Capítulo 13

1606 Words
La vida tiene una manera peculiar de moverse cuando decides dejar de esperarla. Como si el simple acto de soltar, aunque sea por cansancio, activara algo que no sabías que estaba detenido. Eso fue exactamente lo que sentí unas semanas después de lo que había pasado con Tomás. No fue una epifanía. No fue un llanto. Fue más bien un suspiro largo, uno de esos que terminan diciéndote: “Ok, seguimos.” Y seguí. El trabajo volvió a absorberme —en especial un proyecto nuevo con tres plazos ridículos que Marcelo y yo debíamos coordinar—, Anto volvió a arrastrarme a planes que no pedía pero siempre agradecía, y mis tardes volvieron a tener ese silencio amable que ya no se sentía vacío. Pero la vida, testaruda como siempre, decidió que era precisamente ese momento —cuando no buscaba nada, cuando por fin respiraba en paz— para poner a alguien nuevo frente a mí. Y no, no fue romántico, ni mágico, ni cinematográfico, mas bien fue… incómodo. Había terminado una reunión larguísima y caótica. Marcelo y yo estábamos muertos, casi sin voz, después de explicar por cuarta vez la misma idea a un grupo de gente que parecía no escuchar nada. —Si tuviera que repetir esto otra vez, renuncio —dijo él, dejándose caer en su silla. —Te aviso que ya dijiste lo mismo la semana pasada —respondí. —Por eso mismo: ya debería haber renunciado dos veces. Reí y mientras él seguía quejándose, decidí bajar al café del edificio por un café extra fuerte. El ascensor estaba lleno, así que bajé por las escaleras y cuando llegué al hall… Lo vi. O mejor dicho: me chocó. Literalmente. —¡Perdón! —dije, llevándome las manos al pecho después de estrellarme contra un hombre alto que venía entrando. Mi café ficticio aún no existía, pero la vergüenza me hizo sentir que ya lo había derramado encima de los dos. El tipo se quitó los audífonos, sorprendido, pero con una sonrisa inmediata. No esa sonrisa coqueta ni esa sonrisa ensayada. Una sonrisa real. —No pasa nada —dijo— Fue culpa mía. Venía distraído. Tenía ojos claros, de un tono entre verde y gris, imposible de definir; cabello ondulado castaño oscuro; y esa presencia rara que no intimida, pero sí llama la atención. —¿Estás bien? —preguntó él. —Sí… creo —respondí, intentando recuperar mi dignidad. —Perfecto, entonces deja que te compense por el choque. Iba justo a buscar café. Te invito. Parpadeé, dudando. —No hace falta. —Lo sé. Pero quiero. No insistió. Solo esperó. Y no sé si fue cansancio, impulso o simple curiosidad, pero asentí. —Ok. —Soy Gabriel, por cierto —dijo, extendiendo la mano. —Lisa. Su sonrisa se amplió apenas un milímetro. —Bonito nombre. Vamos. El café del edificio estaba lleno, pero encontramos una mesa disponible junto a la ventana. —¿Trabajas aquí? —pregunté. —Desde hoy. Recién llegué de Madrid. Soy parte del equipo que está colaborando con tu empresa en la expansión del proyecto. —¿Hoy? ¿Tu primer día? —pregunté, sorprendida. —Sí y ya choqué a mi primera compañera. —No soy tu compañera —aclaré, divertida. —Bueno… aún no lo sabemos —respondió él, sin perder la mirada. Mi estómago dio un vuelco, uno pequeño. Gabriel tenía ese tipo de presencia que no invade, pero se siente y esa forma de hablar con tranquilidad, como si no tuviera prisa por impresionar. —¿Y tú? —preguntó— ¿Qué haces aquí? —Marketing estratégico. Coordinación de proyectos. —Ah, entonces seguramente estaremos hablando pronto. Me dijeron que el equipo de comunicaciones sería clave. Perfecto, pensé. Un hombre atractivo, nuevo, y que será parte de mi trabajo. Ya veía a la vida frotándose las manos. La conversación fluyó sin esfuerzo y eso, en mi mundo actual, era raro. Muy raro. —¿Eres de aquí? —pregunté. —Nací en Buenos Aires, viví en Madrid los últimos diez años, y ahora… aquí. —Eso es mucho movimiento —dije. —Me gusta moverme. Me aburro rápido de los lugares fijos. —¿Y de la gente? —pregunté antes de pensarlo. Él sonrió. —Depende, de algunas sí, pero de otras… jamás. Algo se movió dentro de mí. Algo tibio, peligroso pero mi mente —esa parte que nunca descansa— intervino: No te ilusiones, Lisa. Ya sabes cómo empieza esto. Ya sabes cómo termina. Aun así, no pude evitar sentirlo: Gabriel tenía algo distinto. Algo que invitaba a quedarse, pero al mismo tiempo, te advertía que no podías retenerlo por completo, como el océano. Cuando regresé a la oficina, Marcelo me miró con ojos entrecerrados. —¿Qué fue eso? —¿Qué? —Bajaste por café y volviste quince minutos después con una sonrisa sospechosa. —No estoy sonriendo —dije, llevándome la mano a la boca. —Lisa… —me miró divertido— Te conozco. Algo pasó. Suspiré. —Conocí al nuevo. Marcelo levantó una ceja. —¿Y? —Es… amable. Marcelo soltó una carcajada. —Cuando dices “amable”, significa “muy guapo”. —No dije eso. —No tuviste que decirlo. Rodé los ojos y volví a mi escritorio, ignorando su risa pero él tenía razón. Esa noche, mientras caminaba a casa, me repetí que era solo un desconocido. Alguien con quien había compartido un café accidental. Nada más. Pero cuando llegué a mi departamento y me tiré en el sofá, mi mente volvió a él: Su manera de escuchar. Su acento suave. La calma en su mirada y, sobre todo, la sensación extraña que me dejó: una mezcla entre curiosidad y un peligro silencioso. No porque fuera malo, sino porque podía importarme y eso sí era peligroso. Al día siguiente, en la oficina, el destino decidió jugar de nuevo. A media mañana, mientras revisaba una presentación, escuché un golpe suave en la puerta de la sala. Era él. —¿Molesto? —Depende —respondí sin pensar. Gabriel sonrió. —Necesito que me ayudes con algo del proyecto. Dijeron que tú eras la persona adecuada. Entró, se sentó frente a mí y sacó su laptop. Yo intenté enfocarme en los documentos, pero su cercanía era perturbadora. —¿Qué necesitas? —pregunté. —Contexto, mucho contexto y paciencia, de la buena. Soy nuevo y quiero entender cómo trabajan aquí. —Ok, déjame ver… —Antes —interrumpió él—, quiero pedirte disculpas. Lo miré confundida. —¿Por qué? —Porque ayer te agarré desprevenida y sentí que… no sé, que te dejé algo incómoda. Me sorprendió su capacidad de observar tanto. —No estabas equivocado —admití. Él arqueó una ceja. —¿Y hoy? ¿Estoy perdonado? Suspiré, intentando no parecer afectada. —Depende. ¿Piensas volver a chocar conmigo? Gabriel sonrió, lento, seguro. —Solo si quieres. Sentí que mi corazón hacía un movimiento extraño. Uno que no hacía desde hacía mucho. Pasamos una hora revisando documentos. Él hacía preguntas inteligentes, precisas, y lo peor de todo: con un humor suave que hacía imposible no sonreír. —Eres buena en esto —dijo. —¿En explicar? —En mirar las cosas desde fuera. Eso no es tan fácil. Me quedé en silencio un segundo. —¿Cómo sabes que lo miro desde fuera? —Porque explicas sin involucrarte emocionalmente… salvo cuando hablas de ideas que te importan. Ahí… cambias. No pude ocultar mi sorpresa. —Te das cuenta de demasiadas cosas para llevar dos días aquí. —No soy rápido —respondió él— Solo observo lo que otros pasan por alto. Cuando terminó la reunión, recogió sus cosas y dijo: —Gracias por la ayuda. ¿Y Lisa? —¿Sí? —Creo que este no será nuestro último café accidental. Lo dijo con una naturalidad que hizo que mi estómago volviera a apretarse y se fue. Esa noche, Anto vino a mi casa con pizza, vino y la energía de siempre. —Cuéntame todo —dijo apenas entró. —No hay nada que contar. —Ajá. Esa frase siempre significa que hay mucho. Suspiré resignada y le conté sobre Gabriel. Anto abrió los ojos. —¿Y dices que trabaja contigo? Oh no… esto es una bomba. —No exageres. —Amiga, tú eres una esponja emocional y me dices que apareció un tipo guapo, atento, misterioso y con acento. Con acento. Me cubrí la cara. —Anto… —Lisa, es obvio. Te gusta. —No puede gustarme alguien tan pronto. —¿Y quién decide eso? ¿La policía del romance? Rodé los ojos, pero me reí. Anto tomó mi mano. —Escucha. No digo que te lances. Pero tampoco te cierres. Si aparece alguien que despierta algo en ti… permítetelo. Esta vez vas más fuerte, más sabia… y más tú. Y ahí estaba otra vez ese vértigo, ese “y si…” que se instala como un murmullo suave. Un miedo distinto. Un miedo que no paraliza. Un miedo que avisa que hay algo grande al frente. Esa noche, en mi cuaderno, escribí: “No sé qué eres todavía pero apareciste justo cuando yo había dejado de mirar hacia adelante y eso, para bien o para mal, significa algo.” Cerré el cuaderno y respiré el silencio de mi departamento. Un silencio distinto al de antes. Más tibio. Más expectante. Sentía que algo estaba por abrirse, no sabía si sería hermoso o doloroso pero esta vez… no quería escaparme y eso, en mí, ya era un cambio enorme.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD