Capítulo 4

1164 Words
Alba no recordó cómo salió de la sala. Ni qué dijo. Ni si dijo algo. Solo el sonido de su propio pulso, demasiado presente, marcando un ritmo que no encajaba con nada de lo que estaba ocurriendo. Cerró la puerta con suavidad. Demasiada. Caminó de vuelta a su mesa sin mirar a nadie. Sin detenerse. Sin permitir que nada la interrumpiera. Sentarse. Respirar. Ordenar. Siempre en ese orden. Apoyó las manos sobre la superficie del escritorio, los dedos extendidos, como si necesitara sentir algo sólido bajo la piel. Algo que no cambiara. Algo que no la mirara como si ya la conociera. —Vale… —susurró, apenas audible. Y entonces empezó. No a pensar. A construir. Porque Alba no daba vueltas a las cosas… las descomponía. Primero: Un hombre al que no conoce dice haberla visto antes. Error de percepción. Pasa. Segundo: Coinciden dos veces en el mismo día. Poco probable, pero posible. Ciudad grande, rutinas similares. Nada extraordinario. Tercero: Trabaja en el mismo edificio. Bien. Eso explicaba todo. Todo. Se incorporó ligeramente en la silla, como si esa conclusión le devolviera el eje. Como si el mundo, de repente, volviera a girar en su dirección habitual. —Ya está —murmuró, esta vez con más firmeza. No había misterio. No había destino. No había nada que no pudiera explicarse con un mínimo de lógica y contexto. Lo demás… Lo demás era sugestión. Suya. Porque había estado alterada desde primera hora. Porque el día no había empezado bien. Porque su mente estaba buscando patrones donde no los había. Simple. Ordenado. Controlado. Tomó el bolígrafo, lo giró entre los dedos, una vez… dos… tres… hasta que el gesto se volvió automático. Repetitivo. Tranquilizador. Entonces se detuvo. Porque algo no encajaba. No en la teoría. En el detalle. Frunció el ceño, mirando un punto fijo sobre la mesa, como si la respuesta estuviera ahí, escondida entre líneas invisibles. —Buenos días, Alba. Cerró los ojos. Esa frase. No cómo la dijo. No el tono. El contenido. ¿Cómo sabía su nombre? No lo había dicho. No en el pasillo. No fuera. No antes de entrar en la sala. Abrió los ojos despacio. El bolígrafo se detuvo entre sus dedos. Podía haberlo oído. Alguien lo habría dicho. Un correo. Una presentación previa. Algo. Claro. Eso tenía sentido. Tenía que tenerlo. Alba asintió para sí misma, una vez, breve, como si sellara la explicación antes de que pudiera deshacerse. —Sí… claro —susurró. Y aun así… muy en el fondo, donde no le gustaba mirar demasiado tiempo… algo no terminaba de encajar. —Tienes cara de estar discutiendo contigo misma. Alba no levantó la vista de inmediato. Reconoció la voz antes que las palabras. Clara, directa, con ese tono ligeramente burlón que no pedía permiso para entrar. —No estoy discutiendo —respondió, sin apartar los ojos de la pantalla—. Estoy trabajando. —Claro —replicó su amiga, dejando un vaso de café sobre su mesa—. Por eso llevas cinco minutos mirando el mismo documento sin escribir nada. Alba alzó la vista entonces. Lucía estaba apoyada contra el borde del escritorio, brazos cruzados, una ceja ligeramente alzada y esa media sonrisa que siempre aparecía cuando olía algo interesante. Demasiado perceptiva. —No llevo cinco minutos —dijo Alba, automática. —Cuatro y medio —corrigió Lucía sin perder la sonrisa—. No quería exagerar. Alba soltó el aire por la nariz, un gesto mínimo que, en cualquier otra situación, habría pasado desapercibido. Pero no con ella. —¿Qué ha pasado? —preguntó Lucía, inclinándose un poco hacia delante—. Y no me digas “nada”, porque ya hemos pasado esa fase. Alba dudó. No mucho. Lo justo. —Nada importante —empezó, aun así—. Solo… una tontería. —Ajá. Ese “ajá” lo decía todo. Alba giró ligeramente la silla, apartándose medio centímetro, como si necesitara espacio incluso para hablar de ello. —He chocado con alguien esta mañana. Lucía esperó. —Y luego… me lo he vuelto a encontrar —añadió Alba, restándole peso con el tono—. Dos veces. Silencio. Un segundo. Dos. —¿Dos veces? —repitió Lucía despacio, como saboreando la información—. ¿En plan casualidad rara o en plan universo intentando decirte algo? Alba rodó los ojos. —En plan ciudad grande, gente que trabaja en el mismo sitio. —Aburrido —dictaminó Lucía—. Me gustaba más la opción del universo. —Pues no hay universo —cortó Alba con rapidez—. Solo coincidencia. Lucía ladeó la cabeza, observándola con más atención ahora. —Vale… coincidencia —aceptó, sin sonar convencida—. ¿Y por qué esa cara? Alba abrió la boca para responder. La cerró. Porque decirlo en voz alta lo volvía… distinto. Más real. Más difícil de encajar dentro de esa explicación limpia que acababa de construirse. —Porque… —empezó, dudando por primera vez— no reaccionó como debería. Lucía entrecerró los ojos, interesada. —¿Cómo reaccionó? Alba vaciló una fracción de segundo. —Como si… —hizo una pausa, buscando la palabra exacta— ya me conociera. Silencio. Lucía no habló de inmediato. La miró. Y luego sonrió. No con burla. Con algo más vivo. —Vale —dijo al fin—. Eso ya me gusta más. —No hay nada que “gustar” —replicó Alba, más seca de lo que pretendía—. No es nada. —Claro —asintió Lucía, dándole un sorbo al café—. Un tío con cara de “ya te conozco” que aparece dos veces en la misma mañana y ahora resulta ser el nuevo director… Alba se quedó quieta. —¿Cómo sabes lo del director? —preguntó, demasiado rápido. Lucía parpadeó, sorprendida por el cambio. —Porque todo el mundo lo sabe —respondió, señalando con la barbilla hacia el resto de la oficina—. Lleva media hora siendo el tema principal. Alba no dijo nada. Solo asintió una vez, como si esa información no tuviera peso. Como si no cambiara nada. —Ajá… —murmuró. Lucía la observó un segundo más. —¿Y bien? —insistió—. ¿Es guapo? Alba soltó una pequeña exhalación, casi una risa breve, incómoda. —No es relevante. —Eso es un sí —sonrió Lucía. —Eso es que no importa. —Eso es que importa más de lo que quieres admitir. Alba negó con la cabeza, girándose de nuevo hacia la pantalla. —Lucía… —Vale, vale —se rindió, levantando las manos—. Coincidencia. Trabajo. Nada raro. Todo bajo control. Alba asintió. —Exacto. Silencio. Lucía dio un paso atrás, pero antes de irse, añadió, ligera: —Si vuelve a aparecer… me avisas. Solo por interés científico. Alba no respondió. No hacía falta. Porque, aunque no quisiera admitirlo… una parte de ella ya sabía que iba a volver a aparecer.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD