El parque se sumerge en un silencio que solo interrumpen las hojas secas crujiendo bajo nuestros pies. Patric sigue sujetando mi mano, sin presión, dejándome espacio para respirar, para pensar. Pero en lugar de alivio, siento el peso de los recuerdos caer sobre mí, como si el pasado hubiera estado esperando este momento exacto para volver y revolverme.
Recuerdo claramente la primera vez que vi a Brandon, y cómo todo comenzó a cambiar en mi vida desde ese instante.
Era una tarde lluviosa. Me habían asignado la cobertura de su regreso triunfal tras una lesión que casi termina su carrera. No era la primera vez que entrevistaba a una figura famosa, pero algo en la historia de Brandon me intrigaba más de lo habitual. Había oído rumores sobre su personalidad: carismático, pero difícil. Intenso, pero inaccesible. Algunos colegas decían que era como una tormenta.
Cuando lo vi por primera vez en persona, no pude evitar sentir esa comparación exacta. Estábamos en una sala de prensa abarrotada. Brandon, vestido con un traje perfectamente ajustado, irradiaba confianza, pero también algo salvaje, algo que no podía ser contenido por la formalidad de la ocasión. Lo recuerdo inclinándose hacia el micrófono, con esa sonrisa pícara que siempre lleva, y contestando preguntas con frases rápidas y decididas, como si las palabras fueran solo otro partido que estaba destinado a ganar.
Después de la conferencia, me acerqué con la esperanza de obtener una respuesta más personal, una historia detrás del ídolo. Y lo logré. Me invitó a un bar cercano para "seguir la conversación", me dijo con esa sonrisa desarmante. No era algo que soliera hacer —mezclar lo profesional con lo personal—, pero había algo en él, algo irresistible, que me hizo decir que sí.
En ese bar oscuro y lleno de ruido, Brandon dejó de ser la estrella de fútbol que todos conocían. Fue simplemente él: una mezcla de ambición, fuego y vulnerabilidad. Me habló de sus miedos, de cómo la lesión lo había hecho cuestionar todo. Cómo siempre había sentido que el mundo estaba esperando que fallara. Había en él una urgencia, una necesidad de ser comprendido, de ser visto más allá del brillo de los reflectores. Y esa noche, en medio de copas medio vacías y luces de neón, lo vi realmente.
El deseo entre nosotros fue instantáneo. Una chispa que se encendió sin esfuerzo y que desde entonces nunca se apagó. Desde aquel día, su intensidad me ha consumido y me ha hecho sentir viva de una manera que nunca había experimentado antes. Pero al mismo tiempo, siempre sentí que estaba jugando con fuego, como si todo pudiera arder en cualquier momento.
Y luego está Patric. Su recuerdo es un contraste absoluto. Un día de primavera en una feria del libro, lejos del ruido y la adrenalina. Mi jefe me pidió cubrir la presentación de su última novela, una obra que se estaba convirtiendo rápidamente en un éxito. Había oído hablar de Patric antes, claro. Era conocido por escribir historias de amor profundas, llenas de matices, pero nunca imaginé que su presencia en persona pudiera ser tan cautivadora como sus palabras.
Me acuerdo de estar sentada en una pequeña silla de madera en la última fila del auditorio, con la idea de irme temprano, recoger solo un par de notas para la crónica. Pero cuando Patric comenzó a leer un extracto de su libro, me quedé clavada en mi asiento. Su voz era baja, tranquila, pero cada palabra que salía de su boca parecía vibrar en el aire, cargada de emoción. Me llevó a otro lugar, como si de repente la habitación se hubiera llenado de sus personajes, sus historias. No era solo un escritor; era un narrador que sabía cómo tocar los corazones.
Después de la lectura, me acerqué tímidamente para una entrevista rápida. No esperaba mucho, quizás una charla formal sobre el éxito de su libro. Pero cuando nuestros ojos se cruzaron por primera vez, sentí que algo se desmoronaba dentro de mí. Era como si él ya me conociera, como si pudiera leer más allá de mi papel de periodista. Me hizo una pregunta en lugar de responder la mía.
—¿Por qué escribes sobre los otros, cuando estoy seguro de que tienes historias propias por contar?
Esa pregunta me dejó sin palabras. Fue inesperada, y aún así, sentí que él tenía razón. A partir de ahí, la conversación cambió de rumbo. Hablamos de nuestros miedos, de los momentos en que la vida parece perder sentido. Lo recuerdo invitándome a una cafetería cercana después de la feria, donde hablamos durante horas, como si el tiempo no existiera.
Patric no era una tormenta, como Brandon. Era más bien como el mar en calma, vasto, profundo, lleno de misterios, pero sin prisa. Me escuchaba de una manera que pocas personas lo hacen, con una atención plena, sin la urgencia de llenar el silencio. Me hacía sentir segura, pero también inquieta, porque sabía que con él no había máscaras. Me veía de verdad, y eso me aterraba tanto como me atraía.
De vuelta en el parque, junto a Patric, me doy cuenta de lo diferentes que son esos recuerdos. Brandon, el huracán que arrastra todo a su paso, que me hace sentir viva pero también vulnerable. Y Patric, el refugio, donde puedo descansar, pensar y ser completamente yo. Los dos entraron en mi vida de maneras tan opuestas, y ahora, ambos me exigen una respuesta que aún no tengo.
Miro a Patric a mi lado, su perfil sereno mientras observa el paisaje. En el fondo, sé que no puedo tenerlos a los dos. No de la manera en que ellos lo quieren. Mi corazón sigue dividido, pero los recuerdos están ahí, recordándome que, de alguna forma, ya he empezado a tomar una decisión. Lo único que queda es reconocerla.