días, Alba. No preguntó su nombre. No dudó. No explicó nada. Y ahí… ahí fue cuando Alba dejó de poder llamarlo casualidad. Alba no respondió. No porque no pudiera. Sino porque cualquier respuesta habría sido un paso más dentro de algo que no quería ni nombrar. Así que hizo lo único que sabía hacer cuando algo no encajaba: Cortar. —Tengo que volver —dijo, neutra, profesional, como si aquello no tuviera ninguna carga. Ni la tenía. Ni iba a tenerla. Se giró sin esperar respuesta. Uno. Dos pasos. Firmes. Medidos. Suficientes para recuperar distancia. Pero no para recuperar el control. Porque lo sentía. Detrás. No como una presencia invasiva. No como alguien que la siguiera. Sino como una certeza incómoda. Como si, aunque se alejara, aquello no se quedara atrás. Apretó ligeramente la mandíbula. —No es nada —se dijo por dentro—. No lo es. Entró de nuevo al edificio, el cambio de temperatura le erizó la piel sin motivo claro. El pasillo, la puerta, el murmullo habitual… todo seguía igual. Todo debería volver a su sitio. Y sin embargo… No lo hizo. Se sentó frente a su mesa, colocó el móvil, alineó los documentos, encendió la pantalla como si eso bastara para resetear el momento. Funcional. Precisa. Clara. Alzó la vista. Y ahí fue cuando algo no encajó. Porque una de sus compañeras levantó la cabeza al verla y dijo, con total naturalidad: —Ah, Alba… justo te buscaban. Alba frunció ligeramente el ceño. —¿Quién? —El nuevo director. Un segundo. Solo uno. Pero suficiente para que algo dentro de ella descendiera un escalón más. —¿Director? —repitió. —Sí, acaba de llegar esta mañana. Está en la sala de reuniones. El ruido de la oficina volvió de golpe, pero ya no sonaba igual. Alba no se movió. No de inmediato. Porque, sin saber por qué… ya sabía. Sabía lo que iba a encontrar al abrir esa puerta. Sabía lo que no tenía sentido. Sabía lo que no quería confirmar. Aun así, se levantó. Caminó. Cada paso más consciente que el anterior. Se detuvo frente a la sala de reuniones. La mano en el pomo. Respiró. Una vez. Y abrió. Él estaba dentro. De pie. Tranquilo. Exactamente igual que antes. Como si no hubiera salido nunca. Como si todo formara parte del mismo lugar. Sus ojos se alzaron al verla. Directos. Sin sorpresa. Como si la estuviera esperando. Y entonces, con esa calma que ya empezaba a resultarle peligrosa, dijo: —Buenos días, Alba. No preguntó su nombre. No dudó. No explicó nada. Y ahí… ahí fue cuando Alba dejó de poder llamarlo casualidad.
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