Capítulo 5

1056 Words
Alba no volvió a hablar del tema. Ni con Lucía. Ni consigo misma. O al menos… eso intentó. La pantalla volvió a llenarse de líneas coherentes, cifras ordenadas, correos respondidos con la precisión habitual. Su cuerpo retomó el ritmo, sus manos recuperaron la memoria del gesto, y durante un rato —uno lo suficientemente largo como para engañarse— todo pareció volver a su sitio. Normal. Controlado. Explicable. El bolígrafo giraba entre sus dedos mientras revisaba un documento, marcando pequeños detalles con trazos limpios, casi impecables. No había prisa. No había error. Nada fuera de lugar. Hasta que el correo llegó. Un aviso breve, automático, con ese tono neutro que tienen las cosas importantes cuando se disfrazan de rutina. “Reunión de coordinación. 13:00. Sala 2.” Alba lo leyó una vez. Luego otra. Nada extraño. Nada que no entrara dentro de su jornada. Marcó el correo como leído, anotó la hora mentalmente y continuó trabajando sin darle más peso del necesario. Pero cuando el reloj marcó las 12:58… algo volvió a tensarse. No era miedo. No era intuición clara. Era… esa misma sensación. La nota desafinada. Se levantó. Recogió la carpeta. Ajustó la chaqueta. Un gesto automático que siempre precedía a cualquier reunión. Caminó por el pasillo con paso firme, midiendo la distancia, regulando la respiración. Todo en su sitio. Todo bajo control. Como siempre. Se detuvo frente a la Sala 2. La puerta estaba entreabierta. Empujó. Dentro ya había gente. Dos compañeros hablando en voz baja, una pantalla encendida, sillas ocupadas de forma dispersa. Alba asintió en saludo y avanzó hasta una de las sillas libres, dejando la carpeta sobre la mesa con cuidado. Se sentó. Colocó el bolígrafo. Alineó los papeles. Respiró. Normal. El murmullo continuaba, ligero, sin importancia. Nadie parecía especialmente atento a nada. Una reunión más. Un trámite más. Hasta que alguien dijo: —Creo que falta el director. Alba no reaccionó. No de inmediato. Porque esa frase… no significaba nada. No tenía por qué significar nada. Se inclinó ligeramente hacia la carpeta, fingiendo revisar un dato que ya había visto dos veces. Un segundo. Dos. Pasos en el pasillo. Firmes. Sin prisa. Cada uno marcando una distancia que, sin saber por qué, Alba empezó a contar. Uno. Dos. Tres. La puerta se abrió del todo. No necesitó levantar la vista para saberlo. Lo supo antes. En ese instante preciso en el que el aire cambia apenas lo suficiente como para notarlo… si sabes escuchar. Alzó la mirada. Y ahí estaba. Elio. Entró en la sala con la misma calma que en cada uno de los encuentros anteriores. Sin gesto forzado. Sin prisa. Como si cada paso estuviera exactamente donde debía estar. Sus ojos recorrieron la mesa. Una vez. Y se detuvieron en ella. Directos. Sin titubeo. Como si el resto de las personas en la sala fueran… secundarias. Alba se quedó completamente quieta. No por sorpresa. Por reconocimiento. Porque ya no podía fingir que aquello era casual. No después de esto. Elio dejó la carpeta sobre la mesa, tomó asiento con naturalidad, y antes de dirigir la palabra al resto… sostuvo la mirada de Alba un segundo más. El suficiente. Para que ella entendiera. Y entonces, como si nada tuviera peso, como si todo encajara perfectamente dentro de un orden que solo él parecía ver, dijo: —Empezamos. El murmullo cesó. Las miradas se centraron en él. La reunión arrancó. Pero Alba… Alba ya no estaba escuchando. Porque por primera vez, la lógica no era suficiente. Y lo que estaba pasando… ya no se podía explicar. La reunión no fue complicada. Datos, objetivos, ajustes. Nada que Alba no hubiera manejado antes. Nada que requiriera más atención de la habitual. Y aun así… no escuchó la mitad. Tomaba notas, asentía en los momentos correctos, intervenía cuando era necesario. Todo en automático. Todo impecable. Pero su atención no estaba ahí. No del todo. Porque cada vez que levantaba la vista… lo encontraba. No siempre mirándola. No de forma evidente. Pero sí lo suficiente. Como si supiera exactamente en qué momento iba a alzar los ojos. Como si la esperara. Alba dejó de hacerlo. Se centró en la carpeta, en la pantalla, en cualquier punto que no fuera él. Precisa. Contenida. Profesional. Control. La reunión terminó con un murmullo suave de sillas desplazándose, carpetas cerrándose, voces retomando el tono habitual. Alba recogió sus cosas sin prisa. Esperó a que los demás salieran primero. Uno. Otro. Espacio. Aire. Cuando se levantó, la sala estaba casi vacía. Casi. —Alba. Su nombre. Dicho sin esfuerzo. Sin duda. Se detuvo. No giró de inmediato. —Sí —respondió, neutra, antes de mirarlo. Elio seguía sentado, la carpeta abierta frente a él, como si la reunión no hubiera terminado del todo para él. O como si hubiera esperado ese momento. —Necesito que revises unos datos conmigo —añadió, con la misma calma que en todo lo demás—. No debería llevarnos mucho. No era una petición. Tampoco una orden directa. Era… inevitable. Alba lo sostuvo la mirada un segundo. Lo suficiente para evaluar opciones. Podía negarse. Podía delegar. Podía posponer. Podía. Pero no lo hizo. —Ahora —dijo simplemente, dejando la carpeta sobre la mesa. Elio asintió, como si esa respuesta ya estuviera contemplada. —Ahora. El resto de la sala quedó en silencio. La puerta se cerró suavemente detrás del último compañero. Y entonces… por primera vez desde que todo había empezado, no había ruido alrededor. No había movimiento. No había excusas. Solo ellos dos. Alba tomó asiento de nuevo, cruzando las piernas con un gesto contenido, apoyando el bolígrafo sobre la mesa como si aquello fuera una revisión más. Como si nada tuviera peso. —Dime —indicó, directa. Profesional. Distante. Elio no respondió de inmediato. Cerró la carpeta con calma. Demasiada. Y la miró. De verdad. No como antes. No de pasada. Sino como si ese momento fuera el único que importaba. Alba sostuvo la mirada. No iba a apartarla primero. No esta vez. El silencio se tensó apenas un segundo más de lo necesario. Y entonces… algo cambió. No en la sala. En el aire. Porque, por primera vez, ya no había coincidencia que los separara. Ni distancia que los protegiera. Solo… una conversación que estaba a punto de empezar. Y que ninguno de los dos iba a poder esquivar.
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